“UNA CORRUPCIÓN CADA VEZ MÁS EXTENDIDA”

La “puerta para ricos” de las universidades de élite: hasta 6 millones por una plaza

Una investigación del FBI ha destapado una trama que afecta a varias de las universidad más reputadas y a decenas de personas, pero el mundo académico no parece sorprendido

Foto: Graduación en la Universidad de Yale. (iStock)
Graduación en la Universidad de Yale. (iStock)

“Consigue la ayuda que necesitas para entrar en la universidad. Formamos un equipo con tu hijo o hija para que identifique sus fortalezas, libere su potencial, elija la universidad correcta, se posicione para ser admitido y desarrolle un plan de estudios y experiencia extracurricular que le conducirán a una vida de éxito”.

Estas son las palabras con las que The Key Worldwide Foundation, una organización sin ánimo de lucro, promete a sus clientes que estudiarán en la universidad de sus sueños. Su responsable, un californiano de 59 años llamado William Singer, ha sido acusado de ser el principal cabecilla de una trama que proporcionaba a los hijos de sus clientes plazas en universidades de élite como Yale, Stanford, Georgetown o UCLA a través de una nutrida red de sobornos que en algunos casos alcanzaban los 6,5 millones de dólares (unos 5,76 millones de euros). La trama, desvelada por el FBI, ha recibido el nombre de Operation Varsity Blues.

Hay una puerta delantera por donde entra la mayoría, otra trasera por donde intentan entrar los ricos y una lateral para mis clientes

Se trata probablemente del mayor escándalo al que el sistema universitario estadounidense ha debido enfrentarse en las últimas décadas, ya que pone en cuestión la meritocracia, basada en el esfuerzo y la igualdad de oportunidades, de la que suelen hacer gala estos centros. En teoría, los procesos de selección de estudiantes están escrupulosamente diseñados para garantizar que no haya ningún favoritismo ni por género ni por raza. Tampoco por la capacidad económica de la familia, aunque en muchos casos termine marcando la diferencia.

“No puede haber un sistema de matriculación distinto para los ricos y no habrá un sistema judicial diferente para ellos”, manifestó el fiscal de Massachusetts Andrew Lelling, que consideró el caso como una muestra más de “la corrupción cada vez más extendida en el ingreso a las universidades de élite, a través de la mezcla de riqueza y fraude”. Hasta el momento hay más de 30 personas detenidas, “un catálogo de riqueza y privilegio”, según las palabras del fiscal: “Hay CEO de compañías privadas y públicas, constructores exitosos, dos actrices bien conocidas, un célebre diseñador de moda y el copresidente de un bufete global”. Las actrices son Felicity Huffman (protagonista de 'Mujeres desesperadas') y Lori Loughlin.

William Singer, el cabecilla de la trama. (Reuters/Brian Snyder)
William Singer, el cabecilla de la trama. (Reuters/Brian Snyder)

“Si se me permite la comparación, hay una puerta de delante por la que un estudiante puede entrar por sus propios medios”, admitió el propio Singer durante la vista. “Hay una puerta trasera donde la gente utiliza los enchufes institucionales y realiza grandes donaciones, pero no pueden entrar. Yo inventé una puerta lateral que garantizaba que las familias pudiesen entrar. Lo que lo hizo tan atractivo para tantas familias es que yo se lo aseguraba”.

Casos como este han puesto cada vez más en duda la igualdad en el acceso a las grandes universidades del planeta. El sociólogo Rick Eckstein, profesor de la Universidad Villanova en Filadelfia, recuerda que su investigación, plasmada en el libro 'How College Athletics Are Hurting Girls' Sports', ya mostró cómo eventos como las competiciones deportivas que sirven de atajo a un puesto en estos centros suelen estar limitadas a las familias con más recursos económicos.

Un sistema tan tonto como eficaz

El caso da buenas ideas a aquellos que quieran saltarse las restricciones de los sistemas de admisión de universidades públicas o privadas, especialmente si cuentan con aliados fácilmente sobornables. Una de las estrategias más comunes era pagar a gente para que realizasen los exámenes en lugar de los estudiantes que querían entrar en el centro. Es lo que ocurría con Mark Riddell, un orientador universitario que recibía 10.000 dólares por cada uno de los exámenes equivalentes a la Selectividad española. Estos solían realizarse en dos centros en Houston y West Hollywood, donde Singer tenía sobornados a dos examinadores.

Cualquiera que sepa un poco sobre la competición feroz por las plazas sabe cuán injusta puede ser

Otra estrategia común era falsificar documentos. Por ejemplo, los informes deportivos que forman parte del currículo de los estudiantes. Singer había sobornado a varios entrenadores para que “fingiesen que eran atletas competitivos que formaban parte de sus equipos, cuando en realidad no era así”, en sus propias palabras. También se falsificaban los méritos deportivos o su participación en determinados equipos de élite; incluso, en connivencia con los padres, se llegaban a manipular fotográficamente las imágenes de los estudiantes para demostrar que habían pasado por determinados equipos.

El ejemplo de la familia Huffman, ganadora de un Emmy y esposa del célebre actor William H. Macy, también ilustra el funcionamiento de estos mecanismos de corrupción. Según los documentos presentados por la acusación, el matrimonio pagó 15.000 dólares (unos 13.265 euros) a cambio de que su hija mayor sacase buena nota en el examen de selección de la universidad, un pago que disfrazaron en forma de donación. Después de ese primer pago, estuvieron a punto de hacer lo mismo con su hija pequeña, “antes de decidir no hacerlo”, según señalan los documentos.

Vista aérea de la Universidad de Stanford. (iStock)
Vista aérea de la Universidad de Stanford. (iStock)

“Es todo verdad”, ha reconocido Singer, que ha sido acusado de haber recibido 25 millones de dólares entre 2011 y 2018. La senadora Elizabeth Warren, candidata presidencial y exprofesora, una de las grandes críticas con el elitismo de estos centros, ha señalado que es “simplemente otro ejemplo de cómo los ricos y los poderosos cuidan de sí mismos”. En 'New York Magazine', Eric Levitz resumía el caso recordando que el problema no se encuentra solo en los chanchullos amorales de los padres para evitar que sus hijos se despeñen por la escalera social, sino en cómo el sistema garantiza que la élite acceda a la universidad y a los mejores trabajos mientras que deja fuera de ellos al resto porque “la economía necesita cuidadores en geriátricos, instaladores de paneles solares y empleados de servicios de alimentación”.

Nada nuevo bajo el sol

Para muchos analistas del mundo académico, la noticia no muestra nada que no se supiese ya. Tan solo proporciona nombres propios y datos a una práctica generalizada en los procesos de admisión de las universidades más prestigiosas. En 'The New York Times', el columnista Frank Bruni recordaba que “cualquiera que sepa un poco sobre la competición feroz por las preciadas plazas en las escuelas de nivel sabe cómo de fea e injusta puede ser”. El dinero termina decantando la balanza, pero no hace falta que se destine a pagar sobornos.

Las donaciones a la universidad o la financiación de edificios no son ilegales pero decantan la balanza en su favor

“¿Es legal dar 50.000 dólares a un consultor privado que manipula el expediente académico de tu hijo y perfuma sus trabajos, e ilegal pagarle a alguien por una puntuación obviamente ficticia en un examen, cuando ambos son ejercicios de engaño reservados para aquellos que se lo pueden permitir?”, se pregunta el periodista, que recuerda casos como el del yerno de Donald Trump, Jared Kushner, un estudiante patentemente poco brillante que accedió a Harvard después de que su padre, el magnate Charles Kusher, donase 2,5 millones de dólares a la universidad.

“En su libro 'El precio del ingreso', Daniel Golden señala unas cuantas formas con las que las familias ricas pueden comprar su plaza en las universidades de élite”, añade Eckstein. “Estas incluyen grandes donaciones, la financiación de nuevos edificios y aprovechar el estatus como celebridades de los padres”. Todos ellos, factores que nada tienen que ver con el rendimiento académico o deportivo del alumno, que jamás se considerarían un delito, pero que decantan el partido en favor de las familias con más recursos. Y muy semejantes a aquellos que influyen, por ejemplo, en aparecer o no en la lista Z de la Universidad de Harvard, un registro de estudiantes con malas notas que acceden al centro si esperan un año.

Bruni recordaba una historia que había llegado a sus oídos de parte de uno de estos consultores independientes que, como Singer, ayudan a que los hijos de las buenas familias entren en las mejores universidades. Este había visto con sus propios ojos cómo una pareja que no se fiaba de su hijo había escrito el ensayo “personal” que se exige en las pruebas de acceso y en el que se exponen las razones por las que se debería aceptar la solicitud. El ensayo, recuerda este asesor, era perfecto, con una pequeña salvedad: todas las dificultades que relataban (como el duro embarazo de su madre) precedían su llegada al mundo. Una metáfora perfecta de los verdaderos méritos de muchos estudiantes de la élite.

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