fue el mejor

El ladrón que robó 200 obras de arte en 6 años, sin violencia y a la luz del día

Stéphane Breitwieser se consideraba el hombre más rico de Europa tras amasar su fortuna en hurtos desde 1995 a 2001. El cómo y el porqué lo hizo son lo más sorprendente

Foto: 'Pastor dormido' de Françoise Boucher, una de las obras robadas por Breitwieser.
'Pastor dormido' de Françoise Boucher, una de las obras robadas por Breitwieser.

Si pudieras robar cualquier obra del arte del mundo, ¿cuál sería? Y, más importante aún, ¿cómo hacerlo? Lo principal es llegar a la hora de la comida, cuando el personal de seguridad se gira para comer. Hay que ser amable en la recepción, comprar el ticket, sonreír, vestir bien. Ponte zapatos, camisa, una chaqueta que sea un poco amplia y fundamental, una navaja suiza guardada en el bolsillo. Memoriza las salidas, verifica las cámaras de seguridad y si tienen cable (algunas pueden ser falsas). Si alguien puede acompañarte y hacer de señuelo, mejor. No lo recomendamos nosotros personalmente, sino Stéphane Breitwieser, el mejor ladrón del mundo.

A primera vista parece casi imposible entrar en un museo y salir de él con una obra valorada en miles o millones de euros debajo de la ropa. Sin embargo, en la actualidad hay muchas obras desaparecidas y en paradero desconocido. 'Le pigeon aux petits pois', de Picasso, valorado en 100 millones de euros, fue robado en 2010 y su ladrón aseguró que se había desecho de él tirándolo a la basura (afirmación que nadie tomó en serio). 'El concierto', de Johannes Vermeer, desapareció en 1990 y se considera una de las obras más valiosas del mundo. Hasta el célebre 'El grito' de Edvard Munch ha sido arramplado en alguna ocasión.

De vocación, ladrón

Stéphane Breitwieser ha robado cerca de 200 museos y amasó una colección de tesoros por un valor de más de 1,2 mil millones de euros. Tiene una máxima, que quizá le diferencie del resto de ladrones: solo se lleva aquello que le agite emocionalmente. Algo sin duda romántico, que podría hacernos pensar más en un ser tremendamente sensible que sufre el síndrome de Stendhal cada vez que observa una pintura que en un ladrón sin escrúpulos. Quizá en Breitwieser se den ambas caras de la moneda. En una entrevista a 'GQ' lo confesó: jamás roba arte por dinero, es una estupidez y no merece la pena el riesgo. Roba por amor.

Lo hace siempre de día y jamás usa la violencia. Para él, la improvisación es la clave. Un plan rígido nunca podría funcionar. Robó durante más de seis años sin parar, por lo que sabe de lo que habla. Su primer hurto fue en 1995, mientras visitaba el castillo medieval de Gruyères en Suiza: simplemente vio un cuadro que le interesó, le quitó los clavos y lo guardó debajo de su chaqueta. Usó, posteriormente, técnicas similares en al menos 170 museos.

Robaba de día y jamás usaba la violencia. No lo hacía por el dinero, sino por amor a la propia obra

En 1997, cuando ya llevaba un tiempo robando, contaba con una habitación en su casa en la que podía deleitarse con todos sus tesoros. La cueva de Alí Babá. Las paredes, llenas de pinturas renacentistas. Un Pieter Brueghel el Joven, otro Adriaen van Ostade, un François Boucher que acabó en la basura por culpa de su madre, copas, jarrones y cuencos de plata, una caja de rapé de oro que una vez perteneció a Napoleón. Cada vez que entraba le aturdía la alegría, le invadía un éxtasis místico, estético. "Hay gente que no puede entender que llore con los objetos", explica. "Pero lo hago".

Nació en 1971 en Alsacia, al noreste de Francia. Habla francés, alemán y un poco de inglés. Tuvo una infancia acomodada, en una casa llena de muebles elegantes. Nunca tuvo interés alguno en los deportes, los videojuegos, el alcohol o las drogas. Su mayor felicidad era pasar tiempo en el museo, donde sus padres lo dejaban a menudo. Esperaron que se hiciera abogado, pero abandonó la universidad después de un par de años. Su primer robo llegó tras una crisis familiar, cuando apenas tenía 22 años: sus padres se divorciaron. El hogar lleno de muebles elegantes fue reemplazado por una casa más pequeña, con muebles de Ikea.

 Breitwieser en su firma de libros.
Breitwieser en su firma de libros.

Simplemente decidió no resistir la tentación. Cada vez que veía un objeto, pensaba que tenía que ser suyo. Después de robarlos se informaba sobre ellos, como si hubiera descubierto el significado de su vida. Por motivos de trabajo tenía que cruzar la frontera entre Francia y Suiza continuamente, así que a pesar de haber sido pillado alguna vez "con las manos en la masa", volvía incluso a los museos donde ya había robado en alguna ocasión. Con cada robo aprendía algo nuevo: a mejorar su compostura, a batir sus propios récords y tardar cada vez menos, a controlar sus gestos. "Necesitas tener un instinto depredador", explicó, en una ocasión. "El placer de tener ha de ser más fuerte que el miedo a robar".

Quizá le ayudaba también entender cómo piensan los guardias de seguridad. A los 19 años, trabajó durante un mes como guardian en el Museo Histórico de Mulhouse, cerca de su casa. "La mayoría de ellos se fijan en la gente, no en el arte que está en las paredes". En cuestión de meses no se llevó solo pintura, también un reloj de arena dorado, un cristal de una vidriera, una placa de cobre, un par de dagas o un huevo de avestruz dorado. Las delicias de cualquier persona con síndrome de Diógenes. En su habitación las almacenaba y brindaba el amor y la atención que merecían, según sus propias palabras.

Había sido guardia de seguridad de un museo, por eso sabía que estos se fijan más en la gente que en los cuadros colgados en la pared

Durante todo este tiempo, desde su primer robo y hasta 2001, que fue definitivamente cuando fue capturado, la policía le persiguió. Sin embargo, las investigaciones eran vagas. Nadie estaba seguro de lo que había visto. Lo máximo que podían deducir las autoridades es que varias veces al año un hombre y una mujer (Anne- Catherine Kleinklauss, su novia de por entonces) robaban arte juntos. Unos Bonnie y Clyde inconcebibles, la magnitud de sus robos iba mucho más allá de cualquier otro. ¿La clave? Cambiar de país y de ubicación constantemente: museos grandes o pequeños, iglesias, casas de subastas y ferias de arte. El crimen funciona mejor cuando nadie se da cuenta de que están robando. En alguna ocasión, el ladrón confiesa que estaba escuchando una visita guiada, paró para robar un cuadro, y continuó escuchando al guía.

El arresto

Sucedió en Lucerna, Suiza. Breitwieser había descubierto una naturaleza muerta del siglo XVII de Willem van Aelst demasiado tentadora. Tenía que ser suya. Se la llevó, pero en un fatal error de cálculo (¿quizá demasiada confianza?) decidió volver al museo a los dos días, el guardia de seguridad que lo había visto todo alertó a la policía y los detuvo. Es cuando su relación con Kleinklauss comenzó a desmoronarse. Ella quería formar un familia y le instó a que dejase el crimen, él no estaba por la labor.

Breitwieser pasó dos años en prisión antes de ser extraditado a Francia. Sin embargo, las autoridades suizas tardaron 19 días en tramitar los permisos legales necesarios para localizar al ladrón en casa de su madre, en Francia. No hallaron nada, y Breitwieser se negó a confesar hasta que pasaron unos cuantos meses. Es normal que no encontraran ni una prueba; entretanto, la madre del ladrón, que había sido avisada por Kleinklauss, se había deshecho de los cuadros. Cortados con tijeras, destrozados, tirados a la basura. Como dijo un oficial de la policía suiza: "Nunca se habían destruido tantas obras de arte a la vez".

Un día antes de su juicio, trató de suicidarse. Cumplió un total de cuatro años en prisión, los informes de la cárcel le describen como un hombre "arrogante e hipersensible que cree que es indispensable para la humanidad". Debido a que seleccionó específicamente su botín ni se mostró culpable, no cumplía con los criterios clásicos del cleptómano. Salió de la cárcel en 2005, con 33 años, derrotado. Antes se sentía imbatible, ahora todo es aburrido e incoloro.

Nada volvería a ser igual. En 2006 publicó una biografía: 'Confesiones de un ladrón de arte'. Hay cosas que nunca vuelven, ¿qué sentiría observando cada día, una a una, todas las piezas que había robado? Quizá el recordar una determinada imagen es solo echar de menos un instante. Breitwieser podía volver a su infancia lujosa deleitándose con cada una de sus obras. Ahora, como cualquier ser mortal, asiste al museo y observa los cuadros. Mira las cámaras de seguridad y de manera muy discreta coge una copia del catálogo, saluda al vigilante con una sonrisa y sale por la puerta.

Alma, Corazón, Vida

El redactor recomienda

Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
4 comentarios
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios