LA ARQUITECTURA BIÓNICA DE JAVIER PIOZ

Este arquitecto madrileño quiere construir una torre en la que cabría todo Cádiz

Comenzó hace unos 30 años como un proyecto que casi se concretó en Shanghái. Más tarde, levantó interés en México y Emiratos Árabes. Ha sido tremendamente influyente

Foto: Pioz, junto al prototipo de la Torre Biónica.
Pioz, junto al prototipo de la Torre Biónica.

Un libro que no quería nadie cambió para siempre la vida de Javier Gómez Pioz (Madrid, 1954) hace casi 35 años. Hay algo de justicia poética en que aquel ejemplar de 'Introducción a la biónica', del ruso I.B. Litinetski, estuviese calzando una de las mesas con saldos de la madrileña Cuesta de Moyano, pues serviría de inspiración para decenas de edificios construidos en todo el planeta por Cervera & Pioz Arquitectos. “El librero me dijo que no lo conseguía vender, así que me lo regaló”, recuerda Pioz, que por aquel entonces se encontraba de paso en su ciudad natal desde Nueva York, donde cursaba un máster en la Universidad de Columbia.

“Ahí leí por primera vez lo que podíamos aprender de los animales en el diseño industrial, por ejemplo, cómo los patos tienen su propio sistema de aire acondicionado”. La biónica es una ciencia nacida en los años sesenta que se inspira en las estructuras vivas para innovar en el diseño. Cuando surgió, tenía como objetivo primordial el desarrollo armamentístico en plena Guerra Fría, pero terminaría siendo la precursora de la biotecnología y la informática. Pioz tuvo una revelación. ¿Por qué no hacer lo propio con las estructuras edificatorias? Así comenzó una carrera que le ha llevado a poner en práctica los principios de la arquitectura biónica (ante todo, ahorro energético y de materiales en edificios autosuficientes) en los rascacielos de Asia, donde lleva décadas trabajando, con despachos en Shanghái y Pune (India).

Lo presentamos en Londres en 1997 y Shanghái se interesó en 1999. Todo cambió tras el 11-S, los rascacielos se paralizaron

Los huesos de las aves, el aguijón de una avispa o las espinas de un bacalao han sido la inspiración para los edificios de Pioz, entre los que se encuentran el rascacielos Chang Kat Kia Pen, en Kuala Lumpur (Malasia), el ayuntamiento de Chendgú (China), la sede de la farmacéutica Venus, en Punjab (India), el complejo del centro político administrativo de la nueva ciudad de Shanghái o, en nuestro país, el Club de Tenis J.M. Couder, en Aravaca, o el Molusco, en Zaragoza. Pero el gran proyecto de Pioz es la Torre Biónica, un proyecto de ciudad vertical de un kilómetro de altura y capacidad para 100.000 habitantes (la población de ciudades como Cádiz, Lugo o Cáceres) y 300 plantas que arrancó su andadura en 1992 y que ha estado a punto de llevarse a cabo, sin éxito, en tres ocasiones diferentes: “Es el proyecto de mi vida”, reconoce.

Propuesta de Ciudad Vertical para la ciudad de Shanghái, con 1.228 metros de altura y 100.000 habitantes.
Propuesta de Ciudad Vertical para la ciudad de Shanghái, con 1.228 metros de altura y 100.000 habitantes.

Todo comenzó como un reto: “Quería ver si era capaz de desarrollar un modelo estructural que superase los 500 metros”, explica. “En 1997 se presentó el primer prototipo en Londres, en 1999 recibimos el interés de la Administración de Shanghái para llevarlo a la práctica”. La historia cambió el 11 de septiembre de 2001, y los proyectos de grandes construcciones se paralizaron. La Torre Biónica también, pero comenzó una nueva andadura al convertirse en la carta de presentación de Cervera & Pioz en todo el orbe. “Muchos clientes quieren una versión más pequeña de la Torre Biónica, como mi último trabajo, que han sido las torres Westin en Calcuta”: 155 metros de altura en dos rascacielos gemelos que albergan un hotel cinco estrellas.

Desde entonces, la Torre Biónica se ha intentado llevar a cabo tres veces, dos en México y una en el emirato árabe de Sarja. No salió adelante no tanto por cuestiones económicas —“no es cuestión de compraventa sino de uso”— como por limitaciones tecnológicas, además del miedo latente a las construcciones en vertical. “A lo mejor me adelanté demasiado, debería haber frenado”, reconoce. “Ahora veo factible que se construya dentro de 10 años”. Hay dos factores decisivos: por una parte, los necesarios avances tecnológicos, pero también el espectacular crecimiento de la población. Es lo que le ocurrió en Shanghái. “Me hicieron una observación muy interesante: es una ciudad con 100 kilómetros de diámetro. Imagínate ponerte en la Puerta del Sol, mirar hacia Villalba y llenarlo todo con 10.000 rascacielos. Eso es Shanghái. El alcalde me dijo que no tenía energía para seguir creciendo horizontalmente, así que tenía que conquistar la altura”.

El interés de China sigue ahí, no se ha cancelado pero está dormido. A lo mejor algún día se retoma, pero no sé si lo llegaré a ver

Las ciudades verticales planteadas por Pioz intentan dar respuesta a esa necesidad. Nada que ver con un rascacielos convencional: “Un rascacielos es como una bolsa de pan Bimbo, y la torre, un racimo de uvas”, explica. “En un rascacielos, si arde la fachada, la gente no puede salir, pero la torre son muchos edificios integrados en vertical. Está dividida en barrios, tiene plazas y parques. Estrategias para que resista mejor que un rascacielos convencional”. Un proyecto semejante puede ser viable en las grandes ciudades de Asia, donde están obligados a conquistar la altura pero no pueden confiar en los rascacielos tradicionales por su inseguridad. “El interés de China sigue ahí, no se ha cancelado pero está dormido”, explica. “A lo mejor algún día se retoma, pero no sé si lo veré”.

Edificio de la embajada de la República Popular China en Arturo Soria (Madrid).
Edificio de la embajada de la República Popular China en Arturo Soria (Madrid).

¿Y en Madrid?

Pioz no para. Esta semana ha dado una charla en la Schiller International University de Madrid en calidad de “soñador” enamorado de un futuro mejor. Algo que también le lleva a pensar que su torre puede ser viable incluso en la capital. “Tendría sentido, porque hay un gran problema con la contaminación, aunque sea una de las ciudades con más zonas verdes de Europa, pero no a ese tamaño”, comienza a explicar. La Operación Chamartín sería una oportunidad idónea. “Imagínate que esa ampliación se convirtiese en un gigantesco parque que hiciese equilibrio con el Retiro. En lugar de llenarlo de edificios, como está planteado, se podrían construir una o dos torres y dejar el resto para devolver a la naturaleza lo que le hemos arrebatado y mejorar el aire de la ciudad”.

Nunca quiso ser arquitecto: “No tenía nada de vocación, me empujó mi padre. Pero el tiempo terminó dándole la razón”

El primer proyecto de Shanghái, de hecho, tenía una extensión semejante a la de la Operación Chamartín. En el caso madrileño, bastaría con un edificio de 500 metros. “Pero me temo que vamos en otra dirección”, lamenta. “Me da que los promotores y el ayuntamiento no piensan en otra alternativa que no sean millones de metros cuadrados a construir para sacar beneficio”. Es también una muestra de que las necesidades urbanas en cada lugar son diferentes. Madrid aún no tiene problemas de expansión horizontal (“pero estamos en ello”, matiza), pero sí de contaminación. Y, como tantas ciudades europeas, goza de amplios espacios que solían ocupar, por ejemplo, viejas estaciones de tren, y que pueden ser reutilizados. Shanghái empezó así, en el espacio ocupado por un viejo astillero en desuso.

El proyecto de Calcuta intenta ofrecer soluciones semejantes. Es su último trabajo, así que es del que está más orgulloso. “Cuando uno piensa en Calcuta, piensa en la madre Teresa, así que no se imagina que puedan tener esta tecnología, pero es una ciudad muy peculiar”, relata. “La temperatura puede alcanzar 50 grados, es una ciudad muy calurosa, así que planteamos un modelo de rascacielos con tres edificios enganchados por una estructura inspirada en las vértebras de la merluza”. El objetivo de esta peculiar disposición es permitir que el aire circule, se ahorre energía —no hay aire acondicionado en los espacios públicos, tan solo en las habitaciones— y se mejore la seguridad, porque un eventual incendio no pasaría de un edificio a otro.

Torres V en Calcuta para el Hotel Westin, de 180 metros de altura y estructura inspirada en las vértebras de los peces y en los mecanismos de disipación de calor de los termiteros.
Torres V en Calcuta para el Hotel Westin, de 180 metros de altura y estructura inspirada en las vértebras de los peces y en los mecanismos de disipación de calor de los termiteros.

En la mesa del despacho de Pioz reposa desde hace un par de semanas uno de los grandes retos de su carrera, construir una ciudad en Shimla, en la ladera del Himalaya, a unas horas de viaje desde Chandigarh. “Es muy extraño, aún no sé cómo enfocarlo”, reconoce. “Es un lugar de clima extremo donde hay una universidad abandonada, y el dueño quiere convertirla en una ciudad”. Así que, como él mismo bromea, “tendré que ver qué hacen los osos polares para mantenerse calientes y ahorrar energía”.

El arquitecto que no quería serlo

El joven Pioz nunca tuvo intención de ser arquitecto. “No tenía ninguna vocación, me empujó mi padre”, recuerda. El tiempo dio la razón a su progenitor. Su otro gran maestro, aparte de Litineski, es el escultor Venancio Blanco, fallecido hace un año y a quien homenajeará el próximo 6 de marzo en la presentación de su último libro, 'Arquitectura biónica', en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. “De él aprendí cómo mirar la naturaleza”. Pioz lo conoció en Roma, donde viajó a estudiar tras recibir una beca, y mantuvo la relación con su mentor a lo largo de los años. “Intercambiábamos impresiones, él como escultor, yo como arquitecto”.

Club de Tenis Juan Couder, en Aravaca (Madrid).
Club de Tenis Juan Couder, en Aravaca (Madrid).

En más de una ocasión, Pioz ha manifestado que no recomendaría a sus hijos seguir sus pasos. “La arquitectura es uno de los estudios más bonitos que puede haber, pero una profesión complicada”, matiza. “Si un hijo mío hubiera decidido ser arquitecto, me habría alegrado, pero se sufre mucho”. Son un chivo expiatorio recurrente, tanto si algo sale mal como si se pasan de innovadores. “Como negocio es difícil, porque tienes que echarle muchas horas, es una profesión tan hermosa y bonita que debes tener mucho amor por lo que haces”. Un arquitecto, para él, es como un sacerdote o un médico. Vidas muy agradecidas, pero sacrificadas. Y, eso sí, que invitan a soñar con imposibles que algún día dejarán de serlo.

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