QUÉ DECIMOS Y QUÉ QUEREMOS DECIR

Lo que le pasa a los trabajadores de más de 50 en las empresas actuales

La mayoría de los empleados de las compañías españolas ya no cumplirán los 50, y tienen que enfrentarse al final de sus días laborales. Esto es lo que suele ocurrirles a menudo

Foto: Foto: iStock.
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Durante la última década, el número de desempleados de más de 55 años se ha duplicado en España. Hoy conforman el 15% de las personas que buscan empleo, según los datos de la última Encuesta de Población Activa. Un panorama que sugiere una creciente discriminación laboral por cuestión de edad, el conocido como edadismo, en un contexto en el que el envejecimiento de la población provocará que cada vez haya más trabajadores de esa edad y que el relevo generacional sea más complicado.

Aun así, hay casi cuatro millones de ocupados de más de 55 años en las empresas españolas, la cohorte con más trabajadores, seguida por los de 40 a 44 años (con 3.100.000). Para entender un poco mejor la situación a la que se enfrentan tanto ahora como en los siguientes años, resulta útil un revelador trabajo publicado en 'Organization' por la doctora Simona Spedale, investigadora de la Escuela de Negocios de la Universidad de Nottingham, que analiza y deconstruye el discurso de un profesor de arte recién jubilado para entender los prejuicios (propios y ajenos) que condicionan la forma en que son vistos esta clase de trabajadores.

Las actitudes de las empresas hacia la experiencia suelen ser positivas, pero en la práctica se les sigue discriminando

“Y todo el mundo es amable conmigo”, comienza el profesional. “Todos me dicen cosas en plan 'no sé qué vamos a hacer ahora sin ti, has estado aquí tanto tiempo que ya lo has visto todo. Tu experiencia…' Especialmente los más jóvenes… una de ellas de hecho dijo que se sentía 'desconsolada', como si hubiese perdido a su referente paterno en el trabajo. Les digo continuamente que todo va a salir bien, que no me necesitan… ¡Nadie es indispensable! Yo menos… un viejo profesor de arte –bueno, espera, no tan viejo, pero vale. ¡Arte, por Dios! Saldrán adelante como siempre, y después de un tiempo ni me recordarán. ¡Así es la vida! Gracias a Dios aún soy joven y estoy en forma para estar ocupado con otras cosas, con mis pinturas y mi golf… Hay tiempo antes de que me ponga totalmente gagá, ya sabes”. Pero ¿qué está diciendo de verdad?

La experiencia es útil, pero solo de boquilla

El análisis de Spedale intenta evitar caer en la habitual distinción de “víctimas” (viejas) y “verdugos” (jóvenes) que suelen caracterizar esta clase de análisis, y recuerda que por lo general uno puede presentarse como víctima y verdugo al mismo tiempo. El propio Mike lo pone de manifiesto, al defender una visión “racionalista y modernista del entorno de trabajo”, según la cual esta es un valor que mejora la organización, su capital intelectual y las relaciones entre empleados. La falta de experiencia, propia de los jóvenes, está asociada con mayores riesgos.

La realidad es muy diferente, recuerda Spedale. “Esta paradoja se pone de manifiesto en la contradicción detectada en los estudios sobre las actitudes de las empresas hacia los trabajadores más experimentados”, recuerda. “Mientras que las actitudes hacia la experiencia son generalmente positivas, la práctica continúa discriminándolos a través de una inclinación negativa hacia los trabajadores mayores”. En el entorno laboral moderno, la edad suele ser vista como “una potencial barrera para la adquisición de nuevo conocimiento y un obstáculo para la adaptabilidad y flexibilidad”.

El profesor de arte. (iStock)
El profesor de arte. (iStock)

Esta visión ideologizada de lo laboral entiende el lugar de trabajo como un campo de batalla político donde se enfrentan los jóvenes y los viejos, cada uno de los cuales intenta racionalizar a través de sus potenciales virtudes (posibilidad de desarrollo, mayor conocimiento) su atractivo para la empresa.

Los jóvenes no son tan diferentes de ti

Mike establece una clara diferencia entre el resto de compañeros y él, “posicionándolo de forma implícita como el recipiente pasivo y aislado de los buenos deseos de los demás”. Hace no tanto tiempo, trabajos como el suyo estaban estructurados en torno a un “orden moral” en el cual los mayores entrenaban a los jóvenes, y estos, a cambio, les apoyaban cuando se hacían mayores sin considerarles una carga.

La situación es muy diferente ahora, recuerda Spedale, y los cambios en la formación y el proceso de profesionalización de la labor, que se aprenden en universidades o institutos y no el propio lugar de trabajo, han provocado que el mercado laboral para los trabajadores maduros sea muy parecido al de los jóvenes. Ello ha dado lugar a más conflictos intergeneracionales y ha provocado un estado de “arritmia”, el término de Castells que Ian Roberts utiliza para describir la interrupción de los ciclos de vida tradicionales que los cambios sociales han provocado.

Eres viejo, pero no lo puedes admitir

Algunos de los discursos más populares de nuestra era son los del envejecimiento activo o la tercera edad productiva. Mike se refiere a sí mismo como un “viejo” e inmediatamente se corrige, como si acabase de recordar que nunca, bajo ningún concepto, uno debe considerarse como tal.

El discurso psicoterapéutico considera que el trabajo es necesario psicológicamente, y que “es el único camino posible a la realización personal”

La investigadora recuerda que el trabajador intenta silenciar todos los posibles sentimientos negativos asociados con el envejecimiento (inutilidad) y centrarse en sus hobbys, como el golf. El objetivo es recordarse una y otra vez que es un miembro activo de la sociedad, pero entre sus palabras se cuela la sensación de que envejecer es “un declive inevitable y pérdida de capacidades”: “Al participar de forma activa en este discurso comparte la intención de minimizar los efectos negativos de la edad y, paradójicamente, adopta la “atemporalidad” ['agelessness'] como una medida del éxito del envejecimiento”.

Adiós, trabajo; hola, nuevo trabajo

Resulta hasta cierto punto chocante que Mike hable de ponerse “gagá”, ya que como recuerda Spedale, la enfermedad mental es uno de los grandes tabús de la sociedad moderna, aún más en el entorno laboral. La mayoría de investigaciones sobre estas dolencias se centran en ellas como obstáculos para el funcionamiento idóneo del trabajador, cómo sus efectos (falta de motivación, por ejemplo) reducen la productividad del individuo y dañan a la empresa. Una vez más, el enfoque racionalista.

“El estrés, el 'burnout' y patologías similares se conceptualizan como problemas que necesitan superarse a través de métodos primarios (eliminando las fuentes del estrés), o secundarios (permitiendo que los individuos sepan gestionarlos)”, recuerda la autora. El propio Mike, con sus palabras, muestra que también cree en esa visión de “la enfermedad en el trabajo como un problema objetivo que requiere una solución racional”. La forma en la que habla de evitar quedarse “gagá” muestra una de las grandes paradojas de su discurso, común a nuestra época: al mismo tiempo que parece contento de desembarazarse de su identidad como trabajador, quiere retener parte de ella, abrazando el discurso psicoterapéutico que considera que el trabajo es necesario no solo económicamente, sino también psicológicamente, y por el cual “es el único camino posible a la realización personal”.

Rebaja tus expectativas: ya estás fuera

Para Spedale, que el profesor recurra a las palabras de una compañera que habla de él como su “padre en el trabajo” y cite su “luto” es una manera de desplazar el proceso terapéutico que él mismo ha tenido que llevar a cabo para aceptar poco a poco su pérdida de importancia y salida del mundo laboral y, con ellas, la desaparición de su identidad como trabajador.

“Esta rebaja de expectativas es el reconocimiento implícito de los prejuicios de Mike contra los trabajadores mayores como él mismo, ya que dada la inevitabilidad de su inminente pérdida (del trabajo, de las capacidades físicas y mentales, de la independencia económica), deben resignarse a una marginalización progresiva más que a lucha por su reconocimiento como iguales”, explica la autora. Para el trabajador de cierta edad, la batalla ya está perdida, y tan solo le queda negociar la rendición en los términos más beneficiosos. Según la forma en que lo haga, terminará alimentando (o no) esos prejuicios cada vez más establecidos sobre este grupo de trabajadores que, por cierto, son mayoría.

Alma, Corazón, Vida

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