UAN GRAN LECCIÓN

Un superviviente del Holocausto, de 98 años, cuenta el secreto de la felicidad

Eddie Jaku tiene 98 años y vivió una juventud de dolor y sufrimiento. Pero ahora se ve a sí mismo como "el hombre más feliz de la tierra" y lanza un consejo a las generaciones futuras

Foto: Eddie Jaku, en un fotograma de un documental. (YouTube)
Eddie Jaku, en un fotograma de un documental. (YouTube)

"No puedo olvidar ni perdonar. Nunca. Pero seré feliz hasta que me muera. Les enseñaré a todos los niños cómo ser felices y hacer de este mundo un lugar mejor para todos". Este es el mensaje del que se hace llamar "el hombre más feliz de la tierra". Su nombre es Eddie Jaku, uno de los pocos supervivientes que quedan vivos del Holocausto. A sus 98 años, comprende que la única misión que le queda es transmitir un mensaje de paz y liberación a las nuevas generaciones: "No debes odiar", recalca a través de un víde que rápidamente se convirtió en viral.

"El odio es una enfermedad", reitera. "Tú dices: 'No me gusta esta persona'. Pero tú no odias. Primero destruye a tu enemigo y luego a ti". El secreto de la felicidad, según Jaku, reside en "una buena esposa y la amistad". Además, recordó una anécdota con su padre, quien le dijo: "Hay más placer en dar, que en quitar". Por aquel entonces, se quedó perplejo y atónito ante lo que acababa de decir su figura paterna. Sin embargo, ahora con demasiados años a sus espaldas, a la par que hijos, nietos y bisnietos, admite haberlo entendido a la perfección: "Sé que lo que das tiene su recompensa. Si no das nada, no recibes nada a cambio".

Me gustaría mostrarles a todas las personas que ahora son jóvenes que, si no aprenden de nosotros, no habrá futuro

Jaku fue entrevistado en el canal de podcast 'No Filter', en el que realizó un repaso por toda su vida, desde el momento en el que, hace 75 años, fue conducido junto a su familia al campo de exterminio de Auschwitz. Eddie trabajaba en horario nocturno en una fábrica de cigarrillos de Bruselas y era judío. Vivía con su familia en el ático de una pequeña casa que habían alquilado gracias a la compasión de uno de sus vecinos belgas.

Pero la mañana del 17 de octubre de 1942, su vida dio un giro de ciento ochenta grados. "Al parecer, alguien nos denunció", relata. "Regresé a las tres y diez de la mañana. Las luces no estaban encendidas. Pensé que todo el mundo estaría dormido. Pero ya habían secuestrado a mis padres y mi hermana. Me estaban esperando a mí; y era para ir a Auschwitz".

Más de siete décadas después, Eddie Jaku todavía tiene en su antebrazo el tatuaje que recuerda lo que nunca podrá olvidar. Tan solo siete cifras: 172338. Un triste y trágico recordatorio de los horrores que presenció durante sus quince meses dentro del campo de exterminio, incluida la muerte de sus padres. Una vez llegó al campo, se encontró cara a cara con el hombre que pasaría a la historia por el nivel de crueldad empleado contra los presos: Josef Mengele, "el carnicero más grande que haya vivido jamás", como le describe el propio Jaku.

Fue Mengele quien dividió a hijo y progenitor, ordenando al segundo que subiera a una camioneta que le llevaba a la muerte en la cámara de gas. "Fui tras él y cuando ya estaba casi en la camioneta, un buen soldado me dijo: 'Tú no tienes que estar aquí, te dijo que fueras por allí. Tu padre se queda aquí, tú vuelves al campamento'". Ese hombre le salvó la vida.

"Nunca volví a ver a mi padre", lamenta Jaku. "Murió esa misma noche en la cámara de gas, al igual que mi madre. Tenían 52 y 43 años respectivamente. Pasaron aproximadamente 20 minutos antes de quedar asfixiados". Eddie logró sobrevivir gracias a sus conocimientos. Fue nombrado gerente de un taller y durante dos meses lo enviaron a trabajar directamente para Mengele, la persona que había ordenado el asesinato de su familia.

Un mensaje decisivo

Cuando el horror de la contienda terminó, rehizo su vida como pudo. Hoy en día vive en Sídney. Cuando están a punto de cumplirse 73 años del fin de la Segunda Guerra Mundial, Jaku tiene algo claro: nunca regresará a Alemania ni mucho menos a Polonia, país en el cual su madre y su padre murieron una noche dentro de una cámara de gas. Antes de despedirse, quiere dejar un mensaje claro para las generaciones futuras: "Me gustaría mostrarles a todas las personas que ahora son jóvenes que si no aprenden de nosotros, no habrá futuro", concluye. "Pero seré feliz hasta el día en que me muera. Les enseñaré a los niños cómo ser felices y hacer de este mundo un lugar mejor para todos".

Alma, Corazón, Vida

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