NI 'HYGGE' NI 'HYGGA'

Los islandeses envidian la Navidad española: “Estamos hartos de leer, queremos cubatas”

Durante los últimos días se ha viralizado en el país nórdico un artículo que desvelaba que en España nos ponemos tibios a marisco y anís en Navidad. Y ahora quieren imitarnos

Foto: En 1972, una dosis inadecuada de 'El señor de las moscas' provocó el sangriento enfrentamiento entre dos familias vecinas. (iStock)
En 1972, una dosis inadecuada de 'El señor de las moscas' provocó el sangriento enfrentamiento entre dos familias vecinas. (iStock)

Eran las típicas navidades en casa de los Sævarsson. Papá Sveinbjörn y mamá Hólmfríður estaban preparando la cena, un suculento hákarl (tiburón podrido), cuando el aullido de un cuerno vikingo hizo retumbar las paredes. Papá Sveinbjörn se dio la vuelta al momento: “Se me ha vuelto a olvidar poner en silencio el móvil”, susurró en un islandés impecable. El titular de la noticia que le enviaba el tío Dagbjartur por Whatsapp era contundente: “Los españoles pasan la Nochebuena jugando al bingo, tomando polvorones, bebiendo cubatas y discutiendo con sus familiares”. Así que pinchó.

“Me sentí culpable nada más leerlo, como si estuviese echando a perder mi vida y la de mi familia”, confesó papá Sveinbjörn a 'Le Monde' en francés, uno de los ocho idiomas europeos que habla a la perfección. “En España se pasan la noche enfadándose por política, metiéndose con los familiares lejanos, apostando el dinero en juegos de azar de dudosa legalidad… Y, mientras tanto, nosotros no levantamos la vista de nuestros libros. Es el síntoma de que algo va terriblemente mal en las sociedades escandinavas”. La escena es deprimente: en un rincón, el pequeño Guðmundur, llora desconsolado. “Quería que Papá Noel le trajese las obras completas de Rilke, pero le debió parecer una lectura demasiado existencialista para sus cinco años”.

La sorprendimos en la cama, con 'La señorita Julia' entre las manos. ¡Un sueco! Si por lo menos hubiese sido uno de los nuestros…

Papá Sveinbjörn no dudó en compartir el artículo en el grupo de WhatsApp de la familia, que representa alrededor del 30% de la población total de la isla. Las reacciones no se hicieron esperar:

–Qué gran lección. Míranos a nosotros, no tenemos nada más que cultura.

–A Arnmundur le sienta fatal el libro de Nochebuena, siempre se le va 'El anticristo' de Nietzsche de las manos y al día siguiente se pone muy pesado con matar a Dios, él, que no ha matado ni una mosca.

–“Mi marido ni me mira ya, solo tiene ojos para la edición en tapa dura de 'En busca del tiempo perdido'”.

En cuestión de minutos, el artículo estaba en boca de toda Islandia.

“Todas las Nochebuenas igual”, confesaba entre lágrimas la señora Auðbjörg. “Terminamos de cenar, y de repente, la chiquilla se da al teatro de la crueldad. El año pasado nos dijo que estaba cansada y que se iba a dormir, pero la sorprendimos en la cama, con 'La señorita Julia' entre las manos. ¡Un sueco! Si por lo menos hubiese sido uno de los nuestros… Qué vergüenza”. Una encuesta señalaba que la lectura comienza cada vez más temprano, y que los jóvenes son introducidos en la alta literatura por su círculo de amistades, sin ninguna clase de supervisión por parte de adultos. “Los que empiezan con Chéjov terminan cayendo en Tolstói antes de los 18”, lamentaba un experto. Es una de las principales causas de muerte en Islandia: uno de cada 1.000 ancianos muere aplastado por un libro de más de 500 páginas.

En algunos municipios, los libros están considerados armas blancas. (Foto: iStock).
En algunos municipios, los libros están considerados armas blancas. (Foto: iStock).

Otros datos confirman que la epidemia es cada vez peor, y muchos echan la culpa a las editoriales de clásicos de la literatura universal. “Hemos conseguido pequeños avances, como prohibir la presencia de librerías a menos de 100 metros de los colegios o pegatinas adheridas a los libros que señalen de los posibles riesgos, pero no es suficiente”, ha lamentado el doctor Sæmundur, quien aprovechó para negar de nuevo que fuese figurante en 'El señor de los anillos', a la que tacha de “propaganda élfica”. El peor momento que se recuerda fue en 1955, cuando Halldór Laxness se alzó con el Nobel de Literatura. “Yo también caí”, recuerda entre lágrimas el señor Valbjörn, de 92 años, cuyas gafas de culo de vaso son el terrible testimonio de los vicios pasados. “'Heimsljós' 1, 2, 3 y 4; 'Íslandsklukkan' 1, 2, y 3… No podía parar, nunca tenía suficiente”.

Los islandeses han acuñado el término “apocalipsis hygge” para hablar de esa triste epidemia silenciosa. “Tememos que llegue la noche”, explica una mujer anónima que vive a las afueras de Reikiavik. “Mi marido apaga las luces y, en total oscuridad, enciende una vela y saca unas galletitas. Unas putas galletitas de canela. Nos dice que agradezcamos lo que tenemos, que nos relajemos y sonriamos unos a otros, que nos entretengamos leyendo poesía en voz alta. Yo no puedo más. Yo quiero poner reguetón a todo volumen, ver un 'reality show' y ponerme tibia a comida basura”. La industria editorial supone alrededor del 50% del PIB del país; las autoridades lamentan que se esté produciendo una peligrosa burbuja que en caso de estallar arrastraría al país a la pobreza.

Una alternativa: el modelo español

Nuestro país se ha convertido en un tema recurrente en los medios de comunicación islandeses. La seguridad social, el sistema educativo, la gastronomía, la organización política, nuestro estilo de vida… Todo fascina a los norteños. A raíz de ello, ha surgido un importante mercado negro de literatura española en los bajos fondos de Rejkiavik. “Los más demandados son Benito Pérez Galdós, Miguel Delibes, Arturo Pérez-Reverte, cualquier cosa así, recia”, explica una fuente que no quiere ser identificada. “Les encanta 'La España vacía' de Sergio del Molino, porque donde otros ven un pueblo abandonado, ellos ven una urbe que bulle de gente”, explica. Para el año que viene, hay ya programada un circuito con paso por Puerto Hurraco, el Las Vegas cañí.

Los españoles trabajan de sol a sol, no tienen dinero, sus sueldos son bajísimos, pero aun así, no necesitan ahogar sus penas en cultura

Los expertos, no obstante, lamentan que novelas como 'La familia de Pascual Duarte' ofrezcan una visión distorsionada de la realidad española. “No todo son duelos a navajazos, perros rabiosos y una existencia de pobreza e ignorancia marcada por una inexorable fatalidad”, niega uno de ellos. “Nos consta que los españoles también leen, compran libros o, por lo menos, los escriben”. Algunos testimonios de turistas muestran la decepción al comprobar que las cosas no son como las cuentan. “Nosotros leemos en casa, pero aquí lo hacen en todas partes, en el metro, en el tren, no tienen pudor”, explicaba con gesto arrugado el joven Oddgeir. “Para eso me habría quedado en Svalbarðsstrandarhreppur”.

Algunos célebres periodistas islandeses se han desplazado a España para comprobar con sus propios ojos si todo lo que se dice es verdad. Es el caso de Jordënsen Evolssön, a quien se puede ver en su programa con una sonrisa de oreja a oreja mientras no aparta la vista del camarero que está sirviendo carajillos. “Es increíble su capacidad de sacrificio. Trabajan de sol a sol, apenas tienen tiempo para atender a sus familias, sus sueldos no les dan para llegar a fin de mes y, aun así, no necesitan ahogar sus penas en cultura”, explicaba, antes de levantar la mano para pedirse “la penúltima”, un concepto que está triunfando en Islandia con el hombre de “Penültimmen”. “Y hacen lo mismo que nosotros con los tiburones, pero con el jamoncito. Es que son unos genios”.

Vistas de Svalbarðsstrandarhreppur: 400 habitantes, 55 kilómetros cuadrados. (CC/Biekko)
Vistas de Svalbarðsstrandarhreppur: 400 habitantes, 55 kilómetros cuadrados. (CC/Biekko)

Coincide en su opinión la familia Hjálmtýr, que abandonó Islandia buscando un futuro mejor para sus hijos. “La situación era inaguantable”, explican a este medio. “Un 2% de paro, unos estándares morales tan elevados que en cuanto cometes un pequeño desliz te ves obligado a exiliarte, una democracia que te exige estar constantemente informado… No queríamos que nuestros hijos se criasen en ese ambiente”. Los Hjálmtýr han hallado la tan anhelada felicidad en un piso de 30 metros cuadrados que apenas les deja margen económico para comprar libros. “Ahora, nos sentamos a cenar y todo son '¡mamá, la comida está asquerosa!', '¡papá, he suspendido ocho!'… En Islandia eso habría sido una utopía, se habrían pasado la noche leyendo a Kierkegaard”.

Alma, Corazón, Vida

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