vivan los finales felices

Cuento de Navidad real: el policía que fue salvado por un ángel en Nochebuena

Dean Simpson lo perdió todo y se dio a la bebida. Una víspera de Navidad decidió tomar un tren para no volver. Pero en el trayecto se encontró con alguien muy especial

Foto: Foto: iStock.
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Era Nochebuena y un miembro del cuerpo de policía de Nueva York, Dean Simpson, se encontraba muy triste. Tres meses antes, las Torres Gemelas habían sido derrumbadas por un atentado. La ciudad emitía un rumor lejano que le abatía como un huracán. Desde que quedara incapacitado para ejercer su profesión de por vida a raíz de un tiroteo, había perdido la motivación para seguir luchando. Ahora, todo lo que le quedaba por hacer a sus 35 años, era beber sin parar y asistir a los funerales de los compañeros que se iban quedando por el camino. Esa víspera de Navidad, Simpson guardó una pistola en su bolsillo y abordó un tren que iba hasta el norte de la ciudad. Allí, planeó acabar con su vida. Pero un ángel le detuvo y le hizo recapacitar. En un breve y fugaz encuentro, se dio de bruces con una anciana que le hizo un regalo por el que volvió a replantearse las cosas. Su historia viene contada por él mismo en su libro de memorias 'The Blue Pawn: A Memoir of an NYPD Foot Soldier', que comenzó a escribir la misma noche en la que estuvo a punto de quitarse la vida.

El oficial creció en un Brooklyn próspero y boyante. Su madre, alcóholica, murió cuando él tenía tan solo siete años, pero gracias a su familia y amigos, salieron adelante. En especial gracias a su padre, James, un detective del cuerpo de policía de Nueva York que reencarnaba su principal modelo y referencia de todo a lo que podía aspirar un buen hombre. Después de pasar una temporada en el ejército y otra en la universidad, decidió seguir su verdadera vocación, inoculada por su progenitor: ayudar a las personas.

Simpson se quedó solo en el mundo. Su novia le había dejado, había perdido a su padre y no se hablaba con su hermano

A los 21 años, ya patrullaba a pie las calles de la Tercera División del Midtown, según informa 'The New York Post'. En 1993, un único disparo dio un giro de cientochenta grados a su vida: pasaba por Clinton Park cuando se cruzó con dos hombres encapuchados a la espera de cometer algún acto delictivo. Simpson bajó de su coche, y al instante, uno de ellos sacó una pistola. El policía se abalanzó hacia el arma y la lanzó fuera del alcance de su atacante. Entonces, cayó al suelo. Golpeado con la culata de la pistola y sin aliento, creyó que era su final. Pero en vez de eso oyó unas sirenas. Eran sus compañeros que acudían para ayudarle.

Todo cuesta abajo

Simpson sobrevivió, pero su mano quedó destrozada e inhabilitada para sujetar un arma. Además, desde entonces comenzó a sufrir vértigo, acompañado de una notable pérdida de audición. Por todo ello, tuvo que renunciar al puesto y cayó en el alcoholismo. Su padre falleció, no se hablaba con su hermano y su novia se había enamorado de otro. Su percance con aquellos hombres fue el inicio de una serie de infortunios que el destino le tenía reservado. Así, Simpson cayó en una profunda depresión.

La noche anterior al atentado de las Torres Gemelas, el policía retirado se encontraba en una barra de bar, intentando olvidar su pasado. Al día siguiente, la fatídica tragedia le sorprendió en la cama con resaca, mientras por la tele salían las imágenes de sus colegas sacando a las víctimas y a los heridos de los escombros. Después, comenzaron los funerales de las personas que murieron en el suceso, entre ellos 23 compañeros suyos con los que había estado trabajando codo con codo antes de su forzosa retirada. Y así se pasó unos años, entre los recuerdos de su vida de policía de antaño y las fotos familiares que ya solo le inspiraban una profunda tristeza. Como les ocurre a muchas personas, la Navidad le suponía una fecha señalada en el calendario que le hacía retroceder a aquellos años en los que fue feliz.

El 24 de diciembre de 2001, salió de casa con tan solo dos objetos en su bolsillo: una Biblia y una pistola. En la estación Penn compró un ticket de ida a Albany, pero justo antes de que su tren saliera, una mujer se sentó a su lado y le sonrió. Lo último que Simpson quería era conversar, dada su situación. La señora tendría 40 años, iba vestida de blanco y llevaba un bolso de lujo acompañado de un pañuelo de color rojo brillante. "¿No es bonito?", le preguntó al expolicía refiriéndose a los árboles cubiertos de nieve.

Simpson sintió que hacía mucho tiempo que no hablaba con nadie. Los dos se abrazaron y ella desapareció entre la bruma del andén

El resto del viaje le habló de lo mucho que le gustaban las vacaciones y lo hermosa que era la ciudad en esta época del año. Cuando le preguntó qué era lo que más le gustaba a él de esa ciudad, Simpson fue sincero. Nunca lo había sido tanto: "Me encanta el anonimato. Me gusta que en una ciudad con más de 8 millones de personas, pueda pasar días sin hablar con un solo alma y no sentir que me haya perdido una sola cosa. Lo que más amo de una ciudad como Nueva York es que estás solo, te dejan en paz".

Una nota salvavidas

La mujer supo al instante que esa respuesta iba contra ella. Cualquier otra persona que no tuviera tan buen humor le habría dado una bofetada. La vergüenza se apoderó de inmediato de Simpson. ¿Cómo podía tratar a alguien de esa forma? La mirada herida de la mujer lo dijo todo. Entonces, tartamudeó una disculpa y, para su alivio, ella lo aceptó. Se llamaba Erin, era de de Saratoga y su marido, quien era médico, había muerto varios años atrás. Poco a poco, el expolicái percibio que estaba saliendo de su ensimismamiento con solo escuchar la vida de aquella mujer. Hacía mucho tiempo que no hablaba con nadie. Ambos se miraron mutuamente y varias lágrimas corrieron por sus mejillas al unísono. Justo antes de que el tren llegara a su destino, Simpson se disculpó. Ella le entregó un papel rosa. "No sé a dónde te diriges, pero cuando llegues, lee esto", le espetó. Los dos se abrazaron y ella desapareció entre la bruma del andén.

Simpson continuó con su plan. Ascendió hasta la famosa montaña neoyorkina de Black Mountain y caminó por sus intrincados senderos. A medida que lo hacía, pensó en los giros que había dado su vida hasta ese momento. Ya en la cima, sacó la Biblia de su padre y un trozo de papel que servía de marcapáginas salió volando. En él, figuraba el pasaje favorito de su progenitor: Corintios 10:13. Luego, leyó la nota que aquella anciana le había dado: "Dean, la vida es un regalo para compartir. ¡Nunca pierdas la esperanza! Feliz Navidad, Erin".

Ángeles de la Guardia

Eso solo fue el principio de su nueva vida. Sintió cómo el aire entraba en sus pulmones y lo llenaba por completo. Tan solo necesitaba eso: seguir respirando. Vació la pistola y arrojó las balas al abismo. Se levantó y retrocedió por el sendero por el que había ido. Erin tenía razón: le habían dado un regalo y estaba listo para compartirlo. Se alejó de la bebida y cambió de rutina. Decidió mudarse a Florida, donde se dedicó al voluntariado para ayudar a los veteranos de guerra que habían quedado traumatizados.

Simpson nunca volvió a saber de aquella misteriosa dama que le salvó en el andén. Por más que ha intentado dar con su paradero, parece haberse desvanecido. Mientras tanto, él todavía mantiene la nota dentro de la Biblia de su padre en su mesita de noche, y cada vez que la lee, se sorprende de nuevo ante aquel extraño suceso que le cambió la vida. "Los ángeles están a nuestro alrededor", aseguró a 'The New York Post'. "La gente suele hablar de actos de bondad. Es increíble e imposible que no nos demos cuenta de todos los que recibimos a diario".

Alma, Corazón, Vida

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