PETER SIMI, EL ANTROPÓLOGO DE LA ULTRADERECHA

Un sociólogo entre nazis: “Su racismo es la versión extrema de lo que se ve a diario”

El profesor de la Universidad de Chapman pasó siete años conviviendo con distintos grupos radicales con un objetivo principal: entenderlos mejor para poder frenar su amenaza

Foto: Simi ha pasado las dos últimas décadas alertando sobre el peligro que estos grupos suponen.
Simi ha pasado las dos últimas décadas alertando sobre el peligro que estos grupos suponen.

La primera vez que Peter Simi se codeó con neonazis, apenas tenía 25 años. Su contacto eran dos individuos que formaban parte de una milicia cuyo campo de acción era el suroeste de EEUU. Después de una comida de un par de horas, la pareja le hizo una oferta que no podía rechazar: ir a un bar de deportes para tomar unas cervezas y echar una partida de billar. “Una de las cosas que me sorprendieron fue que, por una parte, eran supremacistas radicales, pero al mismo tiempo me recordaban a gente que había conocido a lo largo de mi vida”, recuerda Simi a este periódico un par de décadas más tarde. “Su racismo no era esencialmente distinto del racismo cotidiano que he escuchado desde pequeño a través de chistes: es su manifestación más radical”.

Esta extraña familiaridad ha sido una constante durante todos los años que el profesor de la Universidad de Chapman ha comido a la mesa o dormido en la cama de toda clase de grupos nazis y supremacistas estadounidenses, que ha cristalizado en una nutrida producción bibliográfica y en 'American Swastika', coescrito con Robert Futrell y que es una guía de acceso a esos “espacios de odio” que Simi conoce de primera mano. En 'rallies', fiestas, conciertos o en sus hogares, Simi se ha codeado con esa América blanca que combina la cruz gamada con la bandera confederada, odia a los negros y los judíos y que en el verano de 2017 mostró su rostro al planeta en Charlottesville. Un interés que se remonta a su infancia, cuando vio un documental sobre el Ku Klux Klan en la televisión pública.

Nos gusta pensar que se unen a estos grupos porque son pobres, pero muchos provienen de un entorno socioeconómico alto

Durante siete años, el sociólogo observó cómo funcionaban estos grupos de odio escudado tras su cara de póquer, mientras se mordía la lengua para evitar contestar cuando contaban chistes racistas o se metían con las minorías con las que se cruzaban. La violencia siempre estaba a la vuelta de la esquina, como en aquella ocasión en la que consiguió que más de 50 neonazis no la tomasen con un nativo americano que pasaba por una calle de Anaheim. “Están por todas partes”, explica. “Hay una tendencia a considerar que la gente que forma parte de estos grupos sufre privaciones económicas y educativas, lo que nos reconforta, porque nos hace sentir que son una amenaza menor y que si solucionamos estos problemas, desaparecerán”. En realidad, añade, los grupos violentos radicales captan adeptos en todas las capas sociales: “Personas de entornos privilegiados y con buena formación también son atraídos por estos grupos, lo que significa que el problema es más complejo de lo que nos gustaría pensar”.

Si hay algún rasgo individual que une a todos ellos, ese suele ser una infancia complicada. “Los que han sufrido alguna clase de trauma son los más vulnerables”, explica. “Por ejemplo, maltrato infantil o abuso de alcohol o drogas en la familia, y eso no es algo que pertenezca a un único nivel socioeconómico”. Pueden llamarse Nación Aria, Frente Patriota o Resistencia Aria Blanca, pero lo que ofrecen a menudo es una familia. “Incluso proporcionan refugio a aquellos que viven en la calle”, señala Simi. “Encuentran la camaradería que buscan en estos grupos, donde a menudo se refieren a sí mismos como una gran familia racial y su propaganda defiende la solidaridad entre miembros de la raza blanca”.

Llevando a los 'skinheads' a la bolera

Simi nunca ocultó a sus sujetos de estudio que era un académico cuyo objetivo era investigar el funcionamiento de esos grupos. Era lógico, reconoce, que estos desconfiasen hasta cierto punto de él. “Era difícil porque había gente que se acercaba a mí y me decía 'si descubrimos que eres un poli, vamos a matarte a ti y a tu familia', y aunque por supuesto da miedo, me lo tomaba con filosofía”, admite. En una ocasión, mientras se preparaba en una casa de California del Sur para salir a un gran festival musical, un autoproclamado 'ario' se acercó a él y le contó la historia de un fotoperiodista de Texas que, como él, había sido invitado a una reunión semejante.

Uno de los autoproclamados 'arios' con los que convivió se llamaba Wade Michael Page; 10 años después, mató a seis personas en un templo

“Bebieron un montón y, al final de la noche, la gente que le había invitado decidió que no debían haberlo hecho, así que casi lo mataron de una paliza y tiraron su cuerpo a una cuneta”, relata Simi. Este nunca supo si la historia era real o no, pero de lo que sí estaba seguro es de que no se trataba de una amenaza, sino de un consejo para evitar que le pasase lo mismo. El nombre de aquel hombre que adoraba el rock duro setentero y tocaba en una banda llamada Youngland era Wade Michael Page, y Simi lo vio por última vez en un concierto en Denver en 2002. No volvió a encontrarse con él en persona: la siguiente vez que lo vio fue en televisión, después de asesinar a seis personas en el templo sij de Wisconsin antes de suicidarse de un disparo.

Simi conoce con tal profundidad la vida de Page, con quien dedicó días enteros a ver la televisión, ir a bares y jugar al billar, que parece probable que haya pasado los últimos seis años pensando qué pasó entre la última vez que le vio y la masacre. “Nadie en su familia formaba parte de esos grupos”, comienza a narrar. Uno de sus progenitores murió de joven, Page terminó el instituto y se unió al ejército. Fue allí donde sufrió su radicalización: “Es un momento de transición, por eso tantos movimientos se nutren de universitarios”. En su caso, fue su amistad con un supremacista blanco, que comenzó a pasarle libros propagandísticos y a descubrirle bandas de música, lo que le llevó a moldear una visión del mundo cada vez más radical en la que, por ejemplo, lamentaba que los afroamericanos fuesen ascendidos en el ejército a puestos que, en su opinón, debían estar ocupados por blancos.

Foto policial de Wide Michael Page. (Reuters)
Foto policial de Wide Michael Page. (Reuters)

Fue la música lo que condujo a Page, que tocaba el bajo desde joven, a conectar con los círculos de 'white power' americano. Simi lo conoció en 2000, cuando acababa de aterrizar en California invitado por otros músicos radicales que había conocido en un festival en Georgia, y con quienes montó Youngland. La banda le llevó a tocar por todo EEUU y Europa, donde entró en contacto con otros grupos. ¿Qué pasó entre 2002 y el momento en que el exmilitar cometió una de las grandes masacres de la historia reciente de EEUU? El sociólogo no puede decirlo exactamente, pero a partir de sus entrevistas, sospecha que “había llegado a ese punto en el que estaba desencantado de hablar tanto y actuar tan poco”. El resto es trágica historia, y parte de la prensa le acusó de haber utilizado a los violentos en su beneficio.

El coste de la investigación

Convivir con algunos de los elementos más violentos de la América blanca no cobró ningún peaje físico a Simi, pero quizá sí psicológico. “Era duro: mi esposa solía decirme cuando volvía a casa que me veía afectado”, reconoce. “Lo más difícil de todo era ver a niños muy pequeños socializados en esos ambientes. Viví con una familia que tenía tres hijos; el más pequeño, de cinco años, ya hacía el saludo fascista, cantaba canciones neonazis y se identificaba con el supremacismo blanco”. El profesor suspira al otro lado de la línea, donde quizás esté viendo el amanecer sobre el Pacífico: es un madrugador nato. “Era difícil, porque obviamente esos niños no habían hecho nada para merecerlo, simplemente habían nacido en la familia equivocada”.

No soy un yonqui de la adrenalina, ¡odio los parques de atracciones! Mi adicción es más bien de índole intelectual

Los nervios de Simi eran puestos a prueba cada vez que comenzaba un nuevo trabajo de campo. Uno de los momentos más estresantes era verse rodeado de gente desconocida de la que no sabía muy bien de qué pie cojeaba. “Esas redes son muy amplias, así que no puedes predecir con quién te vas a encontrar”, recuerda. El subidón de adrenalina era casi continuo. En uno de sus trabajos más recientes, el profesor mostraba cómo el abandono de esos grupos era casi como superar una adicción. ¿Sintió él lo mismo al dejar de hacer trabajo de campo? “Es una pregunta justa”, admite. “No soy un yonqui de la adrenalina, ¡odio los parques de atracciones!”, bromea antes de reconocer que es más bien una adicción intelectual.

Desde 2012, Simi se ha centrado en entrevistar a antiguos miembros de estos grupos —ha recopilado más de 100 testimonios—, lo que le ha descubierto aspectos de sus vidas que de otra manera no habría podido conocer. “Hacía preguntas que no podría haber realizado cara a cara, como si habían sufrido maltratos de pequeños, y me di cuenta de que muchos de ellos sí”, explica. Este enfoque le ha permitido rastrear en las infancias de los miembros de la extrema derecha. En muchos casos, sus padres no formaban parte de grupos extremistas, pero solían ser “racistas cotidianos” que manifestaban opiniones como “los negros están arruinando el barrio y los precios están bajando por su culpa”: “Muchos explicaban que unirse a estos grupos era el paso lógico tras lo que habían aprendido en casa”.

Miembros del Ku Klux Klan en Charlottesville, verano de 2017. (Reuters)
Miembros del Ku Klux Klan en Charlottesville, verano de 2017. (Reuters)

Lo que nos lleva a los EEUU de 2018, donde los grupos radicales se han convertido en un problema de primer orden. Es algo que viene de lejos, recuerda Simi. Al menos desde la fundación del Ku Klux Klan, que continuó con la aparición de grupos protofascistas antes de la Segunda Guerra Mundial, la fundación del Partido Nazi Americano en los sesenta por George Lincoln Rockwell, los 'skinheads' de los ochenta y una creciente diversificación que llega hasta nuestros días. “Lo que está claro es que ha habido una gran negación sobre estos grupos, la gente no se los ha tomado en serio”, explica Simi, que detesta el término 'alt-right' que tanto se ha utilizado en los últimos tiempos.

“Fue Richard Spencer quien lo popularizó, pero es simplemente otro paso más de ese proceso de los grupos extremistas de buscar términos que suenen mejor que neonazi o supremacista”, lamenta. “¿Por qué permitimos que alguien dicte los términos que empleamos?”. Más allá de los actos de violencia de extrema derecha, hay un peligro mayor, que es que el supremacismo blanco se convierta en algo 'mainstream': “En redes sociales veo a gente que no son neonazis compartir sus mensajes sin saberlo, es un impacto con el que tan solo podrían haber soñado hace unas décadas”. El proceso se ha agudizado en los dos últimos años, “no solo aquí, también en Europa”. Simi no piensa demasiado en sufrir represalias, y aunque ha tenido algún encuentro desagradable con partidarios de Trump, recuerda que no hay que tener miedo de hablar de lo que ocurre. ¿Y cambiar de objeto de investigación? “Me sigo preguntando si podría hacer otra cosa, pero lo veo difícil”.

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