MEMORIAS GUANCHES

Pedro Hernández Cabrón, el pirata gaditano que no se cortaba un pelo

Su familia fue sometida a tal degradación que pasaría a la historia dándole un sello infame a su apellido hasta convertirlo en un insulto grave que resuena en nuestra época

Foto: La Playa del Cabrón, en Gran Canaria.
La Playa del Cabrón, en Gran Canaria.

"Cuando estamos de mierda hasta el cuello, sólo nos queda cantar."

–Samuel Beckett

Hay veces que un hombre tiene que luchar tanto por la vida que no tiene tiempo de vivirla, que decía Charles Bukowski. Algo así le ocurrió a un gaditano de buena familia que aburrido del sinsentido de medrar entre platos de venado y jamón criado en la dehesa, decidió cambiar de tercio y darle un giro copernicano a su vida muelle, pero para vivir mejor a costa de lo ajeno. No hay que olvidar que desde la conquista de Cádiz al rey de Fez por Alfonso X el Sabio para Castilla, la ciudad se convirtió en un centro monopolista, ya fuera en sus relaciones comerciales con el África magrebí o más tarde con la América descubierta por la Monarquía Hispánica. Es por ello, que todos los que deseaban comerciar con unos u otros, debían pasar por esta ciudad donde la luz benefactora y el sol imprimían un carácter luminoso a sus gentes. Cádiz, con el tiempo y quizás antes de él, se convertiría durante siglos en una de las grandes puertas del mundo.

Hay que entender en contexto, que en aquella época –cosa que no ha variado sustancialmente en este país–, los piratas de aquel entonces eran gentes respetables, que igual podían ser alcaldes o tener una posición política envidiable. En esencia, un ladrón podía ser regidor, comerciante y pirata a la vez como si tal cosa y no se rasgaban las vestiduras por ello. Pedro Hernández Cabrón se convirtió de la noche a la mañana en un prestigioso comerciante, repartidor de estopa a domicilio y pirata de renombre. Hijo de prestigiosa familia gaditana, allá por la segunda mitad del siglo XV le pegó una tunda de puñaladas al linaje del que descendía, que desvirtuó así la honorabilidad que sus padres y abuelos habían acunado, cultivado y mimado con buenas acciones entre sus allegados y servidumbre. Fue tal la degradación a la que sometió a su distinguida familia, que pasaría a la historia dándole un sello infamante a su apellido hasta convertirlo en un sonado epíteto cuyas resonancias todavía son hoy eco de insulto grave.

Hernandez partió de Cádiz con dos docenas de navíos y una derrota que le debía de conducir hacia el norte de África

Para sumar anécdotas, no hay dedos en la mano que cuajen un resultado digno de una matemática parda. Muchas son las cruentas hazañas que este personaje dejó como rastro en su agitada vida. Vilipendiado y rehabilitado por los Reyes Católicos, pasó de ser odiado a respetado al entrar en la corte. Por empezar por algún lado, su participación en la expulsión de los judíos fue más que sonada. Les había garantizado que les llevaría a las proximidades de la tierra prometida, que quedaba más o menos por las cercanías de Orán –al norte de la actual Argelia–, y tras despojarlos de todas sus riquezas, los dejaría en la estacada en Málaga. Más tarde y no satisfecho con sus fructíferas y rentables perrerías, repetiría el mismo modus operandi en Cartagena dejando al albur de su desgraciada suerte a otro millar de ellos con lo puesto tras despojarlos de sus ya mermadas posesiones. Hablamos obviamente en el contexto de la desafortunada diáspora cuyo éxodo hizo perder a aquella España que asomaba a la gloria del futuro con pie firme, a una comunidad dinámica e indispensable, tal que era la judía.

Historia de un impresentable

Se hace necesario destacar que este animal de bellota, Hernandez Cabrón, partió de Cádiz con dos docenas de navíos y una derrota que le debía conducir hacia el norte de África; en las sentinas de aquellas incipientes naos y cocas anidaba el horror de los expulsados en uno de los más grandes errores cometidos por los Reyes Católicos. Centenares de judíos –hombres, mujeres y niños–, serian arrojados al mar sin más contemplaciones con objeto de extorsionarles para despojarlos de sus eximias riquezas. No se acaba de entender, en medio de tanta memoria histórica, cómo no se ha entonado un sincero mea culpa con categoría de De Profundis sobre aquellas atrocidades cometidas en una nación que se dice a si misma ser cristiana por excelencia. Aquí la palabra perdón subsiste en el diccionario de la RAE con respiración asistida. No todos los apellidos se agostan en la alcurnia y el oropel por derecho propio –como es el caso de este impresentable–, algunos sencillamente reflejan la vileza de los que los detentan.

Retrato de Pedro Hernández Cabrón.
Retrato de Pedro Hernández Cabrón.

Más tarde, ya encumbrado con los dineros que había aligerado a sus millares de víctimas, este estafador de manual financió una campaña para apuntarse en las durísimas escaramuzas que se estaban librando en Canarias contra los guanches, una larga guerra de desgaste que no acababa de rematarse por la extrema resistencia de los gigantescos autóctonos. Lo cierto es que en aquella desgarradora guerra de conquista de las estratégicas isla atlánticas, los cabreados autóctonos, hicieron muchos prisioneros cristianos de la flota de Hernández Cabrón y tras la intervención de una bruja-chamán local que vivía en la zona de las calderas de Tirajana, fueron indultados más de ochenta que bien pudieron haber sido pasto de barbacoa en un acto que la historia elude mencionar, no fuera a ser que aquellas nobles gentes locales fueran juzgadas favorablemente por ser condescendientes con los prisioneros, porque como se sabe, a los “malos”, ni agua.

Hay muchos ejemplos de la generosidad por parte de los aborígenes guanches para con los verdaderos salvajes provenientes de la península, generosidad que estos no tuvieron con el enemigo vencido en sus intervenciones en las diferentes islas según pliegos recogidos por los cronistas. Sin embargo, las matanzas efectuadas por los llamados cristianos e invasores de un modo de vida pacífico y armónico como era el de la sociedad guanche, no estuvo nunca a la altura de los principios cristianos que se supone debían de presidir aquel viejo precepto de no matarás y os amaréis los unos a los otros. En fin, el mismo rollo de siempre.

Su crueldad y violencia eran legendarias y estaban en boca de todos los que le conocían

Hay un topónimo allá, en la playa de El Cabrón, cerca del municipio de Aguimes, que recuerda, según crónicas de la época, uno de los episodios vividos por este pirata y esclavista, estafador y aventurero, que según le daba el aire actuaba a veces con respeto a los acuerdos convenidos con la Corona y otras, las más, como un auténtico pirata. Estas islas tardaron más de cien años en ser conquistadas en parte por la enorme resistencia ofrecida por el pueblo guanche, en parte por la falta de recursos e ímpetu sostenido de los castellanos. Inicialmente, el normando Juan de Bethencourt, y más tarde, Pedro de Vera, y el “pieza” en cuestión, acabarían conquistando aquel gran reto que fueron las islas Canarias, allá por 1483.

Estas audaces incursiones en las Islas Afortunadas le hicieron obtener el perdón de los Reyes Católicos cuando su cabeza pendía de un hilo. El perdón si, y una docena de dientes que había perdido de paso tras una pedrada meteórica que un hondero guanche de Tirajana le había arreado en toda la mandíbula. En venganza por este agravio, durante la travesía a la península arrojaría por la borda a una docena de desgraciados que lo único que habían hecho es combatir por sus vidas y familias, ya que según el escaso criterio de este desgraciado, los autóctonos eran unos ¿bárbaros? Así se las gastaba Hernández Cabrón.

Su crueldad y violencia eran legendarias y estaban en boca de todos aquellos que le conocían. Centrifugadora de terror, sujeto despiadado y sin escrúpulo alguno, mataba sin reparo y con crueldad. Era tratado como un mito local, pero lo que en verdad representaba era un sicópata sin empatía alguna hacia los vencidos con los que se divertía de manera sádica. De vuelta a la península –era octubre de 1480–, le dio un pronto y quiso asaltar la ciudad de Azamor en el norte del actual Marruecos. La idea, como no podía ser de otra manera, era la de aligerar a los mahometanos del enorme stock de especias (el equivalente al almacenamiento de un año), y “levantarles “sus esfuerzos comerciales; pero una potente galerna local con visos de vientos huracanados los disuadió de tamaña “hazaña”.

Un insulto muy rotundo

Las cosas cambiaron cuando, ya de buen rollito con los Reyes Católicos, estos le adjudicarían el control de la flota destinada a dar un susto a los portugueses en Madeira. Fernando les guardaba cierta inquina tras su intervención en la guerra civil castellana en contra de la reina Isabel; y estaba muy complacido en arrearles unos mandobles preventivos. Los portugueses incordiaban mucho en el Golfo de Cádiz; en una ocasión le habían levantado la totalidad de la atunada de las almadrabas de su propiedad (también tenía negocios legales), y había que meterlos en cintura, por lo cual, aproaron en aquella dirección aplicando a la nobleza local una “limpia” histórica e inolvidable.

La historia de Pedro Hernández Cabrón tiene mucho de conjeturas y sobre todo, es una labor detectivesca por la cantidad de cabos sueltos que hay sobre él en las crónicas de la época. Lo que sí se sabe sobre la etimología del nombre en cuestión y las connotaciones que arrastró a posteriori por el “lustre” que le dio al apellido familiar este demonio del mar es que derivó finalmente en Caper e incluso en Cabrio para evitarle a su familia el sambenito de estar asociados con la reputación del "pinta" este. Cabrón, un pirata de leyenda metido a político –qué extrañas asociaciones tiene esta actividad–, a la par que un insulto muy rotundo que aún hoy día reverbera en los oídos de la atribulada ciudadanía vinculándola a los mismos de siempre. Sin comentarios.

Alma, Corazón, Vida

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