UNA GESTA INCREÍBLE

Blas de Ruiz y Veloso: cuando los españoles invadimos Camboya

La apasionante conquista de lo que sería Indochina no fue nada fácil. La heroicidad de estos dos conquistadores permanece olvidada en los libros de historia

Foto: La conquista de Camboya en un antiguo grabado.
La conquista de Camboya en un antiguo grabado.

"Qué soledad más absoluta hay que la de la desconfianza".

–George Elliot

Hubo un tiempo –aquel que correspondió a nuestra baja Edad Media, última etapa de este oscuro período– en el que la peste negra se llevaría en Europa a la tercera parte de la población, en el que a unos cuantos españoles les dio por pulular por el inmenso sudeste asiático en lo que hoy podríamos llamar Laos, Camboya, partes de Vietnam y Tailandia, en un territorio equivalente a la actual composición de lo que suman hoy los territorios de Francia y España juntos, lo que no es moco de pavo. Y esto lo hicieron poco más de 200 hombres "en plan Ironman", eso sí, armados hasta los dientes.

Hacia el año 1430, una potente y sostenida invasión del reino de Siam que venía arrollando desde el oeste todo lo que se movía, acabaría asaltando la increíble y enigmática ciudad de Angkor, derrotando al mítico ejercito khmer. Para colmo de males, las feraces tierras del sur fueron copadas por los vietnamitas, que unidos a la fiesta del despojo de la otrora potente Camboya (nada que ver con su geografía territorial de hoy), les "levantaron" su única salida al mar. Ya Antonio de Pigafetta, el cronista y aristócrata aventurero italiano encastrado en la expedición de la vuelta al mundo iniciada por Magallanes y finalizada por Elcano, hace mención en su 'Relación de la vuelta al mundo' sobre algunos de los acontecimientos locales en aquel tiempo y coincidentes con los relatos mencionados posteriormente por la expedición española que holló aquellas tierras que con el tiempo se conocerían como Indochina.

Un poco "p'allá" sí que estaba Blas de Ruiz, como lo demostraría su audacia en el futuro

Es hacia 1586 que el gobernador Santiago de Vera informa a Felipe II de que en aquellos pagos hay “merienda”. En aquel entonces, por accidentes de la historia, la corona de Portugal había recaído en las sienes plateadas del rey emperador y se comenzaba a barruntar el follón. Con el argumento de que el rey de Camboya había solicitado la ayuda española, y abandonada definitivamente la idea de llevar un ejército de cerca de quince mil hombres de los tercios para darles a los chinos un buen susto (plan postergado por la prioridad de invadir Inglaterra para darle a Isabel I un correctivo que se presumía antológico y acabó con el desastre por todos conocido), se comienzan a mover algunos destacamentos de arcabuceros por el territorio limítrofe entre la castigada Camboya y el reino de Siam.

Por aquella época, un tal Blas de Ruiz –una pieza hecha a medida– había pegado un braguetazo importante con una hermosa dama mestiza y viuda en el virreinato de Perú, a la que aligeró su fortuna sensiblemente. Ni corto ni perezoso (no se sabe si por efecto de una súbita teleproyección o una fuga muy bien orquestada) en pocos meses ya estaba dando vueltas por Filipinas. Su ánima de explorador nato alimentada con el turbocompresor de los dinerillos que había descargado a su mujer le impelían como una fuerza abductora a hacer algunas cosillas para merecer fama. Un poco "p'allá" sí estaba el sujeto, como lo demostraría su audacia y desarrollos en su agitado porvenir.

El compinche portugués

Cuando la mera idea de cruzar el mar de la China era algo considerado de alto riesgo al estar infestado por piratas locales que funcionaban como manadas organizadas por y para el saqueo, hacia el año 1592, este audaz lerenda, pecaría de osado y acabarían echándole el guante en un intento de travesía por aquellos pagos del Señor. Preso una temporadilla en régimen de esclavitud atenuada gracias a sus elaboradas artes embaucadoras, un buen día se dio a la fuga y apareció en Lovek, la nueva capital camboyana tras la pérdida de Angkor a manos siamesas. De la noche a la mañana, se hizo amigo de toda la vida del rey local alcanzando un estatus más que notable y comenzó a tener relaciones con una hermosa cortesana que le venía haciendo ojitos desde su advenimiento. Finalmente, la cosa cuajó y el perillán ascendió en el escalafón. Pero todo iba demasiado bien.

Veloso, que temía por su integridad física, se puso muy contento al escuchar que el enviado del rey Siam la había palmado

Las tropas de Ayutthaya, una variante del reino de Siam de origen hindú, se pusieron otra vez en marcha en su permanente expansión, y capturaron la tranquila Lovek, poniendo en fuga a los autóctonos. El español y un compinche portugués de nombre Veloso estaban aquel día de maniobras horizontales con dos hermosas princesas locales y en ese tántrico momento, les pillaron con las manos en la masa.

El monolito en honor a los dos aventureros.
El monolito en honor a los dos aventureros.

El rey de Siam, un tal San Pet II, que era el equívoco nombre del malvado invasor, hizo migas con Blas de Ruiz y cayó rendido a sus encantos, de tal manera que le confió la dirección del barco –un junco chino incautado–, para hacer el trayecto por mar hasta la capital del reino. Otras versiones dicen que iba encadenado por si las moscas. Fuera cual fuera su situación, consiguió convencer a la tripulación china de que había que dar un golpe de autoridad y desde las bodegas del inmenso barco organizó un sarao importante sublevando a la marinería que acabaría pasando a cuchillo a los soldados siameses que custodiaban el tesoro incautado durante la invasión de la capital. No conforme con aquel golpe de mano, daría un segundo y acabaría con la tripulación china disparando desde el puente con los mosquetes y una culebrina que repartía metralla a discreción. Él, y otros cuatro hombres de absoluta confianza, se llevaron hacia Manila la nave secuestrada.

Como el rey de Siam tenía un mosqueo de buen calibre, envió a Veloso y a un intérprete con presentes para el gobernador español mientras sus hombres intentaban descifrar el galimatías de la desaparición de la nave. El embajador de Siam que a la sazón iba en la lujosa embarcación, quiso parar en Malaca para apreciar la reputación de las hermosas muchachas locales, cosa que así fue. Pero, en perjuicio de sus expectativas, se pasó de frenada. Tras una intensa orgia regada con orujos locales y alucinógenos vegetales, aderezados de una sobrecarga física extenuante pues había yacido durante toda una noche con tres criaturas celestes, le dio un infarto del copón como colofón a aquella bacanal. Veloso, que temía por su integridad física pues le preocupaba que los chinos le volvieran a echar el guante, se puso muy contento al escuchar que el enviado del rey de Siam la había palmado, de tal suerte que puso pies en polvorosa y huyó con la nave hacia Manila. Reunidos los dos colegas de correrías se dieron mutuamente un abrazo jubiloso e inmediatamente comenzaron a tramar el siguiente golpe.

Luis Desmariñas era a la sazón el gobernador de las islas y percibiendo el hambre de fama de los dos pillastres, les concedió tres naves de porte medio- una de ellas era una fragata de cierto fuste-, naves con las que emprendieron la conquista de Camboya así como quien no quiere la cosa. En la fragata iban cerca de 150 soldados y marinos, aunque el gobernador solo había autorizado el embarque de una treintena larga. Esto había ocurrido porque muy oportunamente este par de petimetres habían falsificado bastante documentación para facilitar la añagaza. El conjunto de aquella tropa que partía hacia un destino incierto no sumaba más de doscientos hombres. Tres meses más tarde, aquella expedición, algo mermada por los embates de los mares del Sur de la China embocaría la desembocadura del Mekong hacia la antigua capital de Camboya, Phnom Pehn.

En llegando, tuvieron que hacer frente al caos, pues un impostor –un tal Anacaparan–, que se hacía pasar por delegado del rey autentico, gobernaba de forma despótica los restos del reino. Por otra parte, los chinos, recelosos de la presencia española, pretendieron emboscar a la tropa peninsular para deshacerse de ellos; pero alertados por sus espías les causaron un montón de bajas y se apoderaron de la entera flota de sampanes y juncos. Tras saquear la ciudad y demostrar una pericia y organización militar propia de los tercios, junto con un valor rayano en la desesperación, cuando más agobiados estaban, apareció Gallinato, el jefe de la expedición que se había perdido durante la tormenta en el viaje de ida hacia Camboya y providencialmente se sumó con más de sesenta hombres al hostigado destacamento español.

Los malayos musulmanes conspiraban para deshacerse de los cristianos españoles tras haber invadido su territorio

Tras poner tierra de por medio, aterrizaron en Laos, lugar en el que se encontraban los restos de la dinastía camboyana y el que probablemente era el único superviviente regio de aquella saga. Las noticias que llegaban desde Camboya eran de caos y horror, de descontrol y saqueo, de desconcierto y decadencia. Los reyes de Laos, espoleados por una cohorte de mujeres, cortesanas de carácter y concubinas con mandato, le calentaron los cascos al monarca y quizás algunas zonas menos aéreas hasta que este sucumbió a las vehementes peticiones de aquellas alteradas féminas cuyas cantarinas voces parecían un vinilo puesto a tres mil revoluciones. Tras ser coronado Prauncar como rey, los españoles se recibieron como gobernadores de varias provincias a la par que entrenaban un ejército como Dios manda.

Y llegaron los problemas

Pero ocurría que el regio Prauncar, exultante en su nuevo puesto de mandatario y con la bisoñez de la juventud, se había entregado al alcohol, al opio y al desenfreno sexual, de tal manera que se ausentaba de las decisiones administrativas y políticas fundamentales en la buena gestión del reino. Por otro lado, los malayos de confesión musulmana conspiraban para deshacerse de los cristianos que incordiaban en aquellos lejanos predios que ellos entendían propiedad suya. Pero quiso la fortuna que los españoles siguieran recibiendo refuerzos, en este caso otros 150 hombres, casi todos arcabuceros.

Mientras el reino camboyano se ahogaba en sus estertores, los malayos atacaron el cuartel español, en el cual había una treintena de heridos y enfermos –y no el grueso de la tropa– a los cuales pasaron a cuchillo sin remilgos. Tras conocer Veloso, Ruiz y el ultimo añadido, Luis Ortiz, comandante de la tropa recientemente desembarcada y procedente de Filipinas aquella masacre; decidieron vengar la afrenta. Tras una matanza antológica en la que todas las cargas de los malayos fueron deshechas por los disparos de los arcabuceros no quedó ni el Tato para contarlo. Pero la cosa no terminó ahí.

Tras saquear los españoles liderados por el alférez Luis de Villafañe en su furia vengativa por los caidos en el hospital de campaña, un campamento musulmán sito en las inmediaciones de la renovada capital Phnom Pehn se desató la histeria colectiva y empezaron a salir malayos bajo las piedras. Acorralados los cerca de doscientos soldados de los tercios en un área muy reducida de la ciudad, pelearían con bravura contra una turbamulta de más de seis mil adversarios que por una ley de matemática parda, acabarían imponiéndose numéricamente. No consta que sobreviviera ninguno de ellos. La caída de Camboya la relegaría a una posición subordinada en sus relaciones con sus vecinos, desapareciendo su antaño demoledor prestigio basado en la guerrera cultura Khmer.

Lo que sí es cierto es que si el gobernador de Filipinas hubiera tenido una actitud determinante y comprometida en ayudar a aquellos exploradores y adelantados españoles en aquel lejano imperio, España se habría instalado en el sureste asiático muchísimos años antes que los franceses, holandeses y norteamericanos, abriendo un polo de desarrollo mercantil impresionante por la potencialidad de su pujanza y enorme proyección. Mas una conducta timorata o quizás demasiado prudente impidió socorrer a los sitiados y consolidar aquella pica en Asia. Hacia los años 40 del siglo pasado, cristianos camboyanos levantaron un monolito en memoria de Blas de Ruiz y Veloso en la carretera que une Vietnam con Camboya. Este par de elementos a pesar de ser unos picaros certificados, fueron dignas figuras de una hazaña épica a la par que olvidada en los polvorientos libros de historia.

Alma, Corazón, Vida

El redactor recomienda

Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
4 comentarios
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios