UNA GUERRA INACABABLE

1719: el año en que España quiso invadir de nuevo Inglaterra

Fue el punto de inflexión del poderío incontestable del imperio español. Inglaterra convirtió una vez más las aspiraciones españolas en un sueño quebrado por los elementos

Foto: 'La batalla de Glenshiel', por Peter Tillemans.
'La batalla de Glenshiel', por Peter Tillemans.

A veces uno sabe de qué lado estar simplemente viendo quiénes están del otro lado.

Leonard Cohen

Corría en la península el siglo XVIII, cuando los Borbones llegaban al poder tras la cruenta Guerra de Sucesión. Durante el siglo anterior, el rifirrafe entre ambos países había sido constante por la hegemonía del comercio mundial, sus fuentes y recursos. Los británicos habían opuesto una fuerte resistencia para evitar que las dos naciones continentales se hermanaran (el rey francés Luis XIV, el Rey Sol, era el abuelo de Felipe V, el primer Borbón español) porque obviamente sabían que la conjugación de los recursos combinados de ambas les sería desfavorable. Durante la fatídica firma del tratado de Utrecht en 1713, la recuperación del prestigio internacional perdido era el banderín de enganche de la política exterior española.

Hacia 1714 se llegaría a un acuerdo muy inestable, pero a la postre, a un acuerdo, que permitía vislumbrar una época de paz. Esta atmósfera de esperanza, como la evanescente energía térmica, tendería a diluirse en el éter en un plazo muy breve y las hostilidades se revelarían aun si cabe con más ferocidad que antaño.
La larga y agónica decadencia de los Austrias menores sería galvanizada por las expectativas que despertó la nueva dinastía con unos deseos de renovación y regeneración que alentaban las ilusiones de la nación.

En 1718 una potente flota británica atacaría sin previa declaración de guerra a la española en Cabo Passaro causándonos una derrota inapelable

Alberoni, un cardenal agudo y temperamental, valido de Felipe V, acometió junto a la esposa del rey, Isabel de Farnesio, políticas de afirmación de la identidad nacional, ya que el monarca, cada vez más disminuido por sus paranoias, líos de faldas y notable falta de higiene, era inhábil para la competencia en la gestión de los temas de estado, y por su patente deterioro mental, no daba pie con bola.

Con la espina clavada de la erosión de la pérdida de influencia en la hegemonía y el batallar constante contra Inglaterra, se ocuparía de Sicilia y Cerdeña. En 1718 una potente flota británica, bajo mando del almirante Byng, atacaría sin previa declaración de guerra a la española en Cabo Passaro causándonos una derrota inapelable. Alberoni, que no era de los que se dedicaba a la contemplación, planeó un contraataque a través del cual llevaría la guerra a la mismísima Gran Bretaña en apoyo de los Estuardo, partidarios de la independencia y con derechos al trono inglés.

La revancha

Aprovechando que la cuestión dinástica y la consiguiente guerra civil soterrada entre los jacobitas (partidarios de Jacobo Estuardo) con masa crítica en Escocia al norte y, los ingleses al sur, Jorge I de Hannover, en ese momento impopular rey de Inglaterra, de procedencia germana, depuso al último rey católico de Inglaterra.

Cuando el Tratado de Utrecht puso fin a la guerra de Sucesión española, la verdadera vencedora y beneficiaria sin duda alguna sería Inglaterra, y España, la más perjudicada. Aquello, sin duda, fue un desastre sin paliativos.

El chocolate del loro fue mantener a Cataluña dentro del marco administrativo y geográfico peninsular. A cambio, Gran Bretaña enajenó Gibraltar y Menorca y unas considerables ventajas comerciales en América. Casi 145.000 esclavos podían ser “exportados” durante los próximos treinta años y el derecho de asiento del navío de permiso anual que comerciaba en la feria de Portobello, quedaría libre de aranceles.

Detalle del retrato de Luis XIV de Hyacinthe Rigaud.
Detalle del retrato de Luis XIV de Hyacinthe Rigaud.

El mal sabor de boca que dejó el tratado, tras las paces negociadas por delegación y a espaldas de Felipe V de Borbón por su abuelo, el rey francés Luis XIV, no impediría al rey español olvidar tamaño agravio hasta conseguir la revancha.

El deterioro militar galopante de España y la consiguiente pérdida de imagen en beneficio de Inglaterra era más que evidente. En esos momentos, Gran Bretaña se desangraba en una cruenta guerra civil. A este conflicto había que sumarle las constantes revueltas nacionalistas en Escocia, el pan nuestro de cada día desde in illo tempore.

Alberoni, un cardenal con un par, asesor de Felipe V, decidiría pasar a la acción ante los titubeos del monarca y el flagrante deterioro del prestigio del coloso que éramos. Y Felipe cogió su fusil.

Lamentablemente, España no tenía apoyos externos, y su enfrentamiento con la Cuádruple Alianza (Gran Bretaña, Holanda, Francia y Austria), garantes del “statu quo” derivado de los acuerdos de Utrecht, pesaba como una losa de hormigón. Curiosamente, años más tarde, el rey francés se convertiría en el valedor de referencia de los jacobitas, aquellos a los que no quiso apoyar en su momento para no fortalecer más a España.

Se trataba en definitiva de que una pequeña fuerza de distracción española desembarcara al noroeste de Inglaterra para actuar como señuelo

Hacia 1715, Jacobo Estuardo fracasó ante una intentona de rebelión mal diseñada y peor ejecutada contra los ingleses, y allá, en el tiempo de 1719, el duque de Ormonde, James Butler, visitaría España al objeto de recabar apoyos para un nuevo reto. Este le pidió a Alberoni su cooperación para con los 'Highlanders' escoceses, de tal manera que finalmente se pudieron conseguir cerca de 15.000 mosquetes y alrededor de 5.000 soldados.

Se trataba en definitiva de que una pequeña fuerza de distracción española desembarcara al noroeste de Inglaterra para actuar como señuelo y atraer al ejército inglés para que estuviera ocupado con los rebeldes. Más abajo, en la zona de Cornualles o en Gales, otro desembarco español más consistente, daría un golpe de gracia yendo hacia Londres con 15.000 hombres. Era un marzo lluvioso cuando en 1719 partieron las flotas invasoras. Una, desde Cádiz mandada por Baltasar de Guevara; la otra, hacia Escocia, partiría desde Pasajes comandada por Pedro de Castro y el líder escocés Earl Mareschal para operar como segundo y dar las instrucciones precisas en tierra.

Una degollina memorable

El caso es que la flota principal jamás llegaría a su destino. Una potente tormenta desatada, probablemente de 10 puntos en la escala Beaufort, literalmente extrema (y el significado de esto solo lo saben los pescadores españoles del norte de la península), desbarataría la flota a la altura de Finisterre como en tantas otras ocasiones fallidas en anteriores apuestas de la armada española en sus intentos por acercarse a Inglaterra. Sin embargo, las dos fragatas con destino a Escocia desembarcarían a los infantes de marina españoles el día 13 de abril en las proximidades del espectacular castillo de Eilean Donan, aposento de las fuerzas del clan McKenzie. En el interior del mismo y en condiciones de apretura, se alojaron los soldados españoles junto con los escoceses esperando diseñar una estrategia común con los clanes jacobitas. Pero para entonces, se había perdido mucho tiempo en dilaciones y discusiones banales sobre la estrategia a seguir. Era obvio que el ángulo de optimismo se iba reduciendo por momentos y aunque la inexpugnable y bellísima fortaleza de Eilean Donan, emplazada en un lugar de ensueño que conectaba a tierra con un puente de piedra que penetraba profundamente en el gélido Lago Alsh, no daría juego más que a una defensa numantina; se optó por quedarse enrocados en aquel inhóspito lugar.

Parte de las Cinco Estrellas de Glen Shiel. (CC/Blisco)
Parte de las Cinco Estrellas de Glen Shiel. (CC/Blisco)

Gran Bretaña envió un importante destacamento naval que no fue recibido con cortesía. Tres embarcaciones de cuarenta cañones con pabellón de la Corona inglesa bombardearon sin compasión aquella perdida posición en medio de la nada. El cuerpo principal español, al recibir las noticias del fracaso de la gran flota de invasión, se había ido en dirección hacia Inverness en un intento de tomar la ciudad. En el castillo no quedaban más de un centenar de soldados de ambos bandos pero con esta perspectiva, en una relación de uno contra diez, pocas esperanzas había de resistir. Tras una semana de un bombardeo atroz día y noche, los tímpanos de los sitiados acabarían convirtiéndose en mantequilla. Tras la rendición, los partidarios del Estuardo serían, ejecutados sin más dilaciones y acusados de alta traición. La degollina fue memorable. El castillo sería volado hasta los cimientos y solo tres siglos después, reconstruido.

El resto de las fuerzas españolas y escocesas se resguardaron en un paraje llamado Glenshiel, enclavado en las montañas de Kintail. No más de quinientos hombres pudieron ser reunidos. Conocedor el general Wigthman de esta minúscula concentración, se dirigió allá con algo más de 1.300 soldados ingleses y una nutrida tropa de clanes escoceses enfrentados a los McKenzie.

Glenshiel fue una de las últimas escaramuzas de los escoceses en su búsqueda de la independencia

El 10 de junio de 1719, españoles y escoceses se atrincheraron en una parte no vadeable del río Shiel y en una colina o sobremonte en las faldas de un promontorio defendido por cerca de doscientos españoles y escoceses mandados por su jefe natural, Don Nicolás Bolaño, un coronel con oficio. Durante tres horas y un cuerpo a cuerpo desgarrador, resistieron con bravura aquellos condenados, encajonados en un lugar inaccesible sí, pero una ratonera también. La defección de varios clanes escoceses en el momento álgido de la batalla hicieron imposible una resistencia digna de tal nombre. Entonces, los españoles, ante aquel veredicto inexorable y en tierras extremadamente hostiles, no solamente por la jauría que les perseguía, sino por la crueldad de la naturaleza circundante, se retiraron hacia un paraje conocido aun hoy como "Belachna-na-Spainnteach" en gaélico, que traducido significa paso de los españoles. Cercados en un escarpado e inaccesible cañón, antes de caer la noche, decidieron rendirse.

Los españoles serían tratados con corrección según las leyes de la guerra al uso. Glenshiel fue el canto del cisne y una de las últimas escaramuzas escocesas en su búsqueda por la independencia, además de una de las postreras veces que un ejército extranjero peleó en territorio Inglés.

1719 es el punto de inflexión del poderío incontestable del imperio español. La vastedad de los frentes abiertos (aquí se podría buscar un paralelismo con otras guerras, las invasiones de Rusia en diferentes momentos históricos), los costes económicos y humanos de tanta guerra encadenada, sumado todo ello a la increíble insolvencia e incapacidad de los líderes del país, hicieron que se impusiera un nuevo orden estratégico en el escenario internacional, que de a poco sutilmente nos iría difuminando.

Aunque las acciones militares españolas no fueron las últimas en suelo inglés (otras tropas extranjeras en las islas británicas tuvieron actuaciones no decisivas, como por ejemplo la participación francesa en la Rebelión Jacobita de 1745 - Culloden 1746), probablemente la última batalla librada en suelo británico; hubo un desembarco de tropas francesas (general Roche en 1797); y la ocupación de las islas del canal en la II Guerra Mundial por los alemanes entre 1940 y 1945.

Queda para la memoria de la historia la gesta de aquellos 300 infantes de marina rodeados de caos y anarquía, el abandono y la soledad en las alturas gélidas de Escocia, la esperanza de la ayuda que nunca llegó, y a título de recuerdo, un acento olvidado en la nada de aquel norte desolado.

Inglaterra, protegida por el océano cual líquida muralla impenetrable, convirtió una vez más las aspiraciones españolas en un sueño quebrado por los elementos. ¿Mala planificación, circunstancias adversas, mala suerte o todo a la vez?

P.D. Los historiadores Geoffrey Parker y JH Elliott han sido algunas de las fuentes para la elaboración de este artículo.

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