UNA SITUACIÓN DESESPERADA

"Lo hacía 5 veces al día, pero no bastaba": una adicta al sexo se confiesa

Rebecca Parker no podía dejar de pensar en hacerlo. Durante años, salió con muchos hombres y estuvo en tratamiento. Ahora, afronta su nueva vida alejada de la enfermedad

Foto: Foto: iStock.
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Las relaciones sexuales están contempladas en la sociedad como algo placentero y exigente. A muchas personas les encantaría estar practicándolo todo el tiempo. Sin embargo, para muchas otras este anhelo termina por desembocar en una necesidad que nunca se satisface. Hablamos pues de adicción al sexo, uno de los mayores problemas psiquiátricos en nuestra sociedad. Se calcula que el 8% de la población española sufre algún tipo de trastorno relacionado con él, según 'Efe'.

Una de las particularidades de este problema de salud es que no se ve como un foco potencial de adicción, como sí pasa con otras drogas, ya que no es una sustancia ni algo tangible. Además, el fenómeno, conocido como hipersexualidad, se ve fomentado por el rápido y fácil acceso a contenidos pornográficos a través de internet, lo que multiplica los casos y hace que sea muy difícil salir de esa espiral destructiva de deseo carnal. En julio, la Organización Mundial de la Salud (OMS) reconoció formalmente la adicción al sexo como una condición de salud mental, definiendo el trastorno como una incapacidad para controlar los impulsos sexuales intensos.

Mi impulso sexual se convirtió en adicción. Cada minuto que pasaba tenía pensamientos obsesivos con el sexo

'The New York Post' recoge la historia de Rebecca Parker, una mujer de 37 años y madre de tres niños cuya adicción la llevó por la senda de la perdición. Según confiesa, llegaba a mantener relaciones durante más de siete horas. "Siempre he tenido el deseo sexual disparado", reconoce. "Perdí la virginidad a los 15 años y conocí al padre de mis dos primeros hijos a los 16. Ahí comenzó todo. Hacíamos el amor todos los días, pero con el paso de los años y después de dar a luz, todo se precipitó".

Parker se vio atrapada en su vida conyugal, y fue a los 24 años cuando decidió cortar con el que había sido hasta entonces su marido. Entonces, se marchó a vivir con su madre en una granja de la localidad francesa de Vienne. Alejada del mundanal ruido, sus imperiosos deseos regresaron cuando conoció a un chico en una barbacoa. "Fue amor a primera vista", explica. "Los dos estábamos perdidamente enamorados el uno del otro y no podíamos dejar de hacerlo a todas horas, casi todos los días. En 2010, tuvimos una hija. Me mudé con él, nos comprometimos el uno con el otro, pero nada más empezar a vivir juntos, empecé a sentirme inquieta e insegura".

La falta de comunicación con sus seres queridos agravó el trastorno de Parker. "Fui al médico y me recetó medicamentos contra la ansiedad. Fue en ese momento, en 2014, cuando mi impulso sexual se convirtió completamente en una adicción. Cada minuto que pasaba despierta, tenía pensamientos obsesivos con el sexo. Al ceder a la tentación me sentía mejor conmigo misma, menos estresada, pero la satisfacción no existía a largo plazo. Tan pronto como acababa, solo esperaba hacerlo de nuevo, una y otra vez. Mi marido no podía quedarse todo el día conmigo en la cama; cuando salía a trabajar, lloraba y le suplicaba que se quedara conmigo".

La espiral de pensamientos obsesivos hizo aflorar en Parker un sentimiento de fracaso que le llevó a padecer depresión. El sexo era lo único que le hacía sentirse bien, pero desgraciadamente, era una sensación momentánea. "Trabajábamos desde casa dirigiendo una granja juntos. Le volvía loco. Nos acostábamos cinco veces al día, pero no era suficiente. Me sentía como una drogadicta que necesitaba un colocón instantáneo. Tan pronto como lo tuviera, necesitaba otro y otro. Se convirtió en un medio para aliviar los pensamientos de mi cabeza".

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Al cabo del tiempo, acudió un nuevo psiquiatra que le recetó una nueva medicación. Pero no surtió efecto, ya que estos fármacos le dejaban relajada, pero no le quitaban las irrefrenables ganas de darse un revolcón. "Simplemente atenuaron las sensaciones que sentía". Así es como finalmente se dio por vencida, reconoció su enfermedad y habló con su madre. "Llevé a los niños para que se quedaran con ella. Necesitaba escapar de mi adicción y estar concentrada en sentirme mejor conmigo misma. Investigué sobre el tema y descubrí que era ninfómana: una mujer con un deseo sexual incontrolable".

Me di cuenta de que no necesitaba el sexo para validarme como persona. Podía ser amada sin esa necesidad constante

Rebecca Parker conoció a otros hombres. A algunos de ellos no les preocupaba el hecho de que siempre estuviera buscando el sexo, pero terminó en una serie de relaciones esporádicas insatisfechas de períodos muy cortos de tiempo. Pero pronto, las aguas volverían a su cauce. "En verano de 2015, algo hizo clic en mí y dejé los antidepresivos. Al mismo tiempo, mi deseo sexual disminuyó". Varios psicoterapeutas con los que se entrevistó la diagnosticaron un tipo de trastorno obsesivo compulsivo. Para solucionar un problema, es de principal importancia saber a qué te enfrentas, y Parker ya pudo delimitar mejor y conocer su enfermedad. "Me di cuenta de que no necesitaba el sexo para validarme como persona. Podía ser amada y deseada sin esa necesidad constante".

De este modo, volvió al pueblo de su madre y alquiló una casa cercana a la suya. Conoció a un nuevo chico, esta vez su casero y pronto comenzaron a salir. "Durante los primeros seis meses, teníamos tres relaciones al día. Ahora, ha bajado a solamente una. Por fin estoy en una relación estable, mis estados de ánimo son moderados y no anhelo el sexo de forma constante. Si alguna vez tengo problemas de ansiedad, hablo con Jean-Marc. Cuando miro hacia atrás, comprendo que estaba muy perdida", concluye.

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