OBRA Y MILAGROS DE JEROME JACOBSON

Durante 12 años, solo hubo un ganador en esta lotería: cómo un hombre timó a millones

Quienes participaban ilusionados en el juego inspirado en el Monopoly que la cadena de comida rápida McDonald's utilizaba como promoción no podían ganar. Estaba amañado

Foto: Ronald McDonald, el payaso encargado de felicitar a los premiados. (Reuters)
Ronald McDonald, el payaso encargado de felicitar a los premiados. (Reuters)

Es noviembre de 1995, y Ronald McDonald, con sus labios rojos, guantes amarillos y rostro pálido, convoca una rueda de prensa. El motivo de la misma es anunciar que el hospital para niños St. Jude acaba de ganar el máximo premio del sorteo de McDonald's, agraciado con un millón de dólares. No es que Tammie Murphy, una de las trabajadoras del hospital, hubiese hallado el boleto pegado a un Happy Meal. No, alguien había obrado un milagro prenavideño y en el buzón de la clínica había aparecido un sobre blanco sin remitente que contenía el enjundioso billete ganador. 'The New York Times' concluyó, razonablemente, que había sido obra de un dadivoso donante anónimo.

'Flash-forward' al 10 de septiembre de 2001, corte de Jacksonville (Florida). El día en el que debería haber comenzado uno de los juicios del entonces incipiente siglo, si no fuese porque apenas un día después, las Torres Gemelas serían derribadas y la atención americana se centraría en otros asuntos mayores. El principal acusado en dicho juicio era Jerome Jacobson, junto a su cohorte de cuatro superreclutas. Al otro lado del banquillo, el FBI, que había pormenorizado un macrotimo de más de una década de duración a través de los premios del concurso que McDonald's había montado en los años 80 como estrategia promocional, y que se basaba en el popular juego Monopoly.

Durante todo ese tiempo, Jacobson había sido virtualmente el único ganador, ya que los boletos premiados pasaban siempre por sus manos

“El FBI ha destapado una trama criminal que ha saboteado dos concursos de McDonald's, consiguiendo premios de más de 13 millones de dólares durante los últimos seis años”, señalaba en la época un artículo de 'The Guardian', cuando aún no se había descubierto que el montante y la duración eran casi el doble. “El FBI arrestó a ocho personas ayer, incluyendo al hombre que creen que era el centro de la conspiración”. Se trataba de Jacobson, un empleado de seguridad de 58 años de Simon Marketing, Inc, la empresa que había sido contratada por el gigante del 'fast food' para supervisar el juego. En concreto, la impresión y distribución de los boletos que posteriormente se repartían a los franquiciados de la compañía por todo Estados Unidos, pegadas a los vasos o a los recipientes de hamburguesas y patatas, o junto a revistas como 'People'.

Lo sorprendente del caso no era que un trabajador hubiese traicionado a sus superiores llevándose casualmente un único boleto, sino que lo había hecho durante años, de forma sistemática y bien organizada, hasta el punto de que se podía afirmar que durante todo ese tiempo, Jacobson había sido virtualmente el único ganador. Que no beneficiario, ya que el expolicía había repartido los tickets ganadores entre decenas de personas, creando una macro red cuyo centro era este Robin Hood de la comida basura, conocido entre sus colegas como el “tío Jerry”, aunque bien podrían haberle llamado McChorizo. Un entramado tan complejo que no ha terminado de quedar claro hasta que Jeff Maysh se ha sumergido en los archivos judiciales y ha escrito su historia definitiva para 'The Daily Beast'.

El que roba a un ladrón…

A nadie se le ocurre estafar millones de dólares de la noche a la mañana sin una buena justificación moral. En el caso de Jacobson, esta apareció ante sus ojos como una epifanía en 1995, cuando sus superiores le ordenaron que ninguno de los premios se repartiera en Canadá. Como el juego estaba amañado, pensó, tenía barra libre para volver a amañarlo a su manera. Un razonamiento más o menos razonable, si no fuese porque en 1989 ya le había pasado a su hermanastro un boleto por valor de 25.000 dólares y al charcutero de su barrio de Atlanta otro de 10.000, del que se quedó un 20%. No estaba mal para complementar un sueldo de 70.000 dólares al año.

El lugar del crimen. (iStock)
El lugar del crimen. (iStock)

El truco era sencillo una vez consiguió, por accidente, uno de los sellos antifalsificación utilizados como sistema de seguridad. Como él era el encargado de transportar los boletos a cada una de las fábricas de empaquetado de McDonald's, bastaba con llegar al aeropuerto, excusarse ante la auditora independiente que le acompañaba en cada uno de los viajes y dar el cambiazo. Cuando volvía a salir del retrete, había ganado potencialmente millones de dólares, que comenzó a repartir a su manera. Es decir, entre aquellas personas que le caían bien, empezando por el charcutero. Eso sí, con una pequeña compensación de alrededor una cuarta parte del premio, 45.000 dólares de los 200.000 ganados. No contaba con la traición del charcutero: con 4.000 dólares, pensó, Jacobson iba que chutaba. ¿Qué iba a hacer? ¿Denunciarle?

Detrás de la conspiración de Jacobson había un peculiar ánimo arribista que quizá explique por qué decidió confiar en Gennaro Colombo para que extendiese su sistema. Era un mafioso de medio pelo, de origen siciliano pero nacido en Brooklyn, obsesionado con 'El padrino' y que de la noche a la mañana comenzó a conducir cochazos y a alternar con el tío Jerry. Nadie hacía muchas preguntas, porque todos recibían su boleto con seis ceros en el momento apropiado. Fue entonces cuando el sistema de Jacobson se profesionalizó. Como dicen ahora los emprendedores, Colombo aplicó el 'know how' del crimen organizado al programa Jacobson.

La clave del éxito de Jacobson era la absoluta arbitrariedad de sus elecciones, quizá escarmentado después de la traición del charcutero

Al expolicía le debía de hacer gracia el rollo italomafia, ya que comenzó a hacerse utilizar el seudónimo de Geraldo Constantino, y a llevar elegantes trajes caros. Desconocemos si comenzó a mover las manos frenéticamente con las yemas de los dedos pegadas. Su mujer, Linda, tampoco sabía qué estaba pasando exactamente, pero el vecino de Jacobson/Constantino en su flamante hogar de Lawrenceville (Georgia) no iban tan desencaminado cuando le vacilaba preguntándole dónde guardaba los boletos. Mientras tanto, el estafador tenía tiempo para tontear con la mujer de su amigo Colombo, a la que le propuso medio en serio, ¿medio en broma? casarse con él, según ella misma ha explicado. Eso sí, nunca renunció a su lado más Robin Hood, y de vez en cuando, uno de los boletos perdidos emergía en el buzón de una organización benéfica.

Un hombre, un sueño

Como recuerda Maysh en el reportaje, la clave del éxito de Jacobson era la absoluta arbitrariedad de sus elecciones, quizá escarmentado después de la traición del charcutero. Después de que Colombo muriese en un accidente de tráfico en 1998, por ejemplo, decidió cambiar de rumbo y ofrecerle un trato a Richard Couturier, dueño de una cadena de restaurantes. Como todos necesitan una justificación, la que el Rey del Pollo Frito recibió de Jacobson era que la mayoría de boletos terminaban en la basura, por lo que el premio quedaba desierto, y cada vez que alguien ganaba, las ventas de hamburguesas se disparaban. Así que en realidad estaba beneficiando a la propia McDonald's y a los clientes: todo bien.

Uno de los anuncios del Monopoly de la cadena de hamburgueserías. (Mike Mozart/Flickr)
Uno de los anuncios del Monopoly de la cadena de hamburgueserías. (Mike Mozart/Flickr)

No se puede negar que el policía frustrado no tenía un sexto sentido para rodearse de personajes de moralidad discutible. El último de ellos fue Andrew Glomb, un 'playboy' que había traficado con cocaína en Pittsburgh y que pasaba sus días de fiesta en fiesta, puliéndose el dinero que sacaba en el juego. Es decir, la clase de persona a la que un millón de dólares caídos de la nada le vienen que ni pintados. A Jacobson, por su parte, el tamaño que había adquirido la estafa comenzaba a pasarle factura psicológica, y comenzó a visitar a videntes para que le leyesen el futuro. Por supuesto, su pago llegaba en forma de boleto ganador (pero no el de un millón, sino el de 50.000).

La suerte estaba echada, y ni el mejor de los gurús podía cambiar los designios de Jacobson. Quien con mafiosos se acuesta, lleno de sangre se levanta, y probablemente fue la familia de Colombo, enfadada con la viuda, quienes hicieron saltar la liebre al chivarse al FBI. El encargado de liderar el caso fue el agente especial Richard Dent, de la oficina de Jacksonville, que le dio el sonoro nombre de “Respuesta final”. Desde luego, no escatimaron en gastos, y como un 'The Wire' mezclado con 'Los bingueros', contaron con 25 agentes por todo el país y cientos de horas en grabaciones de pinchazos telefónicos. Tras meses de tira y afloja, vigilancia y toneladas de pistas, descartaron el surrealista plan de reunir a todos los ganadores falsos en una fiesta en Las Vegas para arrestarlos al mismo tiempo y optaron por otra pintoresca alternativa.

Jacobson admitió haber robado 24 millones, aceptó pagar 12,5 y fue enviado a prisión por 37 meses

Se trataba de pillar en las manos en la masa a uno de los últimos ganadores, Michael Hoover. El 3 de agosto de 2001, un grupo de reporteros se presentó en casa del hombre que acababa de reclamar un millón de dólares por un boleto de “Instant Win”. La historia que contó ante las cámaras no tenía ni pies ni cabeza: había comprado un ejemplar de la revista 'People', pero lo había perdido tras quedarse dormido en la playa, arrastrado por la marea, así que decidió adquirir otro donde se encontraba el ticket ganador. En realidad, al otro lado de la cámara había otra gran mentira, ya que no se trataba de periodistas, sino de agentes del FBI que añadieron la cinta a toda la evidencia de la que disponían. Apenas unos días, después procedieron a detener a ocho personas, entre las que se encontraba Jacobson.

El sueño de una década había tocado a su fin, pero este aún tenía su as en la manga, algo que se había reservado desde mucho antes: el juego estaba amañado, pero no por él, sino por la hamburguesería que había impedido que los canadienses ganasen el juego. Nadie le hizo ni caso, y sobre su cabeza pendía la amenaza de pasar 104 años en la cárcel. El caso causó tanta sensación como rápidamente cayó en el olvido, bajo la nube de polvo del World Trade Center. Finalmente, Jacobson admitió haber robado 24 millones, aceptó pagar 12,5 y fue enviado a prisión durante 37 meses. Ahora tiene 76 años, una mala salud y un nombre asociado a uno de los grandes timos de la historia de EEUU. A nosotros nos queda una gran frase, cortesía del fiscal general Jeffrey Harris: “La gente que compraba esas hamburguesas no obtenía más que colesterol”.

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