PECULIARIDADES DE LA GASTRONOMÍA LOCAL

Los patagones: el peor trago por el que tuvo que pasar Magallanes

Los huesos humanos que encontró la patrulla dirigida por Elcano en búsqueda de una respuesta a la desaparición de sus compañeros mostraron la cruda verdad

Foto: Fernando de Magallanes.
Fernando de Magallanes.

"La ciencia es una puta cruel con tacones de diez centímetros."

Anónimo

Cuenta el genial novelista y ensayista Stefan Zweig, una gloria de la literatura en una Europa tocada de muerte por los vientos del averno, el nazismo y fascismos varios que proliferaron como setas apoderándose del entero continente a la par que asolándolo sin reparar en su catálogo de exterminio con formas de bestialidad desconocidas sin que les temblara el pulso a sus mentores ideológicos a la hora de volatilizar millones de seres humanos en aras de formas de dominio inhumanas, que un tal Magallanes, visionario, piloto y cartógrafo portugués al servicio de la Corona de Castilla, en su viaje de circunnavegación en torno al globo, al pasar por el sur del continente americano, avistó a unos gigantescos hombres de apariencia sobrenatural que se devoraron a una buena parte de la tripulación así como quien no quiere la cosa y en plan parrillada.

No quiere decir esto que la natural afición nacional argentina por la proteína vacuna e ingestas de otras variedades de incautos cuadrúpedos tenga que ver o arranque antropológicamente con aquel trágico episodio en el que la expedición que rodeó la tierra por primera vez en la historia conocida dejara como herencia en el paladar de aquellos gigantes de la Patagonia un peculiar regusto. En aquel entonces, un europeo latino no daba como media y más que justito, los 160 cm. Vamos, que la cosa era para considerarla si se te ocurría bajar de la nave para buscar condumio o fruta fresca. Podía resultar más que caro, letal.

La regla de Bergmann

Hay también una regla descrita por la antropología clásica que quizás pueda corroborar la biología actual, por la que, los animales, seres humanos incluidos, tienen la tendencia a crecer más acusadamente en climas fríos que en los cálidos. Esta regla llamada de Bergmann dice que un gran cuerpo pierde menos calor y en consecuencia se adapta mejor a la supervivencia en temperaturas extremas bajo cero, por lo que no es casual que los depredadores terrestres de grandes proporciones como los osos blancos y los Grizzlies habiten en latitudes donde el frío en términos de termoestadísticas anuales está situado en una media de -15º.

Sin embargo y en oposición a esta ley, las criaturas tropicales pierden calor más rápido y por ende, se adaptan mejor a las selvas, junglas y manglares. El tiempo evolutivo, el de la cronología de los grandes números, el de las eras y eones, da una perspectiva que nos lleva a la conclusión de que determinados entornos por una mera cuestión adaptativa, pueden ejercer presión similar sobre humanos. Ejemplo patente es la media de altura de un escandinavo o un latino tipo. De esta manera, es muy probable que sin arraigarse en lo inapelable, los nativos de la durísima Patagonia habrían crecido por lógica más que los europeos que allá se acercaron a echar un vistazo.

El famoso cronista Antonio Pigafetta relataba que los patagones de la zona del Pacifico podían medir perfectamente 250 centímetros

Ahora bien, haciendo salvedad de sus descomunales estaturas, habría que considerar factores sobre supuestos rituales en el acto de la antropofagia, muy diferenciados de otros, sujetos a la pura y dura cuestión de la supervivencia o, incluso, de aquellos derivados específicamente de un acto de clara voluntad criminal. Es más que probable que se superpusiera a alguna forma de culto ritual la posibilidad de hacer algún asadillo extra para sorprender gratamente a la parienta o montarse una fiestecilla bien regada y mejor animada.

El caso es que aquellos que desembarcaron para ver qué pasaba en aquellos desolados territorios australes pasaron a mejor vida por osados, certificando el adjetivo y de paso y como es lógico, en los huesos se quedaron. Obviamente, el resto de la expedición, tras una búsqueda un tanto azarosa, decidió levar anclas y poner rumbo a otras expectativas, por si las moscas. El famoso cronista Antonio Pigafetta relataba que los patagones de la zona del Pacifico podían medir perfectamente 250 cm, que se dice pronto.

Dos tipos de antropofagia

Tampoco es que en occidente fuéramos mancos. Los Kemitas adoradores de Osiris, dios de la agricultura en el enorme panteón de las divinidades egipcias, creían que su Dios los proveía a través los cultivos para evitar el canibalismo, razón por la que dejaron el asunto de la antropofagia aparcado. Tanto griegos como romanos tenían mucho que contar en sus respectivos panteones sobre lo de comerse al colega de al lado. Un ejemplo claro es el de Cronos, en la mitología griega, o el propio y malvado Saturno en la romana, representado por Goya en su pintura espectacular a la par que espeluznante, 'Saturno devorando a un hijo', pintura al óleo sobre revoco, que formó parte de los muros de la casa que Francisco de Goya adquirió en 1819, en la llamada Quinta del Sordo, hoy en El Prado con su carga de sobrecogedora expresión artística, probablemente influida por un hombre que quizás por la depresión que padeció o el efecto de la decepción de su país en proceso de demolición, podría haber afectado el alma del genial aragonés.

En el caso de los patagones cabe la posibilidad de que hubiera solapados dos tipos de antropofagia; uno de carácter endocanibalista y otro exocanibalista. Por ejemplo, en el primero de los casos, hay tribus en Papúa Nueva Guinea (cuidado que todavía siguen muy activos con estas manías) que se suelen comer a algún familiar fallecido para "integrar" sus conocimientos y habilidades. En el segundo de los casos, el fundamento es más talibán y menos místico, y el justificante está basado en sentimientos de odio, y se da en circunstancias en las que un grupo de comensales come la carne de sus adversarios -caso ampliamente documentado como el de los aztecas-, que sacrificaban a los prisioneros capturados para zampárselos en un proceso de comunión espiritual con sus dioses.

Lo que el hombre hace con sus semejantes no lo hacen las bestias más acreditadas del mundo animal con sus pares

Hay que entender que el canibalismo es el acto por el que un ser devora a un semejante. En el caso de los vertebrados superiores puede decirse que la antropofagia es de marchamo específicamente humano. Es la especie humana la que en su progreso lento hacia la pretendida y redentora palabra salvífica llamada civilización llega en ocasiones a extravíos tan espantosos como aberrantes. “Homo homini lupus” -patentada por el comediógrafo Plauto en el periodo ante Cristo y popularizada por el filósofo ingles Thomas Hobbes en su obra 'De Cives'- puede convertir la realidad común en el séptimo infierno de Dante de la 'Divina Comedia'. Lo que el hombre hace con sus semejantes no lo hacen las bestias más acreditadas del mundo animal con sus pares.

Cuando Colón tocó tierra en Guanahani en el norte del Caribe actual próximo a Cuba vio como los pacíficos tainos le contaban unas historias sobre los Caribes, unos colegas que vivían en las islas de al lado, y se quedó de una pieza al oír como los locales le hablaban de unas festicholas en las que los aludidos se pegaban unos banquetes de aquí te espero con bípedos despistados.

Más malos que el demonio

Más allá del canibalismo ritual con su teórica justificación cultural, y su actuación en el límite de las fronteras de la natural aceptación contextual, la enajenación humana fertilizada en las profundidades de un mundo de perversiones ocultas, solo despunta cuando estalla la educada cordura. La antropofagia tuvo en aquellos pagos de Suramérica, Mesoamérica y Caribe –como en otras lejanas latitudes–, un buen número de seguidores que en ocasiones se pegaban pantagruélicos festines mezclados con extraños cócteles de hongos de nombres impronunciables y alcoholes de destilación rudimentaria con agua de coco y añadidos de hierbas fermentadas.

Con esta amalgama de andar por casa, y muy en particular, los indios llamados Caribes, cuando eran pillados in fraganti o tras un colocón gastronómico, eran pasto de las iras de los españoles, que se vengaban tras la abducción de algún despistado compañerete que se perdía en una corta excursión en las lindes del bosque para hacer aguas menores o fertilizar la zona “de aquella manera”. Los Caribes tenían fama de ser más malos que el demonio hasta que los peninsulares los exterminaron sin contemplaciones y todo volvió a la normalidad.

Los patagones eran buenas gentes, algo hoscas y con voz cavernosa, a las que se les iba la olla

En el caso de los patagones míticos, su declinar en el tiempo vino dado por el acoso de los buscadores de oro y piedras preciosas y por la ocupación de sus tierras por los caciques, que los fueron domesticando paulatinamente, cuando no ventilándoselos expeditivamente.

Pigafetta en sus crónicas dejó claro que eran buenas gentes, algo hoscas y con voz cavernosa, a las que ocasionalmente se les iba “la olla”. De eso dan fe los huesos humanos que encontró la patrulla dirigida por Elcano en búsqueda de una respuesta a la desaparición de sus compañeros. Se encontraron con la cruda verdad, por supuesto.

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