una civilización misteriosa

La derrota de los mayas y un gran enigma aún por resolver

Cuando los conquistadores llegaron a los lugares donde había cristalizado esta cultura extraordinaria, ya casi había desaparecido, aunque algunos pueblos dieron una dura batalla

Foto: Vista de la zona arqueológica de Chicen Itza.  (Efe/Francisco Martin)
Vista de la zona arqueológica de Chicen Itza. (Efe/Francisco Martin)

El primer contacto entre la ya decadente civilización Maya, otrora esplendorosa y gigantesca territorialmente (muy probablemente en su punto álgido tan extensa como la península ibérica) fue producida por la yuxtaposición de dos situaciones antagónicamente complementarias en lo militar, así como en su asimetría histórica. Por un lado una tecnología bélica de vanguardia, por el otro, una resistencia rocosa y testimonial con armas de las de “toda la vida“ que se venían usando en todas las latitudes del globo desde milenios sin sufrir transformaciones destacables. A todo esto, un imperio emergente venía desde el Este navegando con las bodegas de sus naos, carabelas y pinazas; pletóricas de armas impelidas por la pólvora, armas de todos los calibres, perros de presa alanos, una caballería desconocida en aquellas latitudes y con un potencial de destrucción en conjunto, devastador.

Por la otra parte, la civilización opuesta, antaño dominadora de la lectura de las estrellas, con una astronomía y matemática muy avanzada, se estaba fragmentando a marchas forzadas por las presiones sobrevenidas, ya no solo por las luchas fratricidas; sino por la superioridad táctica y tecnológica de unos invasores que accidentalmente iban en pos de latitudes más lejanas y exóticas. Aunque esa accidentalidad haya generado unos argumentos ciertamente cuestionables sobre el tratamiento dado a los aborígenes y las lacras de la guerra (Leyenda Negra, Fray Bartolomé de las casas, Cartas de los Tlascaltecas al rey español, etc.) discutibles a la luz de la posteridad, sus detractores históricos –los creadores de dicha Leyenda Negra pasaron por “buenos” cargándose de razones para crear malos donde no los hubo-, ¿Qué hubiera pasado si ellos hubieran llegado antes?¿Cómo habrían juzgado la moralidad o amoralidad de la Conquista?

Eran observados por unos aborígenes con muy malas intenciones y la tranquila espesura estaba plagada de cientos de ojos

El caso es que los recién llegados se hicieron muy ricos en muy poco tiempo, despertando la envidia de otros pueblos europeos que no aceptaban el Tratado de Tordesillas; que como decía el rey francés Francisco I, no estaban contemplados en los designios del Altísimo. O dicho de otra manera más ajustada a lo textual; la bula papal Inter Caetera de 1493 muy favorable a nosotros los españoles y bastante perjudicial para nuestros hermanos portugueses, se vuelve más flexible tras las reivindicaciones del rey galo (que podrían haber comportado fuertes pérdidas recaudatorias a la iglesia en Francia). El panegírico que le suelta Francisco I al purpurado de Roma, le recuerda que pueden llegar a sucederle “cosas extrañas”. Aquello de que el “El sol brilla para mí como para los otros. Quisiera ver la cláusula del testamento de Adán que me excluye del reparto del mundo", es más que una admonición lapidaria, una advertencia severa de quien detenta el poder y hasta donde pueden llegar los acontecimientos más oscuros.

Muy temprano, en los albores del siglo XVI, una nave solitaria, una carabela de no más de 300 toneladas con una cincuentena de bregados soldados de los tercios provenientes de Panamá, arribó tras una dura tormenta hacia las costas del noroeste del Yucatán, actual México, con el casco muy tocado tras superar una dura tormenta tropical casi con categoría de huracán, probablemente con viento 8 en la escala Beaufort. Exhausta la tripulación vio una límpida playa de una extensión enorme llena de extrañas figuras vegetales que junto a la brisa y a clarísimas aguas de un verde diluido más parecido a un espíritu liquido les dieron la apariencia de estar viviendo en un mágico milagro. Y allá se instalaron pensando que eran los únicos habitantes de un mundo de silencio y estrellas donde la identidad humana quedaba desvanecida por la inmensidad de lo manifestado. Pero estaban equivocados; eran observados escrupulosamente en su día a día por unos aborígenes con muy malas intenciones, y en la apariencia tranquila espesura, estaba plagada de cientos de ojos camuflados sigilosamente entre la materia verde.

Carnicería monumental

Una mañana temprana, tras un copiosa cena la noche anterior de crustáceos locales y un vino castellano bien estibado en las bodegas de la embarcación española, un tremendo alarido al unísono, salió de la foresta próxima instalado en miles de gargantas que afirmaban que aquel suelo era suyo y de nadie más. Años después se supo que todos los marinos y soldados de la tripulación de aquella carabela pasaron a mejor vida con todos los honores, pues la carnicería fue monumental a pesar de la sorpresa. Murieron todos en un cuerpo a cuerpo brutal pero los indígenas cayeron a centenares.

Díaz de Bernal habla de este episodio en sus crónicas reverenciando la gesta en su auténtica dimensión. Es difícil imaginar el estruendo del apocalipsis en medio de un lugar de luz y silencio, de sol y paz, de lejanía de los propios, de la locura de unos bípedos que a sí mismos se llamaban civilización. Más de doscientos años duraría la guerra sostenida contra aquella turba de guerrilleros fragmentados que conocían los recursos de su naturaleza al dedillo y aparecían y se escabullían como fantasmas hasta que finalmente, una horda de un centenar de mastines alanos y más de doscientos jinetes hacia finales de 1.690 acabaron con aquella pesadilla en los reductos de las montañas de Peten y la actual Sierra Madre, los llamados Cocomes y los Itzaes junto a los Tutules; guerreros de una ferocidad legendaria, a pesar de su manifiesta inferioridad ante los españoles, supieron dar la talla coaligándose en la llamada liga de Mayapán.

Los españoles supieron explotar la enorme fragmentación, radicada en las rivalidades preexistentes entre los mayas

Aquellas gentes que acabaron combatiendo con petos de algodón y calzones de fibra vegetal, gentes que se habían dedicado durante siglos a estudiar el fondo cósmico al detalle, que habían creado vastos cultivos con fructíferas cosechas similares a las actuales hidropónicas, en terrazas de montaña y en pequeños recipientes similares a balsas semicerradas donde los esquejes bebían lo justo para crecer hasta alcanzar su talla; habían perecido ante la inmensa superioridad de unas gentes con las que la historia no había contado; iban a Catay y Cipango, no a Mesoamérica . El último reducto maya independiente caería cuando el siglo XVIII amanecía y Urzúa de Arizmendi decidió poner las cosas en su sitio.

El resultado de estas victorias no vino tanto del ejercicio de las armas, sino de que los españoles supieron explotar la enorme fragmentación, radicada en las rivalidades preexistentes entre los mayas en su periodo decadente. Por otro lado, y este es un dato que no hay que perder de vista, los mayas en su conjunto como más tarde los Aztecas, hacían de la captura de prisioneros su táctica de combate primordial, lo cual les obligaba a invertir un numero ingente de combatientes para capturar un solo soldado adversario; en tanto que para los españoles, tomar prisioneros era algo inaceptable. Eran siempre minoría y solo la tecnología y la disciplina de combate los salvaban de situaciones inverosímiles.

Emboscadas

El manejo de la espada corta –a una mano- y el de la larga – a dos manos-, junto con una excelente logística y la ventaja de la caballería que arrasaba a los indígenas con sus cargas indiscriminadas, sumado a la precisión de las ballestas, se impusieron por encima de las armas de fuego, que solían ser poco fiables en ambientes húmedos.

Por el contrario, los nativos, funcionaban con emboscadas e incursiones sorpresa en las que usaban arcos y flechas con punta de obsidiana. Para conjurar el temor que les producían los caballos, o los envenenaban en incursiones nocturnas, o los empalaban en caminos y veredas donde disimulaban estacas quemadas para endurecer la madera y hacerla más lesiva.

Se acumulaban muchos indicios de que había oro hacia el oeste y aquello causaba una honda perturbación en los bolsillos de los descubridores

Pero tras el hermano de Colón, Bartolomé, que tocó tierra Maya accidentalmente por el sur de la actual Honduras, de Francisco Hernández de Córdoba -expedición maldita por las inmensas perdidas que les supuso la búsqueda de agua potable entre Campeche y Champotón-, tras la expedición de Juan de Grijalva, sobrino del gobernador de Cuba Diego de Velázquez, se acumulaban mucho elementos indiciarios de que había oro hacia el oeste y aquello causaba una honda perturbación en los inquietos bolsillos de los descubridores.

Más tarde, Pedro de Alvarado descubrió algo quizás mucho más trascendente que el oro. Era este el cacao de la zona de Soconusco en la actual Chiapas, hoy un estado sureño de la República Mejicana. Entonces, en vez de enviar a los indígenas a las reducciones –algo parecido a unos campos de concentración en régimen de semiesclavitud donde se producía en función de las demandas de los encomenderos (capataces propietarios de las tierras adjudicadas por servicios prestados a la Corona)- entendieron que como para producir un cacao de calidad de necesitaban cerca de cinco años, era más apropiado dejar a los aborígenes tranquilos y a lo suyo. También el café se introdujo en el circuito comercial europeo creando un vital marco mercantil.

Enigma sin resolver

Aquel pueblo de pueblos que tenía una administración común y costumbres compartidas a pesar de manejar más de un centenar de dialectos, hacia el periodo preclásico – el llamado agrícola por su intensidad y afán en esta actividad -, el pueblo de las famosas mascaras de estuco de Tikal, Palenque, Copán y Chichén Itzá; hacia el siglo IX de nuestra era, sufrió un inexplicable colapso que aún hoy día no ha tenido respuestas más allá de centenares de conjeturas sin cerrar y especulaciones variopintas. La selva se cebó con sus habitantes como si hubiera cobrado vida y acelerado su proceso fagocitador. Un enorme misterio aún hoy, sin resolver.

Cuando llegaron los españoles, quedaron estupefactos ante aquellas monumentales construcciones amparadas por la enormidad estelar; pero no se hicieron demasiadas preguntas, otras alternativas más inmediatas y rentables les esperaban y no requerían preguntas tan complejas. Los Mayas, uno de los grandes enigmas de la historia aún pendiente de resolver. ¿Que acabó con una civilización trimilenaria?.Un reto para una investigación a la espera de preguntas adecuadas.

Alma, Corazón, Vida

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