reivindicaciones de los funcionarios

Así es la violencia en las cárceles españolas: "Me intentó matar con un boli"

Los funcionarios denuncian las graves agresiones casi cotidianas que sufren y los pocos medios de los que disponen para evitarlas

Foto: Un furgón de la Guardia Civil llegando a la cárcel de Soto del Real. (Efe/Víctor Lerena)
Un furgón de la Guardia Civil llegando a la cárcel de Soto del Real. (Efe/Víctor Lerena)

Había que intervenir. Las internas se estaban enzarzando en una pelea. La funcionaria se interpuso entre las dos y de repente se dio cuenta de que un objeto puntiagudo se dirigía hacia su yugular. Consiguió esquivarlo. Se trataba de un bolígrafo convertido en un punzón. Fue este pasado fin de semana en la prisión para mujeres de Campo del Río, en Murcia. “No es para nada un hecho aislado”, explica Fran Mauri, coordinador del sindicato Acaip en esta región. “En las últimas tres semanas ha habido varios incidentes importantes. Por supuesto, ya ni contamos los empujones y los insultos, eso es cotidiano”, explica el veterano funcionario.

Aunque la cifra permanece estable, o quizá un poco a la baja, los incidentes violentos son muy frecuentes. Entre 2011 y 2017 se han producido algo más de 2.600. Y eso que la población reclusa va descendiendo año a año. Ahora son cerca de 50.000. En 2009 eran más de 65.000. “El problema es que somos muy pocos, unos dos funcionarios por cada 140 internos”, se lamentan desde los sindicatos. Una visión que Interior no comparte, asegurando que la ratio es de las más elevadas de Europa y afirmando que cubren todas las bajas.

Un interno se ofuscó porque le iban a quitar la televisión y atacó al funcionario con la tapa de una lata de atún para cortarle el cuello

“Llevamos unos guantes de jardinero que se pueden comprar en el Carrefour y un boli, ese es todo nuestro material de defensa”, se lamentan desde Acaip. Además, precisan, “el boli nos lo tenemos que comprar nosotros, ni siquiera nos lo dan”. También se quejan de que no reciben ningún tipo de aleccionamiento en defensa personal. “Nos dan 8 horas al principio y luego nada. Creemos que un buen programa de formación en ese sentido sería importante”, aclaran. Tampoco en la extinción de incendios, algo mucho más frecuente en las prisiones de lo que la gente piensa. “Al final somos un poco de todo y un mucho de nada”, resume Mauri.

Hace algunos meses, otro funcionario salvó la vida de milagro. El hecho ocurrió en el módulo 5 de la cárcel salmantina de Topas. Un interno se ofuscó porque le iban a quitar la televisión. Atacó al trabajador con la tapa de una lata de atún con la intención de rebanarle el cuello. Otros presos lo impidieron. “Es muy normal que sean otros internos los que eviten que la sangre llegue al río”, aseguran. Aunque no es extraño que la sangre sí llegue al río y hay una buena cantidad de funcionarios de baja por estos motivos.

Daño psicológico

Curiosamente, la cárcel que acumula un mayor número de incidentes es la de Estremera. También la de Soto del Real. En ambas han “residido” algunos de los presos más célebres del país. “En muchas hay un nivel importante de conflictividad”, resume Nacho González, portavoz de Acaip. Dentro de cada prisión, además, hay módulos más tranquilos y otros "más movidos".

El pasado mes de junio a otra funcionaria le destrozaron un brazo mientras le intentaban dar una paliza. Está de baja. Y con problemas que van más allá de lo físico. Fue un interno a quien trasladaban a un módulo de aislamiento. No se lo tomó con deportividad y se revolvió. La vertiente psicológica de estas agresiones es muy relevante, puesto que les crea un miedo a su entorno de trabajo que hace muy difícil que luego puedan desarrollar su labor.

Nos dan miedo las represalias. No es gente con la que uno quiera tener problemas y muchos tenemos hijos


Además del aumento en el número de funcionarios, una de las más insistentes peticiones de los sindicatos, desde Acaip claman por que no se los considere una autoridad. “Se da la paradoja de que los médicos y los profesores sí tienen esa consideración y los funcionarios no”, se lamentan. Un hecho que se traduce en que cuando las cosas llegan a una instancia judicial ellos deben decir sus nombres y apellidos. “Eso no es ninguna broma cuando uno trabaja en una cárcel. Nos dan miedo las represalias. No es precisamente gente con la que uno quiera tener problemas y muchos tenemos hijos”, comentan.

Las consecuencias de estas agresiones para los presos tampoco son especialmente graves. “Se les traslada a régimen cerrado y con suerte se les aplica el primer grado”, explican desde el sindicato. En ocasiones, si la pelea es muy grave, se los llevan a otras prisiones con módulos específicos para presos especialmente conflictivos. También a ese respecto el convertirse en figuras de autoridad modificaría la consideración de las agresiones que sufren.

Peleas entre presos

Los internos también tienen frecuentes peleas entre ellos. “El trapicheo es lo que tiene...”, bromea un funcionario. Muchas de esas reyertas son ajustes de cuentas por deudas impagadas. En ocasiones, estas riñas han llegado a dejar en estado vegetal al agredido, como fue el caso de la paliza que dio Óscar del Pino a otro recluso aprovechando una zona de escaleras en las que las cámaras dejaban un ángulo muerto. El agredido nunca volvió a caminar ni a hablar. Falleció pocos años después en una silla de ruedas. “Hay gente muy peligrosa ahí dentro...”, resumen los funcionarios.

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