Así es la silenciosa persecución a los últimos nazis: una guerra contra el tiempo
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Así es la silenciosa persecución a los últimos nazis: una guerra contra el tiempo

Cada vez quedan menos, de ahí que los cazadores de los últimos criminales del Tercer Reich estén intentando que los países dediquen un mayor esfuerzo a colaborar judicialmente

Foto: Siert Bruins, antigo miembro de las SS, fue llevado a juicio antes de su muerte en 2013. (Reuters/Wolfgang Rattay)
Siert Bruins, antigo miembro de las SS, fue llevado a juicio antes de su muerte en 2013. (Reuters/Wolfgang Rattay)

Es pura cuestión matemática. El Tercer Reich cayó en 1945, lo cual quiere decir que alguien que acabase de alcanzar la mayoría de edad (18 años) en el momento en el que Adolf Hitler se quitaba la vida en su búnker ahora tendría 91. En otras palabras, es cuestión de muy poco tiempo que el último nazi desaparezca, y es muy probable que lo pueda hacer sin haber sido juzgado por sus crímenes. Aún son muchos los que pusieron en marcha la Solución Final y cuyo paradero ha sido desconocido. En otros casos, aunque se conoce su identidad y lugar de residencia, las particularidades jurídicas de cada país impiden que sean acusados.

El último caso es el de un alemán de 95 años llamado Wilhelm Karl Friedrich Hoffmeister, que, como ocurre con muchos casos recientes, no se puede demostrar que fuese responsable directo de ningún asesinato, pero se le ha acusado de haber participado de forma indirecta en las masacres cometidas durante la Segunda Guerra Mundial. Según informan los medios alemanes, Hoffmeister fue un cabo de la SS que se sospecha pudo formar parte de los escuadrones de la muerte de la Einsatzgruppen (“equipos móviles de matanza”) en Ucrania, una especie de avanzadilla de las SS antes del establecimiento de los campos de concentración.

Un nuevo argumento legal permite encarcelar a los colaboradores del Holocausto aunque no se les pueda atribuir directamente ninguna muerte

Según la acusación, Hoffmeister, que vive actualmente en una residencia de ancianos, estuvo implicado en la masacre del barranco de Babi Yar (a las afueras de Kiev) en septiembre de 1941, considerado como uno de los episodios más sangrientos del frente soviético. Se calcula que 33.771 judíos fueron eliminados en una única operación por los soldados del Sonderkommando, las SS y la SD (la inteligencia de las SS). A lo largo de los años de ocupación nazi, se terminarían depositando entre 100.000 y 150.000 cadáveres en las cunetas de Babi Yar. No solo de judíos, sino también prisioneros soviéticos, gitanos o simpatizantes comunistas.

Al parecer, el alemán estuvo en Ucrania en 1941, cuando acababa de cumplir 18 años, pero al no ser responsable directo de ninguna muerte las autoridades federales no pueden acusarlo directamente. Sin embargo, cabe una alternativa que ha sido explorada en el caso de otros dos exsoldados en una situación similar: que las autoridades locales hagan lo propio amparándose en un nuevo argumento legal por el cual alguien puede ser encarcelado por crímenes en masa incluso en el caso de que su nombre no pueda ser relacionado con muertes en concreto, siempre y cuando se demuestre que ayudó al ejército nazi a llevar a cabo sus crímenes. Es lo que ocurrió en el caso de Ivan Demjanjunk, guarda en el campo de Sobibor, y Oskar Groening, que hizo lo propio en Auschwitz.

Una batalla contra el reloj

El mayor enemigo para los cazadores de nazis del Centro Simon Wisenthal, que tiene su base en Los Ángeles y cuenta con 400.000 socios, es el tiempo. Como ha declarado a los medios su principal responsable, el célebre doctor Efraim Zuroff, “ha sido una decisión significativa, pero que solo ha fructificado en los últimos meses después de que les ayudásemos a encontrar tres personas que encajasen en dicha categoría”. El conocido como “el último cazador de nazis” lamentaba que les hubiese llevado tanto tiempo ampliar el foco de los nazis que participaron activamente a sus colaboradores. Algo que puede marcar la diferencia en el caso de los Einsatzgruppen.

placeholder Judíos ucranianos cavando sus propias tumbas en Storow, Ucrania. 4 de julio de 1941. (Bundesarchiv)
Judíos ucranianos cavando sus propias tumbas en Storow, Ucrania. 4 de julio de 1941. (Bundesarchiv)

“Los campos de exterminio y concentración se han convertido en las imágenes icónicas del Holocausto, pero eran los Einsatzgruppen los que se convirtieron en la que quizá sea la manifestación más cruel de la ideología nazi y la Solución final”, ha asegurado Zuroff, responsable de coordinar la persecución a los criminales de guerra en todo el mundo y autor de libros como 'Operation Last Chance: One Man's Quest to Bring Nazi Criminals to Justice'. Es también el autor del informe anual sobre Investigación y Persecución de Criminales Nazis, que en su última edición celebraba los nuevos esfuerzos llevados a cabo por las autoridades alemanas a la hora de encarcelar a los cómplices del Holocausto. No obstante, el informe lamentaba la poca disposición política global a la hora de perseguir a los últimos nazis, especialmente en los países postcomunistas del este.

En los últimos 15 años, recordaba el informe, se ha encarcelado a 103 criminales de guerra nazis, se ha acusado a otros 102 y se han iniciado 3.600 nuevas investigaciones. Zuroff responde, ante el argumento de que es demasiado tarde para hacer justicia, que “los datos demuestran lo contrario, y estamos intentando asegurarnos de que unos cuantos de estos criminales sean llevados a juicio en los próximos años”. Es ahora o nunca, sugiere la organización, que anima a las autoridades políticas de todo el mundo –más allá de EEUU e Italia, países prestos a la colaboración– a ayudar a aplicar una justicia tardía a los últimos nazis.

Son solo “la punta del iceberg” de una estructura de apoyo a la máquina de destrucción del Holocausto de gigantescas dimensiones

El informe presenta los nombres de 10 criminales que circularían ante los tribunales en el año 2016, como el de Helma Kissner, operadora de radio en Auschwitz, Hubert Zafke, médico en dicho campo o el lituano Algimantas Dailide, que como miembro de las fuerzas de seguridad de su país en Vilna arrestó a judíos y polacos que fueron más tarde ejecutados por los nazis. La organización considera que estas figuras son “la punta del iceberg” de una estructura de apoyo a la máquina de destrucción del Holocausto de gigantescas dimensiones y cuyos miembros aún no han pagado por su indirecta colaboración en el asesinato de millones de personas.

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