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El Puente del Pasatiempo: una de las historias más terribles del siglo XIV español
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El Puente del Pasatiempo: una de las historias más terribles del siglo XIV español

Fernando el Católico, un brillante estratega político y militar, urdió una política digna de una mente brillante para una época de batallas y luchas constantes

Foto: El Puente del Pasatiempo, en la localidad gallega de Mondoñedo. (Turismo Galicia)
El Puente del Pasatiempo, en la localidad gallega de Mondoñedo. (Turismo Galicia)

Las batallas hay que darlas independientemente de su resultado.

–José Luis Sampedro

Al final, la historia lo humaniza todo. por muy descarnada y cruel que sea. Los muertos van cerrando los ojos en pos de la paz en una salida de escena trágica y serena a la par. y poco a poco, nos dejan, hartos de batallar entre este trasiego incomprensible, y probablemente carente de un sentido superior más allá de la realidad común y comprensible. Los vivos, entonces, se quedan abarcados y desconcertados en la niebla del duelo e instalados en una atmosfera extraña; casi, con la misma falta de identidad de los que se van, vacíos, desgarrados, sumergidos en el dolor e incomprensión, la impotencia y la resignación. Y así, por un tiempo, hasta que el dolor cicatriza o se convierte en una llaga devoradora de vida, porque a veces, la vida no muere nunca.

Este instante que somos, esta fugacidad, este estar provisional, este ser y no ser impregnado de asombro, rodeados de la espléndida belleza de la creación y del horror inimaginable que somos capaces de crear desde la anulación de lo que somos, ya sea por la posesión del miedo animal e instintivo, por el mero hecho de sobrevivir, por la rendición ante el pánico o el terror –sea este objetivo o difuso–, es lo que hace que nuestra humanidad se vea zarandeada por el azar, y el destino pueda jugarnos extraños episodios más propios de un mundo onírico que de esta realidad aparente.

La terrible ignorancia de la época azuzaba el miedo a vivir en el infierno como inquilino permanente

Este desgarro presidido por una gran incertidumbre y materializado cruelmente por arteras manipulaciones dejó hace unos seis siglos a una mujer enterrada en vida. Una mujer, Isabel de Castro, que luchó inasequible al desaliento por salvar a su marido de las garras de un inhumano y poco espiritual sujeto, una especie de satanás vestido de sotana, en una de las anécdotas más terribles ocurridas a mediados de aquel siglo XIV.

El sujeto en cuestión, el arzobispo de Mondoñedo, enemigo declarado del mariscal Pardo de Cela, era una encarnación del mal maquillada con la cobertura del omnímodo poder de la excomunión y repartidor de prebendas a los afines de su ambiciosa e insaciable voluntad de poder. La terrible ignorancia de la época atizaba el miedo a vivir en el infierno como inquilino permanente y el temor a la institución eclesial era pavoroso.

placeholder Un grabado de Enrique IV de Castilla. (Wikipedia)
Un grabado de Enrique IV de Castilla. (Wikipedia)

Tras una ardua lucha con un trasfondo claro de guerra civil, los castellanos consiguieron imponerse en Galicia, zona rebelde que se había alzado para defender los derechos de Juana, la hija del fenecido rey Enrique IV, hombre, según indican las crónicas, estéril al no tener pasajeros de calidad para crear una sucesión digna de tal nombre, pero que por lo demás, cumplía como otro cualquiera.

Los ardides de Maquiavelo tan aparentemente entrelazados con el también español italianizado, César Borgia, hijo de un Papa (Alejandro VI) que tuvo 103 hijos y solo reconoció a tres de ellos –los que tuvo con Vannozza Cattanei–, convierten en un renacuajo de poca monta al vástago del prolífico jefe de la Iglesia, que no era la que –desde mi particular punto de vista, claro–, el gran profeta Cristo habría deseado según su incuestionable y elevado ideario. Su inspiración estaba basada en su obra magna 'El Príncipe', en otro líder natural.

Estamos hablando ni más ni menos que del gran rey y brillante estratega político y militar Fernando el Católico. Este elemento de la naturaleza urdió una política digna de una mente brillante cual si de un Fouché se tratara. Comprando las voluntades de los clérigos, pagando a traidores y con maniobras políticas dignas de un funambulista hilando fino acabaría con aquella disidencia en las latitudes donde las brumas son casi permanentes. Pero este gran rey de la primera España protoimperial, a veces era humano.

Foto: Isabel I de Inglaterra. (iStock)

Mientras que el mariscal Pedro Pardo de Cela escuchaba en el cadalso su sentencia a muerte por alta traición en una atmosfera de tragedia irreversible, musitaba un mantra de acusación al clero, incluso cuando su digna cabeza ya rodaba por las escaleras de madera del improvisado cadalso. Ocurría que entretanto algunos soldados y curas al servicio del obispo de Mondoñedo, su íntimo enemigo por unas cuestiones financieras y atrasos de pagaduría (el clérigo era más terrenal que las raíces de un pino), mareaban la perdiz cuando su esposa Isabel de Castro –que venía con el indulto a uña de caballo, cortesía de los Reyes Católicos– tratando de evitar la muerte de su esposo intentaba pasar el puente en cuestión, hoy llamado el Puente del Pasatiempo.

El obispo, que había negociado la dote allá por el año 1441, era un hombre de Dios coherente, alejado del lujo, comprometido con los pobres de la localidad, recto y ecuánime. Su nombre era Pedro Enríquez de Castro. Lo acordado con el ya caballero Pedro Pardo de Cela, por aquel entonces, juez y administrador del Rey en aquellos territorios del noroeste con generosas condiciones económicas, territoriales y fiscales, fue un acto entre dos personas de altura y en términos de estricta caballerosidad. Uno de los puntos de la dote era el hermoso e inexpugnable castillo de Frouxeira.

La revolución Irmandiña casi arrasa la entera región tras quemar más de un centenar de castillos, poniendo a la nobleza contra las cuerdas

Pero el tiempo fue discurriendo y Pedro Enríquez de Castro, el arzobispo bueno, moriría rodeado del reconocimiento de su feligresía. Un nuevo arzobispo llegaría entonces a ocupar el sillón eclesial y en desacuerdo con lo pactado por su predecesor y poseído de una ambición desmedida, se ocuparía de crear una guerra sorda contra el más tarde mariscal de las tropas gallegas en la Guerra Civil castellana.

Se hace necesario recordar que por aquel entonces (1467-1469) la revolución Irmandiña, una revolución popular donde los cabreados gallegos se alzarían contra sus dominadores feudales, casi arrasa la entera región tras quemar más de un centenar de castillos y torreones y poniendo a la nobleza contra las cuerdas. También hay que poner en contexto que en diciembre de 1474 muere el rey Enrique IV de Castilla, y la paternidad de su hija, que entonces solo tenía trece años, era discutida por una gran parte de la nobleza, que se mofaba de la criatura llamándola Juana “la Beltraneja” al atribuirle la transferencia de fluidos seminales a Beltrán de la Cueva, a la sazón ministro de confianza del rey.

Por pactos previos, los portugueses tenían sus derechos en el congelador y la armaron. Los castellanos obviamente no se quedaron atrás. Al fin y a la postre de aquel rifi rafe, la paz llegaría, sí (Tratado de Alcáçovas) pero Pedro Pardo de Cela abandonaría un buen día subrepticiamente la fortaleza inexpugnable de Frouxeira para visitar a su primo y aliado, Pedro de Cela. Ahí comenzó el principio del fin. Mudarra, un enviado de los Reyes Católicos con una cohorte de más de 300 jinetes, comenzó la caza.

Enterado de que el mariscal se encontraba en Castrodouro, el oficial del rey se dirigió a Frouxeira y acabó sobornando al jefe de la guarnición, Roi Cofano do Valadouro. Tras deambular sin cobertura y señalado como traidor a la naciente monarquía central, el 23 de septiembre de 1483 Pardo de Cela sería capturado en Castrodouro. Poco después y sin tratamiento especial, en aquel confuso ambiente político de aliados y oportunistas, la cabeza del probablemente primer nacionalista gallego rodaría en el cadalso con la ayuda de “Dios” y un indulto que nunca llegó a tiempo. Al otro lado del puente, una mujer desgarrada por el dolor intuía el momento exacto de la muerte de su marido y maldecía al clero sin escatimar improperios.

Las batallas hay que darlas independientemente de su resultado.

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