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Aprobó una carrera y fue profesor durante 17 años en EEUU. No sabía leer
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Aprobó una carrera y fue profesor durante 17 años en EEUU. No sabía leer

John Corcoran se graduó en la universidad y trabajó enseñando durante una década y media, pero escondía un secreto

Foto: John Corcoran. (Facebook)
John Corcoran. (Facebook)

John Corcoran creció en EEUU entre la década de los cuarenta y los cincuenta. Tenía cinco hermanos, terminó la secundaria, asistió a la universidad y se convirtió en profesor a finales de los sesenta. Lo fue durante 17 años. Sin embargo, todo ese tiempo escondió un secreto que nadie puede creer: no sabía leer ni escribir.

Pasaron décadas antes de que se sintiera capaz de revelarlo todo, pero cuando lo hizo se sintió liberado. Cuando era pequeño sus padres le dijeron que sería un ganador, y durante los primeros seis años de su vida, creyó lo que le habían dicho. Le costó un poco empezar a hablar, aunque acudió al colegio con muchas esperanzas de aprender a leer como sus hermanas.

Foto: Alex Voloza. (Facebook)

Al principio, las cosas fueron bien porque no les exigían más que ser educados, comportarse bien, hacer la fila correctamente, estar en silencio o ir al baño solo cuando fuera necesario. Cuando llegó el segundo grado, curso donde se suponía que empezarían a leer, es cuando comenzó el problema real. "Para mi era como abrir un periódico en chino que, al mirarlo, no sabía descifrar ni entender. A los siete u ocho años no tenía ni idea de cómo articular el problema", explica a 'BBC'.

"La fila de los tontos"

"Recuerdo que me pasaba la noche rezando: 'Por favor, Señor, déjame aprender a leer mañana cuando despierte'. Algunas veces encendía la luz, cogía un libro y lo miraba para ver si el milagro había sucedido. Pero nunca ocurrió", asegura.

Lo acabaron sentando en "la fila de los tontos", los peores alumnos, un grupo que tenía problemas con la comprensión lectora. El pequeño no entendía cómo había ido a parar allí ni cómo salir de eso. No tenía ni dea de qué hacer. "No era una cuestión de crueldad ni nada por el estilo, pero cuando estás allí, te acabas sintiendo como ellos", comenta Corcoran.

Nadie es tonto. Nunca es tarde para aprender cualquier cosa

En las reuniones con la familia, los profesores comentaban a sus padres que era un niño muy inteligente y que ya aprendería, así que le pasaron a tercero, cuarto y quinto: "Cuando comencé quinto ya me había dado por vencido en cuanto a la lectura. Me despertaba cada mañana, me vestía e iba a la escuela como si fuese a la guerra. Detestaba el aula. Era un ambiente hostil y me único afán era encontrar la manera de sobrevivir".

Adolescencia en problemas

Cuando estaba en séptimo se pasaba el día en el despacho del director porque estaba siempre metido en peleas. Era un chico rebelde, se comportaba mal y alborotaba a todo el que le rodeaba, así que lo expulsaron de la escuela. Ese comportamiento no era lo que reflejaba en su interior, no era lo que él sentía en realidad. "Quería ser otra persona, sentía deseos de tener éxito. Deseaba ser un buen estudiante, pero simplemente no lo podía hacer", explica.

Se cansó de ser una vergüenza para su familia y para él mismo. Decidió que se iba a comportar bien: "Si sabes cómo portarte bien en el colegio, acabas pudiendo manejar el sistema, así que sería el consentido de los profesores y haría lo que fuese necesario para navegar por donde hiciera falta. Quería ser atleta y tenía habilidades para ello. Además era bueno en matemáticas; era capaz de contar el dinero ágilmente y aprendí las tablas rápidamente".

placeholder Beca de atletismo.
Beca de atletismo.

No solo eso. John tenía mucha facilidad para las relaciones sociales. Pasaba mucho tiempo con los jóvenes de la universidad y salió con una de las chicas más populares, que tuvo el honor de dar el discurso en la ceremonia de graduación. Le eligieron rey de aquel año e inauguró la temporada anual del colegio. "Gracias a eso puse a mucha gente, en su mayoría niñas, a que me hicieran los deberes. Podía escribir mi nombre y algunas palabras que recordaba, pero no sabía componer una oración", confiesa.

'Mas cara que espalda'

Al entrar en la secundaria su lectura era como la de un niño de primaria. No le había dicho a nadie que no sabía leer. Cuando tenían examen copiaba de otro compañero o pasaba la hoja para que alguien contestara por él. Asegura que "era bastante fácil hacer ese tipo de trampas". Al llegar a la universidad, con una beca completa de atletismo, la historia fue diferente.

"¿Cómo voy a sobrevivir a esto? ¡Va más allá de mis capacidades!', pensé cuando llegué allí. Pero pertenecía a un grupo social universitario que tenía las copias de antiguos exámenes y eso fue lo que me salvó. Intenté tomar clases con un compañero que me pudiera ayudar. Había profesores que ponían el mismo control cada año, aunque tuve que apelar a formas más creativas y desesperadas para aprobar", sigue confesando.

Su beca estaba en juego. Debía aprobar. Tras muchas trampas, ayudas de sus amigos, triquiñuelas (algunas fuera de la ley, como ir a media noche a robar al despacho de uno de los profesores), lo estaba consiguiendo. Pero no se sentía bien. Lloraba muchas noches por no hacer las cosas bien. Aun así, lo logró: se graduó y consiguió un trabajo como profesor.

La suerte estaba de su lado

"¿Por qué entré al profesorado? Fue una locura. Pero había pasado por la secundaria y la universidad sin que me descubrieran. Ser profesor era una buena manera de esconderme. Nadie sospecharía que un docente no sabe leer", asegura. Enseñó diferentes cursos, mecanografía y fue entrenador. Nunca escribió nada en la pizarra, pero vieron muchas películas y discutieron sobre muchos temas.

No podía ni pasar lista. Los mejores alumnos de la clase solían ayudarlo y se acaban convirtiendo en sus asistentes académicos. John temía las reuniones con otros profesores donde ponían ideas en común que se escribían en la pizarra, pero la suerte hizo que jamás tuviera que hacerlo. A veces se sentía buen profesor porque trabajaba duro por que sus alumnos aprendieran, pero otras se sentía atrapado.

Sobrevivió a la secundaria y se graduó en la universidad haciendo trampas

Tras darle muchas vueltas, se lo contó a su mujer, que no entendió muy bien a qué se refería. Tuvieron una hija a la que no le leía cuentos, solo se los contaba de lo que recordaba hasta que le tocó uno nuevo. "No lo lees como mamá", dijo ella. "Mi esposa me escuchó tratando de leer el libro infantil y fue la primera vez que se dio cuenta de lo que pasaba. Le había estado pidiendo que escribiera una cantidad de cosas por mí, que me ayudara con la universidad y, de pronto, se percató de lo profundo y severo que era el problema. Pero no me dijo nada, no hubo un enfrentamiento, simplemente continuó ayudándome para seguir adelante".

Alfabetización para adultos

"Enseñé secundaria desde 1961 hasta 1978. Ocho años después de renunciar a mi trabajo, finalmente algo ocurrió. Estaba a punto de cumplir 48 años, cuando vi a Barbara Bush, la esposa del entonces vicepresidente de Estados Unidos, hablar en televisión sobre la alfabetización para adultos. Nunca había escuchado eso antes. Pensaba que era la única persona en el mundo en esta situación.

placeholder Con Bárbara Bush. (BBC)
Con Bárbara Bush. (BBC)

Me encontraba en un momento desesperado de mi vida. Quería contárselo a alguien, que me ayudaran y, un día, en el supermercado, estaba en la fila cuando escuché a dos mujeres hablar de su hermano mayor. Estaba aprendiendo a leer y ellas estaban muy contentas y no lo podían creer. Así que, un viernes en la tarde, me fui de traje a la biblioteca y pedí hablar con la directora del programa de alfabetización y le dije que no sabía leer".

Ella fue la segunda persona a la que le confesó su secreto. No era profesora, solo amaba la lectura y no quería permitir que nadie pasara por la vida sin saber hacerlo. Consiguió tener un nivel de sexto curso, pero le llevó siete años sentirse como una persona letrada. "Me costó mucho contar mi historia. Fue un secreto incómodo y vergonzoso, pero la decisión fue emocional. Algunos pensaron que me lo había inventado, pero solo quería que supieran que nadie es tonto y que todo el mundo puede aprender, que nunca es tarde".

John Corcoran creció en EEUU entre la década de los cuarenta y los cincuenta. Tenía cinco hermanos, terminó la secundaria, asistió a la universidad y se convirtió en profesor a finales de los sesenta. Lo fue durante 17 años. Sin embargo, todo ese tiempo escondió un secreto que nadie puede creer: no sabía leer ni escribir.

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