Historia: Los 20 años que Venezuela perteneció a los bancos y cómo volvió a manos españolas
GUERRA SUCIA EN EL BOSQUE

Los 20 años que Venezuela perteneció a los bancos y cómo volvió a manos españolas

Suele pasar desapercibido que lo que hoy es el país americano formó parte de los activos de uno de los bancos más solventes de Europa durante un largo período de tiempo

Foto: Primer gobernador llegando a la provincia de Venezuela.
Primer gobernador llegando a la provincia de Venezuela.

"Cuando no funciona la sedación interviene la represión".

Anónimo

Los estaban esperando emboscados entre la floresta. Un destacamento español muy nutrido, probablemente una cincuentena de hombres de armas, soldados viejos de los tercios (los mejores) se habían camuflado de tal manera que eran literalmente indetectables. Era una mañana tropical esplendorosa, llena de aromas y de una luz rotunda y los mastines que acompañaban a la tropa estaban muy nerviosos: intuían la “merienda”.

En territorio bajo jurisdicción compartida en base a un tratado firmado a regañadientes por el emperador Carlos I de España y como producto de una deuda no saldada con los banqueros alemanes Welser, esta banca de comercio, especializada en la explotación de minas y otros recursos naturales, había llegado muy lejos. El contrato especificaba unas limitaciones y unos derechos. Los teutones, en una extraña finta amnésica, se habían olvidado de las primeras.

Santa Trinidad.
Santa Trinidad.

Su alma, vendida al diablo

El hecho histórico de que lo que hoy es Venezuela fuera o formara parte de los activos de uno de los bancos más solventes de Europa durante casi dos décadas (la competencia eran los Fugger y los genoveses), ha quedado en anécdota y ha pasado desapercibido. Carlos V, Emperador del Sacro Imperio Germánico, había cedido para su entera explotación como pago de su monumental deuda con estos artistas de la mangancia el territorio comprendido entre la actual Colombia y las Guayanas del este. Como en el 'Fausto' de Goethe, el rey emperador había vendido su alma al diablo y como compensación había obtenido el poder omnímodo.

Cantando por el sendero una balada popular de los valles zuavos, unos cuarenta mercenarios alemanes y unas acémilas de mulas cargadas de piedras preciosas y perlas marchaban bajo el cielo tropical con la indolencia de los que van confiados y con la inocente ignorancia de los que no saben que van a morir. Abriéndose paso a machete, llegaron a un claro donde el esplendor de la naturaleza los rodeaba en un abrazo intenso.

Quien lo tuvo todo lo perdió por su desmedida ambición. Es el problema del poder, que no conoce sus delgadas líneas rojas

Iban en fila india y eran blancos limpios: fue fácil. Cuatro descargas cerradas de arcabucería atravesaron la luz y el silencio pasando página de forma inapelable a aquel trámite, y a mejor vida, a aquella desprevenida tropilla de incautos. Un botín descomunal hizo olvidar a la tropa española la dilatada espera en las lindes de aquella exasperante jungla y la alegría subió enteros cuando se hicieron con un tonel de un potente orujo de procedencia bávara. Un negocio redondo.

Ahora quedaba por solucionar el tema de los prisioneros: una docena se habían rendido sin más dilación y sus vidas serían respetadas. Un idioma como el alemán, muy empedrado, metálico, cavernoso e imperativo se había vuelto por arte de magia en discurso tembloroso y sumiso. No había ninguna posibilidad de supervivencia en aquel claro: estaban a días de cualquier atisbo de civilización y los indios más próximos eran caníbales de pro con certificado de calidad, denominación de origen y unas ganas de "pillar" tremebundas.

Detalles de floristería

El último gobernador de la colonia, muy subido con su cargo, atildado con una gola que más que ornamental parecía un salvavidas de fortuna, había caído en la trampa del avezado capitán español Juan de Carvajal. Este oficial no tenía medias tintas. Agarró del pescuezo al miembro de la saga Welser, Bartolomé, y al gobernador provisional -en esta vida todo lo es-, y les rebanó el gaznate en una ejecución sumaria.

La pena es que en vez de hacerlo a espada y con tajo limpio se hizo al modo matanza con un mellado machete dedicado a otros menesteres mas mundanos. Aquello fue una galería de horrores. El instrumento que usaron era más propio de casquería que de un uso tan humano como darle el finiquito a un interfecto. En vano imploraban piedad los candidatos a ser desalmados. Una vez solventada la escabechina, se les dio tierra, eso sí, con una sentida oración.

Una primavera de mayo del año 1546, el espíritu de los finados se elevaría por encima de la materia grosera a velocidad sostenida, huyendo del infierno terrícola para ir no se sabe dónde.

El espionaje español había advertido al rey de que podrían estar financiando al movimiento luterano

Y toda esta movida de la deuda de nuestro bien amado rey emperador, Carlos I, venia de que su abuelo, un personaje huero y pelín vago, con poco fundamento (como diría Arguiñano), no había hecho bien los deberes ni en el terreno económico ni en el administrativo. Al no haberle hecho la pelota convenientemente a los Papas de Roma, su nieto Carlos de Gante se enfrentaría a algunos problemillas burocráticos desagradables que con un poco de mano izquierda bien podían haber resuelto las necesidades –casi siempre de estética egipcia por lo de la mano petitoria– de los ávidos purpurados del Vaticano.

Por ello, y para obtener su elección y jugar en la Champions, se hizo una votación entre los siete príncipes electores y una miríada de secundarios que argüían tener derechos a la corona y por ende, al imperio en ciernes. Y se pusieron a jugar al Monopoly.

Aunque Carlos I de España tenía el apoyo incondicional de su abuelo, el orondo y díscolo Enrique VIII y el atildado Francisco I de Francia eran competidores a tener en cuenta. Pero aconteció que el azar vino a rolar en favor del de Gante. Los Welser y los Fugger, que eran los que cortaban el bacalao en aquellos predios de la alta política, ambos banqueros de factura impecable y con oficio a sus espaldas, se decantarían por conceder un crédito mancomunado al que pasaría a llamarse desde entonces también Carlos V de Alemania. Al parecer, el miedo a que el francés hiciera tabla rasa con el 'statu quo' legal germano inclinó la trascendental decisión en favor del enjuto nuevo Rex Imperator.

Ilustración: iStock.
Ilustración: iStock.

Como en el momento álgido de un reto de calado a vida o muerte, el nieto de Maximiliano subió la apuesta hasta hacerla incontestable. Entonces, Francisco I se ausentó discretamente y tomó las de Villadiego. Era finales de junio de 1519, y los electores bien engrasados por la generosa oferta avalada por los banqueros de referencia votarían por unanimidad a Carlos de Gante, hijo del majadero Felipe el Hermoso que tantos disgustos daría a nuestra pobre reina, la mal llamada Juana la Loca, mujer sentimental y visceral donde las haya.

El precio del cambio

A la postre, los Fugger, más avispados y con más ángulo de visión se quedarían con las rentas de las órdenes militares españolas, mientras que los Welser, tras muchos retraso en el retorno de la deuda, se pondrían a patalear. Entonces, tras algunos dolores de cabeza, el monarca decidió buscar la “vía media”: cedería para su explotación aquella parte de las tierras descubiertas allende los mares con una exención fiscal indefinida.

Ya en 1522, el emperador había rechazado una petición de los catalanes para obtener licencia de transacciones comerciales con el Nuevo Mundo desde sus puertos por lo que a la luz de los acontecimientos, la concesión a los banqueros Welse era algo si no anómalo, sí algo excepcional.

Carlos V. (Tiziano)
Carlos V. (Tiziano)

Los Welser, más que banqueros en su acepción tradicional actual, eran mercaderes de nivel galáctico. Ya operaban en México y en el Río de la Plata desde hacía tiempo. Venezuela era la mayor oportunidad económica que se les podía presentar y al principio comenzaron a hacer las tareas con buena letra. Pero algo había de maldito en aquellos documentos firmados en la verde Alemania.

Cuando el primer enviado de los Welser, Ambrosio Ehinger, se obsesionó con la historia de El Dorado, comenzaron los problemas de esta saga de banqueros comerciantes. Lo cierto es que no se les veía muy interesados en colonizar el territorio y sí más en reventar sus riquezas. Les tiraba más la cosa del vil metal y entre esa humana tendencia y la omisión de la palabra dada al emperador comenzaron las vías de agua en el proyecto. Ehinger se dejaría los huesos en una incursión cerca del Río Magdalena, mucho más al sur del enclave de actuación adjudicado por contrato. Por lo que se sabe, un indio cabreado le arreó un viaje de curare que lo dejó tieso en un abrir y cerrar de ojos. Pero la cosa no acabó ahí.

Los Welser y los Fugger se decantarían por conceder un crédito mancomunado a Carlos V

El siguiente enviado de los Welser, Niklaus Federman, se atragantó con una perla de tamaño natural allá por Yaracuy hasta que un soberbio puñetazo en la boca del estómago aplicado con contundencia por su segundo le devolvió a la realidad. Todavía no repuesto del susto, le sustituiría Von Speyer, que perdería la casi totalidad de la expedición a manos de los caníbales locales cuyas tendencias por las proteínas rebasaban lo razonable. Finalmente quedaría Von Hutten, que en sus delirios, se introdujo profundamente en las selvas colindantes a Santa Marta y sí, daría con un buen cargamento de enormes esmeraldas que dejarían atónitos a propios y extraños.

Pero la desgracia le sobrevendría a la vuelta de esta expedición. El capitán Carvajal, harto del ninguneo que les dispensaba el alemán a sus hombres y a él (llevaban cerca de un año sin cobrar las pagas), le echaría el guante en aquella emboscada fatídica.

Ilustración: iStock.
Ilustración: iStock.

Por todos estos dislates, el Consejo de Indias retiraría la concesión a los Welser por incumplimiento de contrato. Además, existían fundadas sospechas de que jugaban con dos barajas puesto que el espionaje español había advertido al rey de que podrían estar financiando al movimiento luterano. Tras una de las sonadas quiebras de Felipe II, esta vez, la de 1556 (negociaría el vencimiento a corto plazo por títulos a más largo plazo con un menor interés), el adusto rey decidiría matar dos pájaros de un tiro. Los Fugger y los Welser pasarían a mejor vida y sus poderosas alas de geometría variable quedarían un poco chamuscadas por el exceso de usura.

Decía Goethe en una frase pronunciada por uno de los personajes de 'Fausto', Wagner, algo así como que: "Nunca como al anochecer conoce el hombre lo que vale su morada. Quien lo tuvo todo, lo perdió todo por su desmedida ambición. Es el problema del poder, que no conoce sus delgadas líneas rojas".

Alma, Corazón, Vida

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