LOS ASESINATOS SILENCIOSOS

El japonés que ha salvado a 609 personas con la palabra

Yukio Shiege lleva 15 años vigilando que nadie se arroje por los acantilados de Tojinbo. Los adolescentes siguen siendo el mayor grupo de riesgo

Foto: Foto: iStock.
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Nadie salta en los días lluviosos. Prefieren hacerlo cuando el sol regresa y la gente sale a pasear, en un perverso y extraño contraste que apuntala toda esperanza de regreso a los días felices. O a comienzos de septiembre, cuando las aulas se llenan de alumnos que no quieren ir a la escuela porque el mundo de ahí fuera es cruel y despiadado con ellos. O tal vez en las crisis financieras y en la primavera, cuando florecen los almendros y la vida del campo renace para recordarles que su sufrimiento no es pasajero, ha venido para quedarse.

El último paso. (iStock)
El último paso. (iStock)

Un hombre con gorro de pescador y prismáticos trepa todos los días las columnas de basalto de Tobinjo, un espectacular y afilado acantilado que se levanta sobre el mar de Japón. Mira a través de los binoculares el punto del horizonte donde se funde cielo y mar, intentando descifrar la mecánica del día y de la noche, para luego virar la vista en derredor y hallar a personas solitarias que permanecen estáticas frente al vacío. Quiénes son, a él no le importa. Simplemente se acerca y les dice unas palabras al oído, esboza una sonrisa cómplice y, cuando ya saben que realmente no quieren hacerlo, les abraza como un viejo amigo.

Las tasas de suicidio de Japón siguen siendo las más altas del mundo desarrollado. Hace un lustro, una persona se quitaba la vida cada 20 minutos

“Ey, ¿cómo estás?”. Quizás sea la pregunta que da pie a lo demás. Yukio Shige tiene 73 años y desde que se jubiló como policía ha salvado a 609 personas de llevar a cabo la decisión más extrema de sus vidas. Los que saltan, según Shiege, representan una muestra de la demografía más vulnerable del país nipón: personas sin hogar, ancianos o escolares víctimas de acoso. Se levantan al alba, dejan a su familia como cualquier otro día y toman un tren a la provincia de Fukui. Luego, cogen un autobús que les lleva a la zona de los acantilados, y se sientan durante horas a lo largo de sus riscos erosionados hasta que cae el sol y el ruido de la multitud se diluye como un canto gris.

Cifras y causas de los suicidios

La tasa de suicidios de Japón sigue siendo una de las más altas del mundo desarrollado. Hace solo un lustro, una persona se quitaba la vida cada veinte minutos, según una estadística de la Jefatura de Policía. Aunque el número de casos se ha ido reduciendo en los últimos años, en 2016 hubo 22.000 muertes autoinfringidas, cerca de 11.000 menos que a finales de los 90 en los tiempos del colapso económico. Estas estadísticas ponen de manifiesto el esfuerzo realizado por parte del gobierno para detener esta grave problemática social.

Shige tiene 73 años y desde que se jubiló sube cada mañana con sus prismáticos al afilado acantilado de Tobinjo

Las representaciones mediáticas del suicidio en el país involucran conceptos de honor y desgracia, y van desde los samuráis del siglo XII que cometían el llamado 'seppuku', una forma ritual de quitarse la vida, hasta los pilotos kamikazes de la Segunda Guerra Mundial que se inmolaban contra las naves enemigas. Sin embargo, hoy en día el suicidio está visto de una forma menos romántica: entre sus causas figuran crisis de salud pública impulsada por una depresión generalizada, problemas familiares, desempleo, y una fuerte presión en el trabajo y la escuela.

Niños acosados y padres sobreexigentes

Lo más preocupante es que el grupo social en el que existen más número de suicidios es el de los jóvenes entre 15 y 39 años, más incluso que el cáncer o los accidentes de tráfico. El pasado 31 de agosto, a las 6 de la tarde, Shige descubrió a una joven de 17 años sentada en el borde del acantilado y mirando a la nada. El expolicía la trasladó a su oficina y empezó a hablar con ella. Había comenzado la escuela el día anterior y no había hecho los deberes.

Sus padres la exigían demasiado y estaba muy avergonzada. En vez de volver a las clases, tomó la opción de coger un tren en un viaje de dos horas hasta Tobinjo. Inmediatamente después, Shige llamó a sus padres para que fueran a buscarla. Cuando llegaron, les preguntó: “¿Qué es más importante, su vida o que pase de curso?”. Acto después, se la llevaron. Aquella chica fue la número 23 de las 28 a las que Shige salvó la vida el año pasado.

El 1 de septiembre es la fecha negra en la vida de los adolescentes japoneses. Un gráfico de 2015 difundido por la oficina del gobierno nipón muestra un pico de 130 suicidios solo en un día, del promedio fijado que está en 49. “Era la última en salir de la piscina, un cepillo voló de la nada y me golpeó cuando estaba bajo el agua. Me dejó un chinchón enorme en la frente y casi me ahogo”, relata Nanae Munemasa, una estudiante de 18 años frecuentemente humillada por sus compañeros de instituto.

Una joven japonesa deprimida. (iStock)
Una joven japonesa deprimida. (iStock)

Munemasa indicó para un programa de la CNN que, a su parecer, la raíz del problema está en el sistema educativo, que siempre antepone la comunidad por encima del individuo: “En Japón, tienes que que permanecer a un grupo. En caso contrario, te marginan, te ignoran, te intimidan”, afirma acongojada. “El largo descanso del colegio te permite estar en casa, y esto es un paraíso para los acosados. Cuando termina el verano tienes que regresar. Entonces, el suicidio se convierte en una opción”.

Dos ancianos frente al mar

Shige ya está acostumbrado a todo tipo de escenas de lo más dramáticas. Al ejercer como policía durante 42 años, frecuentemente tuvo que retirar algún cadáver de la orilla. En 2003, vio a una pareja de ancianos sentados en un banco mirando al mar. Tenían un bar en Tokio y su situación económica era insostenible por las grandes deudas. Le confesaron a Shige que tenían pensado saltar al atardecer. El anciano llamó corriendo a antiguos compañeros para los llevaran a una oficina de bienestar social. Pero después de unas horas, la policía los mandó a su casa, y cinco días después sus cuerpos aparecieron ahorcados de un árbol en la localidad vecina de Niigata.

Foto: iStock.
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Conmocionado, Shige fundó una organización sin ánimo de lucro que actualmente cuenta con 20 voluntarios para vigilar y patrullar durante todo el día el borde de los acantilados. “La razón por la que patrullamos de uno en uno es que, si lo haces de dos en dos, la persona se asusta y tiende a esconderse”, comenta. “Se sienten más seguras si la conversación solo se mantiene de una persona a otra”. Hace poco, Shige compró un dron con el que puede inspeccionar con más rapidez la zona.

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