Cuando España molaba: fuimos el país que había que imitar, pero tenía truco
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EEUU Y LOS EXCOMUNISTAS NOS AMABAN

Cuando España molaba: fuimos el país que había que imitar, pero tenía truco

La buena fama nunca nos ha acompañado, salvo en contadas ocasiones. Durante un breve período de tiempo, fuimos un ejemplo a seguir, pero la gloria pasó rápido

Foto: La Marca España antes de la Marca España. (Cordon Press)
La Marca España antes de la Marca España. (Cordon Press)

Nos está cayendo la del pulpo, o eso parece. Esta semana, un ejecutivo holandés nos ha sacado los colores en uno de los artículos más polémicos de los últimos tiempos. La reacción, como ocurrió con aquel artículo de 'The Times', suele ser siempre la misma. Se meten con nosotros, nos indignamos furiosamente, concedemos que tienen razón en la mayor parte de argumentos y lo compartimos con nuestros amigos que repiten el mismo ciclo. Ha ocurrido a menudo desde la crisis del euro, cuando las economías del sur de Europa (Portugal, Grecia y nosotros) se convirtieron en chivos expiatorios para las economías del norte.

No siempre ha sido así, y hubo un momento en el que éramos los hijos predilectos de Europa y parte de América. No tanto por nuestro carácter o costumbres que, vinculadas a la Leyenda Negra, siempre han estado presentes en los prejuicios de los foráneos, sino porque durante años fuimos un útil ejemplo de país que había conseguido pasar de una dictadura a una democracia parlamentaria con aparente facilidad, que se había adaptado a la economía de mercado con energía y que había abrazado a la CEE y la OTAN. ¿el secreto? Durante casi una década, la principal exportación española fue la Transición.

Los informes eran elogiosos con España, el niño listo de la clase que había conseguido adoptar la democracia y la economía de mercado sin traumas

El politólogo-sociólogo Juan José Linz, profesor de la Universidad de Yale y Príncipe de Asturias recordaba en uno de sus trabajos la honda admiración que los países latinoamericanos sentían hacia España por la exitosa transición hacia el parlamentarismo. Así visto, éramos la punta de lanza para que otros países como Chile o Argentina nos imitasen en su salida de regímenes militares. Basta con rebuscar entre la prensa y las publicaciones académicas para encontrar elogios sobre el carácter ejemplar de España. Es lo que proponía un texto del historiador británico Kenneth Maxwell realizado a partir de varias entrevistas con autoridades españoles y de la defensa estadounidense, que se preguntaba si España podía ser un modelo, en este caso, para Europa del Este. El mismo que en 1994 publicó 'La nueva España: del aislamiento a la influencia'.

Foto: Felipe González, fotografiado en el Congreso el 13 de junio de 1977, el primero celebrado desde la reinstauración de la democracia. (Christine Spengler/Sygma/Corbis)

Esa era otra. En el momento en el que el Muro cayó y los países del este comenzaron a preguntarse qué hacer tras la caída del comunismo, España era el niño listo de la clase. La mayoría de estos trabajos terminaban aceptando que la realidad social, económica e industrial de estas naciones era muy distinta, pero eran, en términos generales, muy elogiosos con la forma en que España había conseguido “una posición de influencia en Europa”, vía OTAN, Unión Europea y la antigua Unión Europea Occidental. Había otra buena razón por la que caíamos bien: como recuerda el profesor Sebastián Royo, éramos a la sazón un jugoso aliado estratégico como puerta de acceso a Latinoamérica que, paralelamente, se abría a la economía de mercado.

Los comunistas que soñaban con Europa

Pero no solo nos querían los capitalistas, sino que al otro lado del telón de acero también suspiraban por nosotros. Los casos de Hungría y Polonia ejemplifican bien esa fascinación que España ejercía en los países del este, en concreto entre los políticos en cuyas manos estaba el cambio político. La influencia venía de lejos: la Guerra Civil, ese campo de pruebas en la batalla entre el fascismo y el comunismo, era una referencia bien conocida en toda Europa del Este. Como recuerda una interesante investigación publicada recientemente por el historiador James Mark de la Universidad de Exeter, España fue durante la Guerra Fría un ejemplo en los países del este, sí, pero de todo aquello que se rechazaba. Un país fascista e infradesarrollado.

En el bloque del este, Felipe González era un icono a imitar al haber sido capaz de liderar desde el socialismo la transformación del país

La situación comenzó a cambiar en los años sesenta, a medida que España se convertía en un ejemplo de desarrollo económico y modernización. En las charlas clandestinas que un disidente e historiador húngaro llamado Miklós Szabó dio entre 1979 y mediados de los 80, este solía recurrir a España para mostrar cómo las políticas económicas e industriales del franquismo eran mucho más eficaces que las soviéticas. Como recuerda la investigación, “la idea de España proyectó su sombra sobre el período del socialismo de estado (1948-1949)”, a veces hasta el punto de cierta fascinación. Algo que también ocurrió con la oposición polaca. Solidaridad se fijó en nuestro país después de arrasar en las elecciones de junio de 1989 que llevaron a Lech Walesa al poder.

El caso de Hungría era relativamente excepcional, porque eran los propios comunistas reformistas los que estaban fascinados por el éxito del franquismo tecnócrata. La razón era que España suponía una alternativa aceptable a la influencia estadounidense que tan mal vista seguía estando en los países del este de Europa. En el bloque del este, Felipe González era un icono a imitar al haber sido capaz de liderar desde el socialismo la transformación institucional, social y económica del país durante los ochenta. Una relación íntima que se materializa en que el propio presidente aterrizase en Budapest una semana después de la caída del Muro de Berlín para asesorar al líder del Partido Socialista Obrero Húngaro, Rezso Nyers, sobre cómo llevar a cabo una transición ordenada.

Ronald Reagan y el Rey Juan Carlos, dos en la carretera. (Cordon Press)
Ronald Reagan y el Rey Juan Carlos, dos en la carretera. (Cordon Press)

Ni el jamón ni el vino ni los toros: el producto estrella de España era la Transición, que tenía sus propios agentes comerciales socialistas, como Virgilio Zapatero Gómez, Ministro de Relaciones con las Cortes, o el propio presidente. En concreto, esa fórmula secreta de la Coca-Cola política que el profesor Donald Share bautizó como “transición a través de la transacción”, definida por dos características esenciales: que fuese promovida por los propios líderes del régimen, de forma consensuada, y que se realizase de forma rápida. Es decir, lo que había ocurrido en España. El politólogo añadía otro ingrediente esencial a la receta: líderes como Adolfo Suárez u otros miembros de la élite que, “al final, son los que llevan a cabo la cuadratura del círculo”. Un concepto también abrazado por Charles Powell, director del Instituto Elcano.

Volando voy, volando vengo

¿Cuándo resultaba útil sacar a relucir el nombre de España? Por lo general, cada vez que en algunos de estos países ocurría algo que estaba a punto de empujar al país hacia la violencia; en especial, después de los acontecimientos de la plaza de Tiananmen. Durante esos años el nombre de nuestro país era mencionado cada vez que había que recordar a la población de uno de esos países en proceso de cambio que no convenía agitar el avispero. Jugaba, como recuerda Mark, un rol disciplinario: “Si se abraza un cambio muy radical o afirmas de forma demasiado agresiva tus diferencias políticas, estás ignorando las lecciones de aquella transformación exitosa y civilizada”.

El trabajo ya alertaba de algunos de los riesgos que corría España: la caída del turismo, el problema vasco o que no hubiese alternativa al PSOE

España se convirtió, al menos brevemente, en un ejemplo de conciliación y consenso en países divididos en pleno proceso de cambio, y también, el modelo a imitar al haber pasado de ser un país atrasado y autárquico en una nación que movía los hilos en la comunidad europea. En 1991, el año en el que el texto de Maxwell fue publicado, España lo tenía todo y, por si fuera poco, los Juegos Olímpicos de Barcelona y la Expo de Sevilla estaban a la vuelta de la esquina. El país tenía un color especial, y el GAL, la crisis económica de principios de los 90 y el comienzo de la burbuja inmobiliaria que dejó tiritando nuestro modelo productivo aún quedaban lejos en esa España que se asomaba a una tercera legislatura del PSOE.

Aquel viejo informe elaborado en connivencia con poderes españoles y americanos ya señalaba algunos de los riesgos que España debía solucionar si no quería quedarse en un mero espejismo y que, avisaba, “corrían el riesgo de ir a peor a lo largo de la década”. Entre ellos se contaban el problema vasco, que podía conducir al país a una situación semejante a la de la URSS, Irlanda del Norte o Líbano; la caída del turismo y, llamativamente, la “ausencia de una alternativa conservadora”. El inglés terminaba preguntándose de qué manera podría consolidarse un nuevo competidor de derechas que pusiese fin al dominio del PSOE. Terminaría obteniendo la respuesta poco después, con la llegada del Partido Popular al poder. El resto es historia.

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