FIN DE LA TREGUA

Brasil 1625: la infantería española, el “coco” de los holandeses

Salvador de Bahía detentaba la capitalidad de Brasil. Corría 1624 cuando el comerciante, marino y pirata Jakob Willekens, había tomado por asalto la hermosa ciudad atlántica

Foto: Albert Burgh, Jan Claesz. Vlooswijck, Pieter Reael y Jacob Willekens en una obra de Govert Flinck en 1642.
Albert Burgh, Jan Claesz. Vlooswijck, Pieter Reael y Jacob Willekens en una obra de Govert Flinck en 1642.

"Cada vez que un periodista arroja leña en el fuego fatuo del escándalo está apagando con cenizas el fuego genuino de la información”.

Tomas Eloy Martínez.

Corría 1624 y la llamada Tregua de los Doce años con las levantiscas Provincias Unidas había expirado. Estos años de paz habían permitido recoger velas al coloso español y comenzar a recuperarse de una economía prácticamente colapsada. La guerra de Flandes consumía ingentes recursos muy necesarios para inversiones que clamaban atención en el territorio patrio y, con respiración jadeante, ambas partes llegaban a una meta ficticia –la de la paz–, literalmente sin aliento. Una pequeña nación incipiente y embrionaria –llamada Provincias Unidas, hoy Holanda–, había resistido tomando por bandera sus discrepancias religiosas y usándolas como un trampantojo para disimular los intereses de una potente e imaginativa economía; esto es, para manejar la pasta sin interferencias de terceros. La realidad es que lo que ocultaba aquella pretendida guerra de religión no era otra cosa que hacerse con los resortes financieros y tributarios en liza, que no eran pocos.

Con la finalización del periodo de paz de la Tregua de los Doce años, aquellos protoholandeses decidieron pasar a la acción

Esto, por un lado. Pero el tratado tenía letra pequeña u omisiones de bulto por las que se colaron los perspicaces holandeses que no daban puntada sin hilo. Aficionados a la afananza disfrazada de patriotismo, armaron una potente flota para dedicarse al noble arte del pillaje sin más, o lo que es lo mismo, a la piratería bajo pabellón legal.

En aquel tiempo, el conjunto de las colonias portuguesas formaba parte de la Monarquía Hispánica. Durante el periodo que fue desde 1580 hasta 1640, esto es, desde Felipe II hasta Felipe IV, nuestros hermanos portugueses y nosotros compartimos techo común. No era la primera vez que se intentaba una unión territorial. La derrota en la batalla de Aljubarrota hacia finales del siglo XIV había dado al traste con las aspiraciones castellanas en beneficio de la Casa portuguesa de Avis. A mediados del siguiente siglo, el XV, la Guerra de Sucesión castellana enfrentaría a la futura Reina Católica y a Juana la Beltraneja, dirimiéndose el resultado en favor de la unión entre Aragón y Castilla, como es sabido.

Entonces, solapándose en la hegemonía española de aquellos momentos con la finalización del periodo de paz de la mencionada Tregua de los Doce años, aquellos tempranos proto holandeses, decidieron pasar a la acción a unas siete mil millas marinas de distancia.

Un asedio inmisericorde

Salvador de Bahía, en aquellos momentos, detentaba la capitalidad de Brasil. Corría el año 1624 cuando el comerciante, marino y pirata para redondear ingresos, Jakob Willekens, había tomado por asalto la hermosa ciudad atlántica. Tras una dura resistencia de diez días, la guarnición exhausta y agotados los víveres y la munición, rindió armas. Pero aquel éxito se les atragantaría pronto. Desde la península, una enorme flota dirigida por Fadrique de Toledo, a la sazón capitán general de la Armada, conseguiría desembarcar cerca de 4.200 soldados de los tercios y bregada tropa portuguesa, todos, avezados hombres de armas en todos los frentes de combate de aquel gigantesco imperio. Desde Génova, Lisboa y Flandes, la crema del mejor ejercito de la época, se pondría en marcha. La totalidad de los hombres de aquella expedición sumaban una cifra estimada en 12.566 soldados de infantería y marinería, cifra a tener en cuenta por lo complejo de su logística incluso hoy en día. Ante la previsión de una reacción holandesa por mar, buena parte del ejército embarcado, se quedaría en las naves alerta.

Francisco de Moura, retratado por François Duchatel.
Francisco de Moura, retratado por François Duchatel.

Cinco tercios se instalaron con sus correspondientes maestres de campo en dos de los cuarteles más alejados del tiro de los cañones de los holandeses; en el de San Benito y en el convento del Carmen se hicieron fuertes mientras se ejecutaba el plan de asalto. El día 8 de abril se desataría el infierno de la guerra en toda su acepción. La flota peninsular comenzó con una cadencia precisa y continuada a bombardear los buques holandeses anclados en la rada. Los rubicundos norteños que se las prometían felices veían aterrorizados cómo sus esperanzas de retirada se convertían en humo; los barcos se volatilizaban en un tiro al blanco sin remisión. Los cañones de mayor calibre comenzaron a demoler las murallas de la ciudad para preparar el inevitable asalto con un tiro muy focalizado.

El apoyo de las tropas portuguesas y la intervención de cuatrocientos indios a las órdenes del capitán Francisco de Moura haría estragos en los días siguientes. Estos indios eran utilizados por los portugueses en la llamada guerra silenciosa y su modus operandi era letal. Por las noches se confundían con un camuflaje de barro y plumas adheridas a la piel, y entre las sombras y desde posiciones inmóviles y de espera, con una actuación similar a la un francotirador, disparaban sus eficaces flechas o cerbatanas, según demandara la situación. Ocasionaban pavor en las filas del adversario por sus habilidades en el escamoteo; eran auténticos fantasmas.

En abril del año 1625, tras un asedio inmisericorde, un bombardeo incesante y combates cuerpo a cuerpo en toda regla, la entera guarnición holandesa se rendiría con pérdidas cuantiosas a la infantería española. Media docena de ágiles fragatas y la totalidad del botín holandés había sido recuperado. Cinco tercios habían intervenido y su presencia había sido determinante en la recuperación de la ciudad.

Aquel año, el Señor, en un receso de su siesta cósmica había echado una mano a la Monarquía Hispánica. Junto con la derrota inglesa en Cádiz y la de los “holandeses” en Breda, el año 1625 se convertiría en un periodo señalado para las armas españolas. Henry Kamen dixit.

Alma, Corazón, Vida

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