Historia: Los chistes verdes que casi destruyen España. Noticias de Alma, Corazón, Vida
A LA CATARSIS POR EL HUMOR

Los chistes verdes que casi destruyen España

El español se ha caracterizado por su mezcla de mala leche e ingenuidad, su escaso respeto hacia la autoridad y, bueno, cierto machismo. Aquí recogemos algunos gags franquistas

Foto: La llegada de las nórdicas a partir de los 60 dio lugar a sinfín de chistes y todo un subgénero cinematográfico.
La llegada de las nórdicas a partir de los 60 dio lugar a sinfín de chistes y todo un subgénero cinematográfico.

“La guerra ha terminado”. Eran las palabras con las que concluía el último parte de guerra emitido por el general Francisco Franco, el 1 de abril de 1939. Durante más de tres décadas y media, los españoles quedarían a merced de una dictadura nacionalcatólica marcada por la represión y el retorno a los valores tradicionales. La censura y los poderes fácticos (políticos, eclesiásticos y militares) actuaron de barrera para que determinados mensajes no llegasen al gran público. En esa situación, tan solo había una alternativa: la catarsis lúdica a través de chistes que ridiculizaban a todos, poderosos y mortales.

“Había en general un cierto conformismo ante la situación, lo cual no impedía, naturalmente, una reacción del pueblo en forma de rechazo humorístico a la presión efectiva de la dictadura”, recordaba la profesora de la Universidad Complutense de Madrid Ana María Vigara Tauste en 'Sexo, política y subversión. El chiste popular en la época franquista', un trabajo en el que exponía cómo el humor se enfrentaba a la cultura oficial impuesta, o al menos, funcionaba como válvula de escape.

Nuestros chistes de ahora son herederos de aquellos: los mismos o similares procedimientos formales, la misma voluntad de transgresión


Entre todos ellos destacan los chistes de contenido sexual, que la autora considera “una reacción directa contra la presión efectiva y persistente de la Iglesia”. “Si había dos materias 'cotidianas' a las que los españoles podían estar seguros de no tener libre acceso social, esas eran, sin duda, el sexo, rigurosamente vetado y reglado por la Iglesia, y la política, acaparada exclusivamente por el poder”, recordaba la que fuera una de las grandes expertas en español coloquial. La capacidad destructora del chiste, claro, era limitada; se trataba de una mera “desacreditación, faltas leves (e indirectas) de respeto a la Iglesia y al jefe del estado”. Una pataleta que permitía reírse ante la vida.

Estos chistes son también un pequeño tesoro antropológico, al desvelar la idiosincrasia sexual de un país que de repente vio cómo sus costumbres retrocedían hasta el siglo XIX. Muestra su machismo, pero también sus prejuicios, su mezcla de inocencia y mala leche, su ocasional procacidad y su resquemos hacia las figuras de autoridad. No obstante, la autora recuerda que “en realidad nuestros chistes de ahora son herederos de aquellos: los mismos o similares procedimientos formales, la misma o similar voluntad de transgresión; intrascendente, pero transgresión”. Nos sumergimos en algunas clásicas 'guarreridas españolas' de nuestro pasado.

Esperar hasta la boda

“La primavera la sangre altera, y el gachó andaba crispado como un verraco en celo. Le faltaba una semana para casarse y había decidido que ya no podía resistir más. Pero aquella novia… ¿Por qué serán las mujeres tan honestas y conservadoras en este país? Habían regresado del cine, de ver un film clasificado “S”, la noche estaba como un caldo, el fondo del portal oscuro…

Josefa, por lo que más quieras, déjame aunque solo sea la puntita.

–Serénate, Julián, y aguanta un poco. Total, no nos queda ya más que una semana.

–Pero, mujer, no hay ninguna razón para que yo deba estar hecho una bestia desesperda.

–Sí que la hay. Tres por lo menos.

–A ver, dime cuáles.

–La primera, que es una lástima que tras hacer pasado tres años de noviazgo puro y casto, lo estropeemos todo en vísperas de la boda. La segunda, que imagínate el escándalo si alguien entra en ese momento y enciende la luz. Y la tercera, amor mío, que cada vez que jodo de pie, me entra un dolor de riñones que me doblo.”

Era frecuente que en los chistes procaces apareciesen figuras de autoridad ridiculizadas, por lo general de la Iglesia y del ejército


Una broma construida alrededor de la falsa honradez de la mujer, en este caso, de la española. Al mismo tiempo se ríe de una de las exigencias morales de la época: las relaciones sexuales prematrimoniales estaban terminantemente prohibidas.

El elemento de armas tomar

“Aquel capitán, que tenía una mujer hermosísima, había escogido entre los nuevos soldados a un asistente de burda apariencia. Sin embargo, el mismo día le llegaron rumores de que el fulano era un elemento de armas tomar en cuestión de hembras. Lo llamó a su oficina.

–Oye, me han dicho que a ti se te dan bien las mujeres…

–Sí, mi capitán, yo en mi pueblo para eso soy una fiera.

–Conque sí, ¿eh? A ver, hazte una paja.

Obedeció el soldado.

–Otra más.

Ejecutó de nuevo la orden.

–Sigue haciendo hasta que te diga basta.

A la quinta el garañón echaba el bofe.

–Mi capitán, estoy desengrasado, no puedo más.

–Está bien, toma las llaves del coche y lleva a mi mujer al mercado”.

Como recordaba Vigara, era frecuente que en los chistes procaces apareciesen figuras de autoridad ridiculizadas, como este celoso capitán que obligaba a su soldado a reducir su ímpetu amatorio por si las moscas…

El rosarito

“El obispo de la diócesis se llega en visita pastoral hasta una aldea perdida en la montaña. Con el júbilo que es de suponer, el cura acoge a su superior, le muestra sus dominios espirituales, le invita a decir misa en el modesto templo y, por último, se lo lleva a casa a almorzar.

Charlan de lo humano y lo divino y, al final del ágape, el obispo se interesa por la vida cotidiana del solitario preboste.

–La mía, monseñor, es una existencia tranquila y sin sobresaltos. El Señor no manda problemas excesivos a su siervo. En cuanto a entretenimientos, ¿qué quiere que le diga? Yo, aquí, mi café y mi rosarito.

Pasa en esos momentos la criada a recoger los platos.

–A propósito, rosario, ve haciéndonos un buen café”.

No, no es la precuela de 'La llamada', son monjas en una playa española en 1964. (Cordon Press)
No, no es la precuela de 'La llamada', son monjas en una playa española en 1964. (Cordon Press)

Si en el chiste anterior le tocaba al estamento militar, en este caso se trata de los representantes terrenales de Dios, cuyas lujuriosas obras y modestas palabras circulan por caminos opuestos.

Las azafatas suecas

“Una redada en el Barrio Chino abarrotó de súbito la comisaría. Por pura formalidad, el inspector fue recorriendo la fila de las atrapadas preguntando:

–¿Usted a qué se dedica?

–Yo soy azafata.

–¿Y usted?

Azafata.

–¿Usted, la pelirroja?

–Azafata, como esas dos.

–¿Usted, la que sigue, también es azafata?

–No, yo soy puta.

–Vaya, hombre, menos mal, ¿y qué tal marcha el negocio?

–Bastante flojo desde que hay tanta azafata haciendo la competencia.”

Prevalecen los valores del sexo masculino; es una sociedad en la que se presupone la hombría al varón y la heterosexualidad a todo el mundo

La expansión del turismo, recuerda Vigara, desarrolló “la fantasía de las suecas descocadas, devoradoras de hombre, y puso de moda la profesión de azafata, tan liberal para aquellos tiempos, que resultaba para muchos sospechosa”. El chiste es una buena muestra de los prejuicios españoles hacia otras culturas más “modernas”.

El tercer brazo

“Camino del Bernabéu se encuentran dos viejos amigos.

–Coño, cuánto tiempo. Oye, y a propósito, ¿cómo va aquello de tus almorranas?

–Fabulosamente, oye. Tengo un paciente practicante que me las está curando fetén. Mano de santo, oye, dando el masaje.

–Coño, me alegro, ¿entonces no se trata de ningún método doloroso?

–Qué va, incluso yo diría que da cierto gustillo. Verás. El tío me tumba de espaldas, me pone una mano sobre el hombro izquierdo, la otra sobre el derecho… ¡Hostias, tú!, ¿entonces con qué carajo me da el masaje?”

Como era de esperar, los chistes sobre homosexuales eran habituales, y por lo general, servían para reforzar la virilidad del que los contaba. Vigara recuerda que es “sin duda, una sociedad de mirada androcéntrica (machista), en la que prevalecen las opiniones y los valores del sexo masculino sobre el femenino y, en general, las mujeres están al servicio de los varones; y una sociedad en la que, por supuesto, se presupone la hombría al varón y la heterosexualidad a todo el mundo”.

Oculten a la mujer

“Un caballero espera en la parada el autobús que lo llevará al trabajo. Justo detrás de él se abre un portal y comienzan a salir chavales uniformados, de distintas edades, pero de un extraordinario parecido físico. Disciplinadamente van colocándose a la cola en la parada a continuación del asombrado caballero, que ha ido contando hasta diecinueve.

–Caramba, caramba, ¿sois todos hermanos? –pregunta, sin poder contener su curiosidad, al mayor de todos, colocado a su vera.

–Sí, señor, somos hermanos.

–Pues tendréis a tu madre en palmitas…

–No, señor, a mi madre la tenemos escondida en un armario para que no la vea mi padre...”

¿Era Jaimito la némesis oscura de Marcelino Pan y Vino?
¿Era Jaimito la némesis oscura de Marcelino Pan y Vino?

Una referencia a otros de los preceptos sexuales de la época –las relaciones solo son aceptables si tienen como fin procrear– que recuerda a aquel diálogo de 'El sentido de la vida' de los Monty Python: “Malditos católicos, están llenando el maldito mundo de gente a la que no pueden alimentar”, lamentaba el padre protestante. “Cada vez que hacen el amor, tienen un bebé”. A lo que la mujer le respondía: “¡Pero con nosotros es lo mismo, Harry! Tenemos dos hijos y hemos mantenido relaciones sexuales dos veces”.

El advenimiento de Jaimito

“Jaimito se acerca al sofá donde su padre lee el matutino.

–Papá, voy a casarme.

El padre, con buen humor, opta por seguirle la corriente:

–¿Y quién es ella?

–Una compañera de colegio de mi misma edad; tú no la conoces.

–Muy bien, ¿y ya sabes con qué vas a mantenerla?

–Hemos pensado que tú podrías pasarnos una asignación mensual hasta que yo me haga mayor y busque trabajo,

–Pero no será suficiente si os empiezan a venir hijos

–Malo será que no sigamos teniendo suerte –atajó Jaimito restando importancia al asunto.”

Pocos personajes tan famosos en la historia del humor español como Jaimito, ese niño preguntón (y respondón) que es algo así como el lado oscuro de Marcelino Pan y Vino. Esta es una de las primeras apariciones de esta figura cómica “muy popular y de gran productividad”. En este caso, en otra muestra de precocidad que atenta contra los principios de la España católica, apostólica y romana.

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