Historia: La captura del Stanhope, una de las grandes hazañas de Blas de Lezo. Noticias de Alma, Corazón, Vida
que empiece el combate

La captura del Stanhope, una de las grandes hazañas de Blas de Lezo

Destinado en el puerto de Rochefort con labores de guardacostas, el almirante participó en la lucha contra varios navíos enemigos y fue ascendido a capitán por su valía y coraje

Foto: Armada. (iStock)
Armada. (iStock)

"La peor plaga que puede caerle encima a la Humanidad es la de un gobierno de tenderos".

-Adam Smith

Algunos años antes de su rotunda victoria contra Inglaterra en Cartagena de Indias (1741), en el contexto de la Guerra del Asiento –por los ingleses la llamada Guerra de la Oreja de Jenkins–, probablemente el más famoso marino español de todos los tiempos había vuelto a hacer una de las suyas.

Era la enésima guerra, quizás el conflicto más largo conocido entre dos naciones en la Era Moderna, entre ingleses y españoles. Los antecedentes o la contabilidad que obraban en favor de las hazañas del Almirante eran innumerables e inenarrables. Blas de Lezo era de gestas discretas pero arrolladoras, no era hombre de vindicaciones ni de golpes en el pecho; tenía un buen “fair play” reconocido por propios y adversarios.

El Stanhope era un enorme navío de la Compañía de las Indias repleto hasta los topes de riquezas expoliadas: sedas, especias y exóticos perfumes

En 1707, ya era teniente de guardacostas y poco después realizaría una gran gesta rindiendo hacia 1710 a diez barcos adversarios en manifiesta desventaja para sus propios marinos. Era su forma de actuar, sin arredrarse: conocedor de sí mismo, de sus posibilidades y limitaciones, leía los secretos del mar casi a ciegas.

El "Valeur"

En medio del Atlántico profundo, este intrépido e incalificable marino, apoyado literalmente en su pierna de roble, llevaba el mando de la fragata francesa “Valeur” (en aquella época existía el intercambio entre las escuelas de oficiales de ambos países). Navegando a doce nudos con viento portante, una fuerte escora y una creciente mar de fondo, el navío inglés Stanhope se agrandaba por momentos. La imponente figura de aquella máquina de guerra de setenta cañones, amenazaba por su lado de babor con tres filas de portones prestos a repartir su cuota de muerte. Desde la Valeur todos los oficiales de cierto rango manejaban con precisión los catalejos para determinar con exactitud en que momento el inglés daría el golpe de timón que pusiera en valor su artillería. Era como jugar al ratón y al gato pero con los roles invertidos.

Mientras la tripulación trajinaba sobre cubierta, los artilleros estaban prestos para encender las mechas lentas. Blas de Lezo, que amaba el mar, pero también la vida, se aferraba al estay de mesana en espera de la andanada de los ingleses. El enorme barco había sido alcanzado por la ágil fragata de Lezo y con el barlovento a favor esperaba el crítico momento para impactarle con sus dieciocho cañones de estribor en un barrido de popa a proa (en el argot, llamado “La escoba”; por la mortandad que solía causar).

Foto: iStock.
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John Combs, el capitán del Stanhope, triplicaba en fuerzas al vasco pero sabía que era una persecución a vida o muerte e intuía que no iba a salir bien parado por la demostración de pericia de los marinos que llevaban aquella pequeña nave. Muchos guipuzcoanos navegaban a las órdenes de aquel azote de ingleses y en la cubierta, ante el inminente zafarrancho, se mezclaban las plegarias en euskera, castellano y francés implorando al sumo hacedor la victoria sobre los malvados herejes.

¡Al abordaje!

El Stanhope era un enorme navío de la Compañía de las Indias repleto hasta los topes de riquezas expoliadas –como no podía ser de otra manera–, y la experimentada tripulación a las órdenes de Lezo funcionaba como un reloj suizo. Con hábiles maniobras evasivas obligaban al gran navío a disparar permanentemente en ángulo muerto. De Lezo sostuvo un cañoneo económico pero letal contra aquel monstruo, mientras maniobraba velozmente con su pequeña fragata en busca del temido abordaje del cual los isleños huían como de la peste. Entonces, sucedió.

Cuando ya estaban las dos amuras solapadas, ordenó el lanzamiento de los garfios. Desde las cofias de la embarcación capitaneada por Lezo, se comenzó a arrojar granadas sobre la cubierta del barco inglés a un ritmo infernal. Esta maniobra era indispensable para preparar el abordaje, dejar la cubierta expedita y enfrentarse al menor número de enemigos posible en el momento del asalto final. La metralla barredora, arrojada desde esas alturas hacía estragos. Los ingleses lo fiaban todo a su mejor artillería –por la distancia de alcance y el mimo de la pólvora siempre conservada en sal para evitar humedades– al tiempo que evitaban el temido cuerpo a cuerpo con los infantes de marina españoles.

De Lezo, que amaba el mar, pero también la vida, se aferraba al estay de mesana en espera de la andanada de los ingleses

En el momento del asalto, la tripulación de cubierta del navío inglés había sido literalmente diezmada y las escotillas de popa y proa bloqueadas por una enorme cantidad de madera astillada mientras pequeños focos de fuego invadían la cubierta. Para colmo de male, durante la persecución, la nave de Lezo, la Valeur ​–un nombre muy apropiado para una tripulación de altura–, había creado un impacto directo en la base del palo de mesana y este había caído en toda su extensión por la amura de babor, actuando como un potente freno.

Blas de Lezo en escena

Escorada la nave inglesa sin remisión estaba vendida ante las rapidísimas bordadas de la fragata francesa dirigida por aquel chico que, sentado en la bocana del puerto de Pasajes, soñaba con embarcarse hacia el mundo de sus sueños algún día. En ese momento Combs entró en pánico. Las ágiles maniobras de Blas de Lezo, además de desconcertantes –pues no seguían un patrón de rumbo previsible–, los atormentaba con ingentes cantidades de metralla.

Rendición. (iStock)
Rendición. (iStock)

La evidencia de que aquello se convertiría en una masacre, hizo reflexionar al capitán inglés. Finalmente, toda la oficialidad fue entregando uno a uno los sables cogidos por la hoja en un breve acto cortés. La bandera de la Unión Jack arriada convenientemente y doblada con cuidado por los infantes de marina españoles, sería entregada al hombre más curtido de la historia de la marina española.

Caía la tarde en el mar océano y en medio de aquella vasta extensión acuática, un enorme buque de 1.700 toneladas repleto de sedas, especias, exóticos perfumes y carga varia, había caído en manos de una fragata plagada de osados. Blas de Lezo había entrado de nuevo en escena.

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