¿UNA MEDIDA DE EXCEPCIÓN O UN HITO?

La semana laboral de tres días: qué podemos aprender del experimento británico de 1974

Es uno de los capítulos más excepcionales de la historia inglesa, y aunque tuvo lugar en un contexto muy diferente, hay quien lo ha usado para justificar que dicha posibilidad es viable

Foto: Fotografía de Londres por la noche tomada en noviembre de 1949. (Cordon Press)
Fotografía de Londres por la noche tomada en noviembre de 1949. (Cordon Press)

El 1 de enero de 1974 entraron en vigor en Reino Unido las medidas de restricción del consumo energético impuestas por el gobierno conservador de Edward Heath, aprobadas el 13 de diciembre anterior. Entre otras cosas, estas limitaban a tres días seguidos el tiempo que se podía consumir electricidad lo que, a efectos prácticos, se traducía en que la semana laboral debía limitarse a tres jornadas, salvo en los servicios esenciales. Era una situación excepcional que tenía como objetivo optimizar las reservas de combustibles fósiles y hacer frente a una rampante inflación que estaba generando malestar social y huelgas (la más importante, la de la Unión Nacional de Mineros).

Los británicos suelen recordar esta época como un período de inestabilidad económica y convulsión social. Sin embargo, cada vez son más los que utilizan aquella solución transitoria –se puso fin a ella apenas dos meses después, una vez Heath perdió las elecciones y se llegó a un pacto con los mineros– como ejemplo de que una semana laboral de apenas 72 horas puede ser viable. Un informe del 'think tank' inglés liberal New Economic Foundation, por ejemplo, recuerda que “cuando la crisis terminó, los analistas descubrieron que la producción industrial había descendido apenas un 6%”. Y no el 40% que, haciendo la cuenta de la vieja, podría haberse visto dañado.

Para los defensores de la medida, la reducción de la jornada puede ser beneficiosa al aumentar la productividad por hora y favorecer el consumo


¿A qué se debe este sorprendente dato? Según cuenta el informe, a un aumento de la productividad y a un descenso en el absentismo, que habrían compensado que cada persona trabajase menos horas. No todo el mundo está de acuerdo en ese diagnóstico, que pasa por alto que se trataba de una solución de compromiso en un contexto muy concreto en el que muchos trabajadores habían perdido poder adquisitivo a causa de la inflación y el estancamiento salarial. Como recuerda un artículo de 'Hatful of History' “había buenas razones para pensar que esta situación no podía haber durado mucho más tiempo”.

¿Con qué nos quedamos?

Hay buenas razones por las que no puede entenderse este episodio como un modelo a seguir, tal cual. Daryl Worthington matiza en 'New Historian' que la medida debe entenderse ante todo como una expresión del descontento generalizado en las islas y un recuerdo de “cuán caótico fue este período”. Una decisión dolorosa pero necesaria para prevenir un problema mayor. “Las horas reducidas de trabajo por supuesto que dañaron la economía, y contribuyeron a significativos despidos”, explica. Según sus datos, hasta 885.000 personas se registraron para recibir un subsidio de desempleo durante el 7 de enero de ese año. Una cifra que terminaría ascendiendo hasta el millón y medio.

Edward Heath, el 'tory' que impulsó la medida. (Cordon Press)
Edward Heath, el 'tory' que impulsó la medida. (Cordon Press)

Cuando la medida se levantó, compañías de todos los tamaños comenzaban a experimentar dificultades. Hay que recordar que a la limitación de consumo eléctrico se habían añadido otras medidas como el cierre de los pubs durante la noche o el final de las emisiones de televisión a las 22:30. Para los defensores de la jornada semanal de tres horas, estos matices no deben hacernos pasar por alto la verdadera lección que este episodio de la historia británica nos puede enseñar, que es que la reducción de las horas que trabajamos no tiene por qué implicar un declive directamente proporcional de la productividad, sino que por otros factores (descanso, menores niveles de estrés, más tiempo libre) el rendimiento por hora puede elevarse al mismo tiempo que se fomenta el consumo.

Un nuevo panorama

Los defensores de la jornada semanal de tres días suelen recordar que el economista británico John Maynard Keynes vaticinó en 'Las posibilidades económicas de nuestros nietos' un futuro en el que nadie dedicaría más de 15 horas semanales al trabajo. Una visión utópica que no solo no se ha cumplido, sino que se ha agravado, como recordaba Andrew Smart en 'El arte y la ciencia de no hacer nada'. El informe de NEF concede que “pudo estar equivocado en su previsión, pero no a la hora de vaticinar una manera diferente de usar el tiempo”.

“Con tres días a la semana, podríamos tener más tiempo para relajarnos y una mayor calidad de vida”, ha afirmado Carlos Slim


Una vez más, lo ocurrido en esos dos meses en Gran Bretaña nos puede dar algunas pistas, siempre y cuando no las sigamos a pies juntillas. Sería una manera de redistribuir el trabajo, de forma que en lugar de emplear a, pongamos, unos 10 millones de personas que trabajasen unas 40 horas a la semana (o más), esta medida permitiría que el número de trabajadores aumentase a alrededor de 16. Algo que, no obstante, provocaría que el sueldo percibido por cada uno de ellos fuese mucho inferior. ¿Reparto de la renta o precarización de los trabajos?

La segunda razón expuesta por el 'think tank' es que esto dispararía el consumo, puesto que no solo habría más clientes potenciales, sino que estos tendrían mucho más tiempo libre para gastar su dinero. Por otra parte, esto permitiría reducir algunos de los gastos del estado social, ya que los ciudadanos también tendrían un mayor margen a la hora de cuidar a sus hijos, mayores o a ayudar a la sociedad fuera de las instituciones del Estado. También mejoraría las posibilidades de reciclaje personal de los trabajadores, que gozarían de más tiempo libre para estudiar. Una visión, como se puede apreciar, tremendamente liberal.

De ahí que no sorprenda que Carlos Slim haya defendido esta medida. En su caso, se trata de una manera de dar salida a los problemas de una sociedad envejecida en la que cada vez más personas podrían y estarían dispuestas a trabajar después de los 65 años, aunque quizá no a tiempo completo. “Con tres días a la semana, podríamos tener más tiempo para relajarnos y una mayor calidad de vida”, explicaba. “Tener cuatro días disponibles sería muy importante para generar nuevas oportunidades de entretenimiento y otras formas de estar ocupados”. Una vez más, la estimulación del consumo es un factor importante. O, quizá, se pueda aprender otra lección mejor: los mineros consiguieron con su huelga que el gobierno subiese sus sueldos un 35% después de las elecciones.

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