MERITOCRACIA Y MORAL

La socióloga que estudió a los ricos de Nueva York cuenta el lado oscuro de sus mujeres

Aunque sean unas privilegiadas por su nivel económico, la tristeza y ansiedad que suelen experimentar desvela cuál es el funcionamiento oscuro de la vida social en pareja

Foto: Bienestar material, malestar emocional. (iStock)
Bienestar material, malestar emocional. (iStock)

¿A qué temen las élites? ¿Cuáles son sus mayores miedos? ¿Qué sienten hacia sus familias, sus amigos, sus compañeros y el resto de la sociedad? La sociología generalmente se ha centrado en los terrores las clases bajas, y ha preferido dejar a los ricos en su torre de marfil. No es el caso de Rachel Sherman, profesora de la New School for Social Research, que acaba de publicar 'Uneasy Street', en el que a través de entrevistas con 50 de las familias más ricas de Nueva York intenta descubrir sus ansiedades, sus hábitos de vida y la percepción que tienen de su propia realidad.

Uno de los descubrimientos más llamativos tiene que ver con el malestar generalizado entre las mujeres, que la propia autora ha resumido en un artículo publicado en 'Quartz'. Son las que se llevan la peor parte en una cultura meritocrática en la que los hombres adinerados se sienten justificados por tener un patrimonio muy superior a la media, pero las mujeres no. Sherman explica que “lo que quiero es poner de manifiesto que la idea americana de la 'meritocracia' perpetúa y se apoya en roles de género tradicionales”. Lo que deja sus ganadores y perdedores morales; en este caso, ellas.

Mientras que los hombres creen que se han ganado su patrimonio, se mira con más desconfianza a las mujeres con dinero

Muchas mujeres ricas, recuerda la autora, son vistas como sospechosas, ya que sigue persistiendo el estereotipo del hombre triunfador gracias a su esfuerzo y el de la mujer “trofeo” y diletante que lo único que ha hecho para llegar a lo más alto es encontrar un varón rico. En algunos casos, esta percepción es compartida por los propios maridos. A este estereotipo hay que añadirle un nuevo factor, es la nueva concepción del mérito que ha emergido durante la segunda mirad del siglo XX: “Han internalizado la expectativa de que la riqueza es aceptable moralmente cuando alguien ha trabajado duramente por ello”.

¿Por qué, en resumidas cuentas, se sienten tan mal? Porque aunque la mayoría de ellas tienen carreras, estudios de posgrado y una gran experiencia laboral, han tenido que dejar todo eso de lado ya que, en caso de que uno de los miembros de la pareja tenga que quedarse en casa, suele hacerlo la mujer, ya que cobra menos. Una pescadilla de brecha salarial y abandono profesional que se muerde la cola. Como recuerda Sherman, “nuestra cultura tiene dudas sobre qué significa ser una 'buena' mujer rica, al mismo tiempo que facilita que los hombres con trabajos lucrativos se sientan moralmente merecedores de su patrimonio”.

De emprendedora a ama de casa

Muchas de las mujeres que Sherman entrevistó se encontraban atrapadas en esta trampa, en la que ellas mismas son las primeras en reconocer que la riqueza solo es merecida si uno se la ha ganado, duro al mismo tiempo que abandonan sus carreras por el bien de la familia. Una situación que les hace sentir vulnerables y culpables. Por una parte, comienzan a depender de los recursos de su pareja casi por completo; por otra, se sienten mal al renunciar a sus vidas profesionales, lo que les empequeñece respecto a sus parejas ante los ojos de los demás.

Muchas intentan aliviar la mala conciencia intentando ser útiles en el hogar, a veces compaginándose con sus empleadas

Este círculo resulta evidente a través de las palabras de una de las mujeres ricas entrevistadas por Sherman para su libro, que había dejado su puesto como banquera de inversión. “Tengo una buena formación. Tenía una carrera. ¿Dónde está todo eso ahora?”, le espetó a la socióloga. Ya no trabajaba para sí misma, ni siquiera para su empleador, sino para su esposo. “Hay una dinámica de poder en la que él trae el pan a casa y yo no”, lamentaba. Todo ello agravado porque, a ojos de los demás, probablemente parecía una aprovechada que estrujaba la cuenta corriente familiar sin hacer nada a cambio.

De ahí que muchas se refugien en las labores en el hogar como una manera de aliviar esa mala conciencia, a veces justificándose ante esos maridos que siguen creyendo en dichos estereotipos. La mayoría intentaban hacer por sí mismas algunas de las tareas de casa, pasaban mucho tiempo con sus hijos o echaban una mano en el colegio. A veces, se compaginaban con la niñera o la interna, una ayuda profesional que habitualmente les hace sentir mal. Una de las encuestadas, por ejemplo, había ocultado a su esposo que había ampliado el horario de su empleada del hogar mientras él no estaba en casa, ya que era él quien debía pagarlo.

Cuando no puedes explotar tu talento fuera de casa, lo tienes que hacer en el hogar. (iStock)
Cuando no puedes explotar tu talento fuera de casa, lo tienes que hacer en el hogar. (iStock)

Cuanto más al mando se sienten en sus hogares, mejor se sienten estas mujeres. “Estoy al cargo de todo en casa”, le explicó a Sherman otra de las entrevistadas. “Tengo muchísima suerte de haberme casado con alguien que nunca me hace sentir que contribuyo menos que él”. Este marido “ideal” no cuestionaba el dinero que ella se gastaba –quizá porque entendía que, en el fondo, era de los dos aunque lo ganase él, puesto que había implicado el sacrificio de ella– y porque se repartía bien con él las labores mundanas. Si todos necesitamos sentirnos útiles para ser felices, esto resulta aún más acuciante en el caso de las familias adineradas. Cuanto más se tiene, más justificaciones se buscan.

La masculinidad dañada

Un pequeño porcentaje de las encuestadas, no obstante, no muestran ningún complejo a la hora de disfrutar del dinero familiar. En parte, porque consideran que el consumo y el ocio son parte de su trabajo, quizá porque las fronteras desaparecen: labores como buscar un nuevo piso, rediseñar el hogar o decorar el domicilio son vistas como un trabajo por algunas de ellas, desvela Sherman, así como gestionar las compras semanales. Considerar trabajo la administración del consumo en el hogar es otra manera de aliviar la parte traumática de tener demasiado dinero.

Para que sus maridos no se sientan amenazados por cobrar menos, sus mujeres les dejan que administren la economía familiar

No obstante, en la mayoría de casos, el consumo suele ser un problema. La socióloga vuelve a su tesis principal para explicarlo. La riqueza, recuerda, solo está justificada a través del trabajo duro; no digamos ya el consumo excesivo e indulgente, que está mal visto en todos los casos, pero más aún si tú no has ganado ese dinero. Por lo tanto, no hay nada más inmoral, visto desde fuera, que una mujer que gaste el dinero de la familia en sí misma. No solo no han hecho gran cosa –aparentemente– para obtener esa riqueza, sino que la dilapidan en sí mismas. Aunque vivamos en una sociedad basada en el consumo, gastar sin contribuir está mal visto. De ahí que “cuando los maridos valoran la actividad de su esposa como trabajo valioso, estas se sienten más a gusto ”.

¿Y qué pasa cuando la situación se da al revés, es decir, cuando es la mujer la que aporta el sueldo y no el hombre? La respuesta muestra bien la asimetría de los criterios con los que seguimos valorando el mérito de hombres y mujeres. Los hombres se sentían mal, sí, pero no por gastar el dinero de la familia, sino porque se sentían “amenazados”. Como reacción, las mujeres tendían a complacer su necesidad de control dejando que llevasen las riendas de la economía familiar, poniéndolos al frente de sus inversiones o, incluso, regalándoles una cantidad de dinero para que hiciesen con él lo que quisieran. Todo por no dañar su masculinidad.

Alma, Corazón, Vida

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