los hábitos de la precariedad

"¡Aquí no pagaba ni el 'tato'!": A los españoles ya no les da vergüenza deber dinero

Después de más de año y medio de recuperación en las cifras 'macro', la sociedad recupera sus hábitos de consumo, pero hay algunas cosas que llegaron con la crisis para quedarse

Foto: Un hombre arruinado. (iStock)
Un hombre arruinado. (iStock)

La crisis era una oportunidad, decían. Un punto de inflexión para ordenar nuestras prioridades y no caer en los mismos errores del pasado. Con los datos macroeconómicos dibujando un panorama de recuperación objetivo desde 2016, ¿realmente los residentes en España han aprendido algo? Pues vistos los datos, no demasiado: la vivienda vuelve a subir, los créditos al consumo para vacaciones o coches aumentan, se firman más hipotecas y casi nadie ahorra. La memoria es frágil.

Sin embargo, sí hay algunos puntos en los que parece que los siete años de durísima recesión han dejado huella: no nos da tanta vergüenza dejar de pagar las deudas, nos hemos aficionado a los cupones descuento, las ofertas y los productos ‘low cost’, nos acordamos de apagar las luces y de controlar el gasto telefónico y casi nadie paga ya una cantidad obscena por comer fuera de casa. “Es que lo que ha pasado no es una crisis de consumo, sino un consumo en crisis”, resume el sociólogo Luis Enrique Alonso.

Después de casi dos años seguidos de llamadas a todas horas, a mi familia, a mi novia, la verdad es que me da igual

Las deudas. Parece un tema tabú, pero la repentina pérdida de poder adquisitivo y las sucesivas oleadas de pagos pendientes, han entrenado a mucha gente en lo que Honoré de Balzac llamó ‘El arte de pagar sin gastar un céntimo’. O de retrasar los pagos sin sentir particular vergüenza. Es el caso de Carlos. Se quedó en paro en 2013. Y su cuenta, definitivamente a cero en 2015.

Primero dejó de pagar el comedor de su hijo. Luego, las cuotas de la tarjeta de crédito. Más tarde, “otras cosas menores, como retrasar todos los recibos con el Ayuntamiento”. Carlos ya tiene trabajo, aunque gana poco más de 1.000 euros al mes. Aún tiene deudas con su entidad bancaria. Pero “después de casi dos años seguidos de llamadas a todas horas, a mi familia, a mi novia, la verdad es que me da igual”. Carlos no pagaba porque no tenía dinero. Ahora, dice, ya no le da ningún apuro tener “pufos pendientes. Cuando pueda, lo pagaré y mientras tanto, ¡qué le vamos a hacer!

Desdramatizar los retrasos en los pagos

El delegado de Hacienda de la Diputación en un Ayuntamiento castellano ya se ha acostumbrado también. “Yo les digo a los que no pueden pagar el IBI o el impuesto de circulación hasta cuando pueden retrasarlo sin demasiados recargos y sin miedo de embargo”, explica sin querer que figure siquiera su nombre de pila. "La gente ya sabe manejar mucho mejor estos asuntos sin entrar en pánico", sonríe el funcionario.

“En nuestros grupos de discusión, es verdad que mucha más gente dice que ya no le produce especial angustia la deuda generada”, coincide el catedrático de Sociología Luis Enrique Alonso. “El retraso en los pagos se ha desdramatizado mucho”, reflexiona el profesor, que cree que la vuelta a los viejos hábitos precrisis “estaba clara porque el discurso imperante es el de la no racionalización del consumo”.

Los más legales son los que realmente no tienen nada. No pagan porque no pueden, no como el tipo que te lo dice desde un Mercedes

Es un experto en cobros que trabaja disfrazado de Sherlock Holmes, pero pide que, “haciendo honor al nombre del diario, se mantenga mi nombre como confidencial”. Sherlock tiene menos trabajo que antes. “Se nota mucho en el último año y medio, porque antes no pagaba ni ‘el tato’”, asegura. Para este profesional “los que son más legales son los que realmente no tienen nada. No pagan porque no pueden, no como el tipo que te dice que no puede montado en un Mercedes enorme y fumándose un puro”. Sherlock, tirando de experiencia, afirma que “la gente normal no es jeta, pero acaba aprendiendo a negociar”. Y antes de concluir lanza una sentencia: “Gente con morro la ha habido siempre… y siempre la habrá”.

Para el abogado Santiago Viciano, uno de los socios de Lean Abogados, "ha cambiado mucho la percepción social de las deudas desde que comenzó la crisis hasta ahora, eso está claro". En opinión del letrado "se ha perdido el estigma que suponía ser un moroso, sobre todo por los abusos de los acreedores, que muchas veces eran y son los bancos o las compañías de telefonía, que no gozan, precisamente, de la simpatía general".

Cambio cultural

Para Viciano es "obvio" ese cambio cultural, pero para él es aún más extenso y no solo incluye a los pequeños deudores que no tienen para pagar puntualmente, sino a los empresarios que han quebrado: "Ahora se habla del derecho a fracasar o de que si te caes después te levantas y eslóganes importados de la tradición anglosajona". Según su análisis esa transformación comienza con la Ley Concursal de 2003, cuando se reconoce el derecho a la quiebra de las personas físicas, y, sobre todo, de la Ley de Segunda Oportunidad de 2012.

Y un apunte, el abogado recuerda que cada vez ha sido más leve lo asociado a las deudas: "De la muerte en la Edad Media a delito penal en los años setenta a lo de ahora...". Y cierra con una pincelada erudita: "La palabra bancarrota venía de que a los comerciantes que había quebrado les rompían una silla en la cabeza para que nadie hiciera negocios con ellos".

Ahora se habla del derecho a fracasar o de que si te caes después te levantas y eslóganes de la tradición anglosajona

Así que algunos pequeños hábitos sí se han quedado para perdurar, como el control de las luces en casa, "reforzado además por el prestigio de lo ecológico", apunta Alonso. También los menús del día "con producto de mercado" pero a precios razonables, como explican desde el restaurante Roca: "Nadie paga ya por pagar. Los sobreprecios solo valen en sitios muy concretos y para un público muy concreto". Pero si parece indiscutible que el miedo a la precariedad laboral ha llegado para quedarse, lo de controlar el consumo parece que se ha esfumado en solo año y medio, si es que alguna vez fue una convicción real.

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