EL ÚLTIMO EREMITA

El misterio del hombre que vivió 27 años solo en el bosque (y la lección que aprendió)

En 2013, la policía de Maine detuvo al perpetrador de miles de robos. Pero eso no era lo más sorprendente, sino que no había tenido ningún contacto humano desde hacía décadas

Foto: El retrato de Christopher Knight realizado por la cárcel del condado de Kennebec.
El retrato de Christopher Knight realizado por la cárcel del condado de Kennebec.

En abril de 2013, Christopher Knight fue por fin detenido en Maine, tras cometer una larguísima serie de delitos desde el año 1986. Lo más llamativo del caso no era que hubiese realizado un millar de robos sin ser pillado, sino el descubrimiento de su verdadera identidad. Era el mismo Christopher Knight que había desaparecido en abril de 1986 sin dejar rastro y del que nunca nadie volvió a saber nada. Pero sus gafas de 'geek' no engañaban a nadie: aquel joven inadaptado de 20 años se había convertido en un perfecto ladrón y eremita de 47 años de edad que había pasado las últimas dos décadas y media totalmente aislado en el bosque. Tan solo tuvo una conversación en ese tiempo: un saludo mutuo con un paseante.

La curiosidad despertada a su alrededor llevó a más de 5.000 periodistas a solicitar una entrevista con él. Tan solo uno de ellos lo consiguió. Se trata de Michael Finkel, colaborador de medios como 'The New York Times' o 'Rolling Stone' que convirtió sus nueve entrevistas de una hora en la base de un libro, 'El extraño del bosque' (Lince). En él no solo reproduce la odisea de Knight al margen de la sociedad, como un eremita moderno (o como el último de ellos, tal y como reza el subtítulo del libro), sino que intenta descifrar las motivaciones de un hombre que, en apariencia, “solo quería evitar todo contacto con los demás”.

Ni tenía una motivación religiosa, ni odiaba el mundo, ni quería descubrirse a sí mismo. Su caso no encaja con nada de lo que sabemos

La mente de Knight parece indescifrable. En primer lugar, porque nadie ha sido capaz de diagnosticar una condición exacta. Ni autismo ni Asperger, dos condiciones que para algunos podrían explicar por qué decidió perderse para siempre. O, mejor dicho, cometer el acto que más se puede parecer a un suicidio sin acabar con la propia vida. “Su capacidad para planear las cosas y su habilidad para sobrevivir completamente solo no tiene precedentes”, explicaba el autor en el programa de radio 'The Lonely Hour'. “No encaja en ninguna etiqueta. Es un caso aparte en todos los sentidos”.

El campamento en el que Knight vivía en el momento de su detención. (Reuters/Maine State Police)
El campamento en el que Knight vivía en el momento de su detención. (Reuters/Maine State Police)

El periodista explica en el libro que, durante milenios, las personas han intentando vivir al margen de la sociedad por tres grandes razones. En primer lugar, por una motivación religiosa, tal y como Jesucristo hizo en su peregrinación por el desierto. En segundo lugar, por desprecio al mundo que los rodea, como ocurrió con Lao-Tse, el ermitaño al que se atribuye el Tao Te Ching, obra esencial del taoísmo. Por último, como una forma de exploración, tanto de la creatividad como del propio yo, tal y como narró Thoreau en 'Walden'. Pero Knight no encaja en ninguna de las categorías a pesar de haber protagonizado una de las huidas más largas de las que se tiene noticia.

Conducir, caminar, perderse

¿Puede su peripecia vital ayudarnos a entender un poco mejor al último eremita? Su vida laboral antes de desaparecer a los 20 años fue corta, aunque le proporcionó unos cuantos útiles conocimiento a la hora de convertirse en un consumado ladrón: instaló alarmas en vehículos y casas. Un buen día, Knight no apareció en su puesto de trabajo. Cobró el último cheque y sin decir nada a nadie –“No tenía amigos ni me interesaban mis compañeros”– emprendió un viaje por la costa este de EEUU hasta Florida, parando solo en hoteles y bares de mala muerte. Entonces tuvo una idea. Desaparecer.

No puedo explicar mis acciones. No tenía ningún plan cuando me marché, no pensaba en nada. Simplemente lo hice

Para ello decidió volver al hogar o, al menos, a Maine. Pasó por delante de la casa de su familia, sin parar para despedirse, y siguió hacia el norte. Cuando la gasolina estaba a punto de acabarse, se desvió por un pequeño camino. Luego, por otro pequeño sendero que salía de ese pequeño camino. Y, cuando no pudo seguir más con el coche, caminó a través de los árboles. El coche, a día de hoy, sigue perdido en algún lugar que Knight no ha sido capaz de identificar, devorado por el bosque. “Para el resto del mundo, dejé de existir”, explicó el eremita al periodista. Incluida su familia, que nunca llegó a aceptar por completo la muerte del joven.

“No puedo explicar mis acciones”, reconocía al periodista, ávido de respuestas. “No tenía ningún plan cuando me marché, no pensaba en nada. Simplemente lo hice”. Y lo hizo dos años antes de que Nike alumbrase su célebre eslogan (“Just Do It”). Sus motivaciones pueden parecer confusas, pero el eremita fue lo suficientemente hábil como para cortar todo lazo con la sociedad y aun así sobrevivir durante décadas. El principal problema era saber cómo librarse del hambre, un imprevisto que no encajaba en su espíritu de “increíble compromiso y completa falta de planificación”. Era como si se hubiese ido de acampada durante un fin de semana y no hubiese vuelto a casa en un cuarto de siglo.

Knight, durante un golpe de 2012.(Reuters/Maine State Police)
Knight, durante un golpe de 2012.(Reuters/Maine State Police)

Si hubiese seguido haciendo lo que intentó durante sus primeros días –comerse cruda a una perdiz atropellada–, probablemente habría muerto rápido. A pesar de haber roto peras con la sociedad, le parecía inmoral robar, pero 10 días después, no le quedó otra. En primer lugar, un poco de maíz de un jardín; más tarde, algunas patatas; poco a poco, el listón fue subiendo y sus métodos se fueron perfeccionando hasta llegar a perpetrar unos 1.000 allanamientos de morada en el pueblo de Rome. Alrededor de uno a la quincena, que le proveía de alimentos para los siguientes 14 días. Pero no le resultaba nada fácil: “Mi adrenalina se disparaba, mi ritmo cardíaco se desbocaba. Siempre tenía miedo al robar. Siempre. Quería salir tan pronto como podía”.

El sentido profundo de la vida

Knight repitió este proceso en cientos de ocasiones, pero nunca pudo despojarse de un agudo sentimiento de culpa por agenciarse la propiedad ajena. Sin embargo, como recuerda el autor de su biografía, dar mil golpes requiere “precisión, paciencia, valentía y suerte”. El eremita observaba durante horas y horas a sus potenciales víctimas –por las que nunca sintió ninguna envidia– hasta que conocía sus horarios. Los golpes solían producirse a mitad de semana, de noche, especialmente si estaba nublado o llovía.

“Mis deseos desaparecieron”, explicó al periodista. “No anhelaba nada. Ni siquiera tenía nombre. Por decirlo de manera romántica, era libre”

En un primer momento, prefería que la noche fuese despejada, para que la luna le guiase a la despensa de sus víctimas, pero cuando empezó a sospechar que la policía podía estar detrás de él (durante años, Knight exploró las mismas 100 cabañas una y otra vez hasta conocerlas al dedillo, así como el campamento Pine Tree), se decantó por la noche cerrada. La tecnología evolucionó a lo largo de las décadas, y con ella, los métodos del eremita, que gracias a sus conocimientos, era capaz de apagar sistemas de vigilancia o quitar las tarjetas de memoria de las cámaras. Cuando los vecinos comenzaron a dejarle comida en la terraza para que se la llevase, la ignoró por miedo a que fuese una trampa.

“El nivel de disciplina que mostró mientras se introducía en estas casas se encuentra más allá de lo que podamos imaginar”, explicó un oficial de policía después de su detención. “Los preparativos, el reconocimiento, su talento con las cerraduras o su habilidad para entrar y salir sin ser detectado”. Todo se vino abajo en abril de 2013, cuando ya era una leyenda local (los ocasionales avistamientos del eremita le habían granjeado el apodo de 'el ermitaño de North Pond'), el día que la policía irrumpió en el campamento donde había vivido durante décadas, que era básicamente una lona sujetada por cuerdas, una cama, una radio y un hornillo portátil de propano. Nunca se sintió solo en esos 27 años, desveló.


“Mis deseos desaparecieron”, explicó al periodista. “No anhelaba nada. Ni siquiera tenía nombre. Por decirlo de manera romántica, era libre”. La de la absoluta comunión con la naturaleza y la extinción del deseo (pero también del miedo) es una sensación habitual entre los grandes eremitas, recuerda el periodista. “La soledad incrementó mi percepción. Pero aquí está el truco: cuando la apliqué a mí mismo, perdí mi identidad. No había público, nadie a quien mostrarme. No necesitaba definirme. Era irrelevante”. En un momento de su íntima conversación, el periodista le preguntó al eremita lo que todo el mundo que ha leído la historia querrá saber, es decir, qué había aprendido después de tres décadas lejos de todo. ¿La respuesta? “Hay que dormir lo suficiente”.

Alma, Corazón, Vida

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