La locomotora de europa

Por qué la gente piensa que los alemanes son tan eficientes (y luego no)

Cuando viajamos al país germano nos quedamos maravillados por su supuesta eficacia en todos los aspectos de la vida. Pero, ¿de dónde viene esa percepción? ¿Ha existido siempre?

Foto: En Alemania todo parece ir sobre la seda. (iStock)
En Alemania todo parece ir sobre la seda. (iStock)

Cada país asume con mayor o menor soltura los estereotipos que el resto le imponen. Sin ir más lejos, los españoles tenemos que lidiar con los falsos mitos de la siesta diaria, la holgazanería y la impuntualidad, por no hablar de los que creen que el flamenco y los toros se dan por igual en toda la Península. A menudo, aquellos que no se ven reflejados en estos clichés los interpretan como poco menos que un insulto. Los alemanes, por ejemplo, están hartos de que se les asocie con una mentalidad fría y calculadora, o, peor aún, con su pasado nazi. Con todo, hay un lugar común con el que sí se sienten identificados: les encanta oír que son eficientes.

Su eficiencia es, en efecto, un tema candente entre los extranjeros que visitan Alemania. Nos maravillamos con la puntualidad de sus trenes, con sus 'Autobahns' sin límites de velocidad, con los discursos sosegados del Reichstag y, por supuesto, con el peatón que espera pacientemente a que cambie de color el semáforo para cruzar la calle, el cual te advertirá con educación si se te pasa por la cabeza hacer lo contrario.

Se idealiza milagro económico alemán de los 50 y 60, pero se ignora el dinero que recibía para combatir el comunismo

Sin embargo, tras esa fascinación por 'la forma alemana de hacer las cosas' encontramos un estereotipo. Uno falso, como otro cualquiera, forjado a lo largo de sus siglos de historia. Lo que la mayoría de la gente interpreta como eficiencia, asegura la periodista Giulia Pines, residente en Berlín, es en muchos casos el gusto alemán por las normas, un rasgo que suele dejar a los extranjeros algo desconcertados. De la misma forma, la periodista Helen Pidd explica en 'The Guardian' su alta (y famosa) productividad con base en la rigidez de sus reglas: “No tiene sentido agitar las manos como un loco para que el conductor del autobús te deje pasar una vez ha cerrado las puertas: el horario estricto no deja tiempo a la compasión”.

El gusto por las normas

“Si bien el seguir las reglas puede ayudar en la ejecución perfecta de las tareas cotidianas, realmente no marca la diferencia cuando se trata de grandes proyectos simbólicos de importancia nacional”, asegura Pines en la 'BBC', quien señala el eterno retraso (no está prevista su apertura para antes de 2019) del aeropuerto de Berlín-Brandeburgo Willy Brandt o el despilfarro de la filarmónica del Elba, en Hamburgo, como algunos de los casos paradigmáticos que echan por tierra su supuesta eficiencia sobrehumana.

El mito, con raíces en la religión, el nacionalismo y el pensamiento ilustrado, alcanzó su apogeo en el siglo XX, pero desde entonces ha sobrevivido como una manera simplista y deficiente para poner a los alemanes en el mapa; todo ello a pesar de las guerras devastadoras, de un muro que dividió en dos al país y la crisis económica reciente. Para encontrar sus orígenes, hay que remontarse a Prusia, un reino que ocupaba gran parte de la actual Alemania y parte de Polonia.

Martín Lutero. (Wikimedia Commons)
Martín Lutero. (Wikimedia Commons)
El abismo que separaba a los prusianos, conocidos por su nacionalismo exacerbado y su ética en el trabajo, de los bávaros se amplió todavía más tras la adopción del protestantismo luterano por parte de los primeros. Precisamente fue Martín Lutero, el fraile que impulsó la reforma religiosa en el Sacro Imperio Romano Germánico, el que fomentó las virtudes prusianas, que luego han influido tanto en la representación de los alemanes como trabajadores y respetuosos con la autoridad (justo las cualidades que Hannah Arendt observaría durante los juicios de Adolf Eichmann).

Prusia no solo reclamó estas características para sí, sino que ayudó a convertirlas en rasgos nacionales. Hasta mediados del XIX, Alemania había sido poco más que un grupo de reinos dispares que se unían de vez en cuando para combatir en disputas fronterizas contra los franceses o eslavos. Prusia y su primer ministro, Otto von Bismarck, acabaron con este modelo y tras la guerra franco-prusiana contra Napoleón III comenzó a construirse lo que hoy conocemos como Alemania.

Adiós al romanticismo alemán

De hecho, según James Hawes, autor de 'The Shortest History of Germany', fue esta victoria la que realmente cimentó el estereotipo de la eficiencia alemana: “Para los británicos del principio del XIX, Alemania era un país atrasado. Entonces, de repente, de la noche a la mañana, aplastaron a los franceses, la principal potencia militar de Europa. Parecía un extraño milagro en aquel momento”. Atrás quedaron los exuberantes románticos, el caminante sobre el mar de nubes, los bosques oscuros, los bebedores de vino, los viajeros solitarios… para dejar paso a la mentalidad prusiana.

El conductor del autobús no te dejará pasar una vez haya cerrado las puertas: el horario estricto no deja tiempo a la compasión

Es fácil comprender que el cliché estuviese vivo en el XIX e incluso a principios del XX, pero ¿cómo sigue existiendo después de la victoria aliada de 1945? Según Markus Hesselman, editor de 'Tagesspiegel', existía entre los países enemigos del III Reich una cierta fascinación por la rápida recuperación alemana tras el Tratado de Versalles. De la misma forma, se idealiza el Wirtschaftswunder, el llamado milagro económico alemán de los 50 y 60, como la prueba del éxito de su eficiencia, ignorando así cuánto dinero se estaba inyectando para impulsar a Alemania Occidental contra los rusos.

Guerra franco-prusiana. (Wikimedia Commons)
Guerra franco-prusiana. (Wikimedia Commons)

El cliché, por tanto, tiene algo que ver con la historia, pero todavía más con la fantasía. De esta forma, quizá la próxima vez que vayamos a tierras alemanas veamos en sus defectos, sus aeropuertos sin terminar y el relato que explica las virtudes prusianas razones suficientes para humanizarles y, por fin, derribar el mito que tanto empequeñece al resto.

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