LA VENGANZA SE SIRVE VIRAL

Las mejores cartas de queja de la historia

Hace unos años, nació un nuevo género literario: la carta viral poniendo a parir los servicios de una empresa, y que suele funcionar mucho mejor que el servicio de atención al cliente

Foto: ¿Qué me estás container? (iStock)
"¿Qué me estás container?" (iStock)

Corría el ya lejano enero de 2009, y la desencantada pasajera de un vuelo de Virgin Airlines decidió remangarse, coger teclado y ordenador y escribir al presidente de la compañía, al mismísimo Richard Branson, para protestar por el bollo que le habían servido en su vuelo desde Dubái hasta Londres. Eran otros tiempos, en los que “viral” aún no era un término que servía para cualquier cosa, pero la carta terminó llegando a todos los rincones del planeta. Tanto es así que hasta el propio Branson llamó por teléfono a la autora agradeciéndole su “irónica” misiva.

¿Qué tenía la queja para que hoy en día se considere “la mejor queja de la historia”? Que estaba muy bien escrita, tan fácil como eso. “Irónicamente, al final del viaje habría pagado alegremente más de mil rupias por una sola galleta después del descenso a los infiernos culinarios al que me vi sometida a manos de su empresa”, escribía la enfadada pasajera. “Es que míralo, Richard, míralo”. Y, a continuación, una tétrica instantánea del bollito que le había caído en gracia.

¿Qué es esto? ¿Por qué me ha tocado? ¿Qué he hecho yo para merecer esto? Y ¿cuál es el primero y cuál es el postre?

La misiva seguía, y durante unos cuantos párrafos más. “Imagino estarán atravesando su brillante mente las mismas preguntas que recorrieron la mía durante ese día desgraciado”, proseguía. “¿Qué es esto? ¿Por qué me ha tocado? ¿Qué he hecho yo para merecer esto? Y ¿cuál es el primero y cuál es el postre?” Dos claves inconfundibles de estilo: tratar a sir Richard Branson como si te estuvieses quejando con tu colega Richard de la bazofia que te ha tocado en el avión y la hipérbole. Es decir, convertir el conocido “vaya asco la comida de los vuelos” en una perorata que ni Fidel Castro en un día inspirado.

Saltemos unos cuantos párrafos –aunque el que quiera leer la carta entera, y de paso aprender un poco de vocabulario, puede hacerlo aquí–, un puñado de fotografías de esa “escena del crimen culinario” (y unas cuantas de Boris Johnson, por cierto) y lleguemos al clímax del asunto: “Así que esto es, Richard. No comí una mierda. Mi pregunta es: ¿cómo puedes vivir así? No puedo imaginar cómo son las cenas en tu casa, debe ser algo sacado de un documental de naturaleza”.

¿Moraleja? Está claro. Para llegar lejos, más valen las risas virales que las pataletas ante el teléfono. Injusto, probablemente, pero así es la vida en el siglo XXI. De ahí que 'The Telegraph' haya recopilado otras quejas similares. Entre ellas, por ejemplo, que Ryanair llame al aeropuerto de Gerona “Barcelona Girona Airport”, quizá un tanto engañoso para el que no sepa que entre ambas ciudades hay más de 100 kilómetros.

El sutil

El bueno de Bobby Freeman solicitó un reembolso por su billete de tren a una compañía británica, y esta le comunicó cordialmente por carta que no era posible, ya que el plazo de 28 días se había vencido. Freeman respondió una última vez acusando el recibo y añadiendo el siguiente mensaje: “Adjunto su carta y probablemente notarán que me he tomado la libertad de enrollarla, lo que hará que sea más fácil introducirla por su ****” (los asteriscos son nuestros).

El escatológico

Sobran las palabras.
Sobran las palabras.

Una heredera directa de la carta pionera de Virgin, que reconstruye con todo lujo de detalles y británica ironía el descenso a los infiernos del pasajero del asiento 29E: “Todos mis sentidos están siendo torturados al mismo tiempo. Es difícil decir qué es lo peor de sentarse en el 29E. ¿Es el hedor del fluido desinfectante que emana del baño sobre mi cuerpo cada sesenta segundos cuando se abre la puerta? ¿Es el 'woooooooo' constante de la cadena? ¿O son los culos de los pasajeros que parecen encajar en mi espacio personal como un puzzle pornográfico?” La carta sigue y sigue, pero lo mejor son los ilustrativos dibujos que nos muestran esquemáticamente qué ocurre cuando te sientas en el asiento de al lado de los retretes.

El peor hotel de Gran Bretaña

Parece paradójico que el peor lugar para pernoctar en las islas sea la cadena Hoteles Britannia, pero eso es lo que aseguraba una reciente encuesta. Así que unos cuantos de cientos de personas se sentirán identificados con la misiva de Anthony Matthews, que visitó su franquicia de Primrose Hill Road. Por sus palabras, parece estar genuinamente contento de haberse quedado ahí: “Me llamó la atención el increíble diseño interior del lobby, bar y restaurantes: están volviendo los setenta, ¿no? El hecho de que el vuestro sea original le da otro toque”; “La luz también era muy buena, y brillante. No tiene sentido tener una decoración tan bonita si está demasiado oscuro, y nunca sabes cuándo tendrás que hacer un poco de cirujía cardiotorácica a vida o muerte”.

El desayuno cocinado el miércoles estaba muy bueno. Lo malo es que me lo han servido el viernes

Anthony, del que nos hemos convertido en grandes admiradores, remata la faena de la siguiente manera: “Tengo que decir que he disfrutado del desayuno, cocinado de forma totalmente fresca el miércoles por la mañana”, agradece. “Por supuesto, quizá era un poco tarde el viernes para comerlo, así que los huevos fritos eran un poco 'nouvelle cuisine' para mis poco sofisticados gustos”. El visitante animaba a la cadena a que le comunicasen cuándo subirían los precios aún más para volver a visitarlos.

La furia de James Lockley

Volvemos a los aires para terminar, en concreto con una carta que desde abril de 2014 se ha compartido casi 70.000 veces y en el que su autor reflejaba la “fantástica experiencia” que había tenido que vivir. Su objeto de furia era, en este caso, los empleados de Ryanair, gracias a los cuales perdió el vuelo que le debería haber llevado a Bratislava. El primero, un asistente de vuelo que “era un niño y, como se le había olvidado llevar a mamá al trabajo, solo escuchó la mitad de mis palabras antes de que su cerebro se derritiese como una tarta”. Este les envió a una fila de facturación equivocada, asegurándoles que llegarían a la hora. No fue así: otra trabajadora les comunicó que se acababa de cerrar en ese momento el vuelo y que lo habían perdido.

¿Adivinan cuál fue su respuesta cuando James se quejó? Como no podía ser de otra forma, echar la culpa a su compañero. La cosa no quedó ahí, sino que irrumpió en escena otro tipo No Muy Listo, como le denomina el viajero frustrado, que les echó la bronca por no haberse dejado notar más cuando escucharon que el embarque estaba a punto de cerrarse (algo que, ejem, nunca llegó a anunciarse). La trama se complica aún más, pero en resumidas cuentas, los apurados empleados se echaron la culpa mutuamente y enviaron a la familia a una “larga, muy larga cola de gente descontenta, muy descontenta, en el mostrador de Atención al Cliente, que en realidad era más bien el mostrador de Gritar al Cliente”.

“¡El check-in abre tres horas antes del vuelo!”. (iStock)
“¡El check-in abre tres horas antes del vuelo!”. (iStock)

Eso es lo que se encontraron en este nuevo círculo del infierno en tierra –no habían podido despegar, claro–, personificado en un veterano y gruñón trabajador que no solo aterrorizaba a sus compañeros de compañía, sino también a los desafortunados viajeros. “¡El check-in abre tres horas antes del vuelo!”, gritaba una y otra vez a cada una de las preguntas de James, tales como “¿por qué debemos perder el vuelo porque un trabajador de Ryanair se haya equivocado?” (“¡el check-in abre tres horas antes del vuelo!”), “¿de qué color son mis pantalones?” (“¡el check-in abre tres horas antes del vuelo!”) o “¿va a despedir el Manchester United a David Moyes?” (“¡el check-in abre tres horas antes del vuelo!”).

Después de unas cuantas aventuras más que se alargaron durante casi una hora, una empleada les comunicó, cuando intentó reubicar su vuelo, que en realidad el avión que habían perdido aún seguía en tierra por un retraso, y que debían correr si lo querían coger. ¿El problema con el que se toparon después de un largo sprint? Que la seguridad no les podía permitir el paso, porque a pesar del retraso, el vuelo oficialmente ya había salido, por lo que sus billetes no eran válidos. El texto final, que ha aparecido en medios de todo el mundo, puede verse ya no como una simple queja, sino como una venganza en toda regla.

Alma, Corazón, Vida

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