Las cosas que la gente inteligente no dice nunca a quienes les rodean
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CUANDO UN PIROPO ES DEVASTADOR

Las cosas que la gente inteligente no dice nunca a quienes les rodean

No hace falta tener un coeficiente intelectual de 200 para no soltar algunas de estas frases que, aunque bienintencionadas, nos suelen dejar en muy mal lugar

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Las cosas que la gente inteligente no dice nunca a quienes les rodean

En nuestro día a día, especialmente en el siempre peliagudo mundo laboral, es frecuente que sintamos la tentación de realizar comentarios sobre las personas que nos rodean. Se trata de observaciones en principio bienintencionadas, casi piropos, que tienen como objetivo que aquellos a quienes van dirigidos se sientan un poco mejor. Pero como dice el refrán (y vamos a ver que estos no son siempre la mejor guía para pasar por ser los más listos del lugar), el camino al infierno está empedrado de buenas intenciones.

Dentro de esta categoría de comentarios de buen rollo –pero en el fondo, infernales– pueden catalogarse todos aquellos que, sutilmente, dejan entrever una cierta condescendencia hacia nuestros compañeros. Algunos de ellos han sido recopilados en un reciente artículo de 'Indy 100', pero podemos añadir otros tantos que funcionan de una manera similar. Vamos a ver cuáles son y por qué, haciendo un poco de microsociología, resultan tan molestos para el que los escucha:

¡Qué mala cara tienes!

Son las ocho de la mañana del lunes y nos cruzamos con un compañero que porta en su rostro unas ojeras, síntoma inconfundible de una mala noche, un mal domingo o, quizá, un terrible fin de semana. Nuestro sentido de la empatía nos llevará a intentar iniciar una conversación con nuestro pobre colega con un comentario con el que pensamos que demostramos que a) Nos hemos fijado en su (lamentable) estado y b) De verdad nos preocupa lo que le puede haber pasado.

“¿Qué quieres que te diga”, se pregunta la autora. “¿Que te diga 'sí, estoy cansada', seguido por una larga historia de por qué lo estoy?”

No es lo mejor que podemos hacer, por mucho que lo hayamos planteado como un comentario comprensivo. Básicamente, porque el mensaje principal que está recibiendo la otra persona –que, recordemos, no está atravesando su mejor día– es que, efectivamente, se le nota lo mal que está. No solo se encuentra regular, sino que además, los demás se están dando cuenta. En segundo lugar, tal y como recuerda la “carta abierta a la gente que dice 'tienes mala cara'” publicada en 'Thought Catalog', el destinatario tiene poco margen para responder. “¿Qué quieres que te diga?”, se pregunta la autora. “¿Que te diga 'sí, estoy cansada', seguido por una larga historia de por qué lo estoy?”

Básicamente, toda posible respuesta a esta frase es un “estoy bien” o, como mucho, “sí, un poco cansado”, es decir, lo que nos han enseñado a decir en estos casos en los que comprometemos a alguien a responder (¿y si estamos poniéndole en un aprieto al realizar dicha pregunta?). Sobre todo, porque cuando hacemos dicha pregunta, fática ante todo, lo que no esperamos es una contestación sincera.

“Has adelgazado”

Otra de esas frases envenenadas que pueden parecer un piropo pero que, sutilmente, dejan bastante mal al que las pronuncia. En primer lugar, sugiere que damos tanta importancia a la apariencia personal que consideramos que cualquier cambio en la apariencia personal debe ser debidamente comunicado como un cumplido. Aunque no nos parezca mal, no hay que ser un lince para entender que si alguien llama la atención sobre lo delgado que estás, es porque probablemente antes consideraba que te sobraban unos cuantos kilos. En cualquier caso, por mucho que las buenas intenciones guíen nuestro comportamiento, ¿quién eres tú para juzgar a nadie?

'Qué mal estás, ¿no? Tienes mala cara. Pero muy mala cara, la verdad. Pero no te pongas así, que no he dicho nada...' (iStock)
'Qué mal estás, ¿no? Tienes mala cara. Pero muy mala cara, la verdad. Pero no te pongas así, que no he dicho nada...' (iStock)

“Aparentas menos edad de la que tienes”

Un clásico de los piropos tontorronamente hirientes, que puede resultar particularmente delicado según a quién se diga, especialmente teniendo en cuenta que los prejuicios sobre la edad son cada vez más frecuentes y bajan cada vez más el listón. Al igual que ocurría con el peso, ninguna persona sensible le da demasiada importancia a la edad que aparentan o dejan de aparentar quienes les rodean. Sobre todo porque, una vez más, la implicación es que nuestro colega nos parece muy viejo.

“Tranquilízate”

No hay nada más inútil que decirle a una persona nerviosa o ansiosa, estresada hasta el límite que se tranquilice, porque probablemente no conseguirás otra cosa que ponerle aún peor. ¡Gracias por recordarme que lo que tengo que hacer es calmarme! Prueba otra cosa, pero recomendar lo obvio puede ser tan inútil y contraproducente como decirle a alguien a quien le duele el estómago “pues que no te duela, hombre”.

Refranes que los carga el diablo

A estos cuatro jinetes del Apocalipsis de la etiqueta en el trato personal, la pequeña pieza del suplemento de 'The Independent' añade un curioso extra: los refranes o, mejor dicho, las frases comodín que solemos utilizar a menudo para quedar bien y que consiguen el efecto completamente opuesto, es decir, hacernos pasar por unos cazurros con pretensiones. Además, en este caso, se utilizan tanto en la Conchinchina como en el Paseo de la Castellana:

La excepción que confirma la regla

Un “topicazo” que derribó el filósofo Fernando Savater. Este sospechaba, razonablemente, que “una regla sin excepciones es mucho más inacatable que otra que tiene alguna… o muchas”. En otras palabras, que dicha frase no tenía mucho sentido. Fue el 'Diccionario del diablo' de Ambrose Bierce el que finalmente le puso en la pista adecuada: como comprobó el autor de 'Etica para Amador', la traducción debería ser “la excepción que pone a prueba la regla”. Así que nada de excepciones mágicas que dan la razón al argumento principal.

“No debemos juzgar a nadie”, “respeto sus ideas, pero no las comparto” o “sé tú mismo” son otras frases comodín de las que abusamos

Las reglas están para romperlas

Suena muy 'cool' y muy rompedor o, mejor dicho, sonaba muy 'cool¡ y muy rompedor hace 50 años. Esta frase, relativamente apropiada en entornos creativos (aunque no sabemos si en tu agencia de publicidad te aplaudirán por tu ingenio si la sueltas en mitad de un 'brainstorming') suele ser utilizada por los grandes jetas para justificar su comportamiento. ¿Llegan tarde a una cita? Las reglas están para romperlas. ¿No limpian la casa cuando les toca? Las reglas están para romperlas. ¿Tiran los papeles al suelo en la calle? Las reglas están para romperlas.

El cambio es bueno

O malo. O indiferente. El problema con estos eslóganes es que, en realidad, no ofrecen ninguna clase de conocimiento, sino que se trata de ideas que se transmiten de boca en boca sin pararnos a pensar muy bien lo que significan o, peor aún, a quién sirven. En este caso, es más probable que lo escuchemos en boca de un responsable de recursos humanos que acaba de despedir a uno de sus trabajadores que en uno de estos empleados a punto de irse al paro, con pareja y tres hijos a su cargo.

Savater, en el artículo anteriormente citado, era particularmente crítico con las frases hechas que se repiten una y otra vez u cuyo contenido aceptamos sin pensarlo dos veces. Es el caso también de “no debemos juzgar a nadie”, “respeto sus ideas, pero no las comparto” o “sé tú mismo” que se recogen en el libro de Aurelio Arteta 'Tantos tontos tópicos'. Y, como nos enseñó el John Galliano de 'Muchachada Nui', “lo que pasa es que hay gente que siendo ella misma son mierdas secas y otros somos geniales”.

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