Tránsito a la gloria

En busca de El Dorado: qué encontró de verdad Francisco de Orellana

La increíble aventura del explorador extremeño, que recorrió el Amazonas hasta llegar al Atlántico después de cruzar los Andes

Foto: Una vista aérea del Amazonas. (Reuters)
Una vista aérea del Amazonas. (Reuters)

"Empieza por contar las piedras, que luego contarás las estrellas"

- León Felipe

En aquel tiempo desbordante de asombro, todo era intenso y efervescente. Habíamos salido del estrecho ámbito de lo domestico para hollar lugares ignotos ajenos a la más febril imaginación y vinculados a realidades antes inalcanzables. De alguna manera, se estaba sometiendo lo imposible reduciéndolo a la categoría de lo cotidiano y manejable.

El ancho y profundo océano, la enorme muralla líquida, esa enorme masa azul que imponía hasta a los más temerarios, había sido finalmente conjurada por la decisión imbatible de enormes marinos. Aquella mítica y antiquísima fantasmagoría, aquella pavorosa y fastuosa catarata que abocaba al insondable abismo, se había demostrado definitivamente falsa mientras era condenada en el imaginario de los navegantes al rincón del olvido. El espanto de verse caer entre las tinieblas y el fragor de espuma, hasta el terror mismo de la nada, era ya cosa del pasado. Los límites de la cartografía habían saltado por los aires y la celebración de la aventura estaba desatada.

Era el año 1540 y en Quito (hoy en el actual Ecuador) la ansiedad por desvelar los secretos del País de la Canela y el reto tantas veces aplazado del famoso El Dorado, mítico reino habitante de las profundidades de la jungla amazónica, habían creado unas expectativas que rebasaban lo imaginable.

300 hombres se habían puesto en marcha para afrontar uno de los retos más increíbles en la historia del descubrimiento de América

Para ello, una hueste de más de 300 arcabuceros, ballesteros y caballeros, se habían puesto en marcha para afrontar uno de los retos más increíbles en los anales del descubrimiento de América. Gonzalo Pizarro, hermano de Francisco Pizarro; con el tiempo ambos finiquitados -uno por los almagristas en el contencioso guerra civilista, el otro por Pedro Lagasca que le separaría la materia del pensamiento unos años más tarde-, avituallaría una expedición hacia aquellos lugares donde la alquimia de la sugestión pretendía crear un paraíso de oro y especias sin fin.

Gonzalo Pizarro, finalmente ante las exigencias del reto que pretendía abordar, se haría con los servicios del mayor especialista en retos extremos, Francisco de Orellana. Orellana venía de Guayaquil y antes de Panamá con la idea de sumarse a la gloria prometida tras la estela de las andanzas de Pizarro el mayor. Era un sujeto fascinante por su reputación como tipo inquebrantable ante las adversidades. Era la elección idónea para aquella apuesta.

Reto titánico

Una vez juntos, ambos, Pizarro el menor y Orellana atravesarían los Andes cual si de un reto titánico se tratara. Cientos de indios pasarían a mejor vida por las terribles congelaciones sufridas en aquellas mortíferas latitudes. Por si no fuera suficiente, un brutal terremoto de una violencia desconocida, que se estima que pudo estar en las cercanías del 8´5 en la escala Richter, acabó con otros tantos centenares de autóctonos y varias docenas de españoles. La tragedia ponía sigilosamente el acento en aquella castigada expedición.

Luego, de a poco, se fueron instalando unos enemigos minúsculos pero con letales contratiempos. Insectos de tamaño ‘king size’, serpientes de dimensiones colosales, ríos infestados de caimanes con hambre atrasada, cabreados aborígenes agredidos en su natural y silenciosa vida mundana, caudalosos ríos que parecían mares, retos sin precedentes, mosquitos con mala leche certificada; aquello era lo más parecido al fin del mundo, pero a cámara lenta.

Al final, dadas las circunstancias, no quedó otra que fluir según los dictámenes de la naturaleza, por lo que rolarían rio abajo

En aquella travesía por la nada verde, a caballo de indescifrables y sobrecogedores sonidos provenientes de la selva profunda; a la postre en su huida hacia adelante construirían un pequeño bergantín con el que se internarían en el inicialmente llamado Río Grande, más tarde bautizado como Amazonas, quizás como una licencia lírica sin mucho fundamento histórico hacia los supuestos enfrentamientos con unos airados nativos ribereños. En este punto y según las crónicas de Oviedo, Orellana y Pizarro, ante las cortapisas de tamaña adversidad, decidieron separarse. Divididos en varios grupos de a cincuenta lo intentarían, volver a la “civilización”, en condiciones de supervivencia indescriptibles.

Orellana se vería impelido a tomar una decisión de calado cuando la tropa que le acompañaba a la vista de la situación límite en la que estaban instalados comenzaría a intrigar abiertamente contra su capitán. Además, estaba el tema de las insuperables corrientes a las que debían de hacer frente si querían volver a reunirse con Gonzalo Pizarro. Al final, dadas las circunstancias, no quedó otra que fluir según los dictámenes de la naturaleza, por lo que rolarían rio abajo. Aquella decisión se mostraría histórica.

Tránsito a la gloria

En su ya famoso tránsito hacia la gloria, Orellana navegaría con una enorme balsa por el gigantesco Coca y el Napo hasta llegar definitivamente al monumental Amazonas. Este río de ríos tiene un caudal que supera el sumatorio de los diez siguientes ríos más importantes del mundo y en sus más de seis mil kilómetros de recorrido alberga más especies de peces que todas las que habitan el océano Atlántico. Incluso para ser asimilado por la imaginación visual, no deja de ser un reto colosal.

El busto de Orellana en Trujillo. (Wikimedia Commons)
El busto de Orellana en Trujillo. (Wikimedia Commons)

Mientras para Orellana se iba desvaneciendo la idea de El Dorado y el País de la Canela, su grandeza iba adoptando el registro de una leyenda de titán ante la hazaña que estaba construyendo. Como transmite uno de los cronistas de la expedición, Carvajal, muchos de los nativos locales les abastecieron durante su descenso río abajo de víveres, agua y útiles de pesca. Un principio de globalización más amable que el de Pizarro y Cortés se iba instalando por donde pasaban estas gentes en su deambular sin objetivo ante aquella terrible corriente de limo que los abducía sin remisión.

El 25 de agosto del año del Señor de 1542, se dieron de bruces contra el mar océano. Sin pretenderlo, y tras siete meses de abandono absoluto entre lo manifestado y lo desconocido, uno de los descubrimientos más increíbles de la historia conocida, le hacía legendario. Francisco de Orellana, otro digno hijo de Extremadura.

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