ENTREVISTA con christian laval

La verdad sobre el neoliberalismo: "La pesadilla que no se acaba nunca... por ahora"

¿Se puede aún pensar en el neoliberalismo como aquella ideología que hace del “menos Estado” su característica principal? El último libro de Christian Laval y Pierre Dardot responde a los principales interrogantes sobre el nuevo orden mundial

Foto: Christian Laval, profesor de la Universidad de París X Nanterre. (Gedisa Editorial)
Christian Laval, profesor de la Universidad de París X Nanterre. (Gedisa Editorial)

El académico francés Christian Laval, doctor en Sociología y profesor de la Universidad de París X Nanterre, acaba de publicar junto al filósofo Pierre Dardot 'La pesadilla que no acaba nunca' (Ed. Gedisa). Con ese mal sueño se refieren a la concepción dominante del mundo (hegemónica, si se quiere): el neoliberalismo. Sin embargo, no lo ven como cabría esperarse de dos teóricos de la izquierda, como un “mal” de los mercados financieros que tendría como cometido destruir el espacio público. Sino, más bien, como una forma histórica para un nuevo ser humano que, bajo el imperativo del rendimiento y la ley de la competencia, se apropia incluso de la vida más íntima de los individuos.

PREGUNTA. ¿Qué significa esa pesadilla que da título al libro?

RESPUESTA. La gente, nuestros lectores, se preguntan cómo puede ser que no puedan ver el fin del neoliberalismo. Esa es la pesadilla. Es como si fuéramos prisioneros de un sistema del que parece imposible salir. Durante sus inicios, el neoliberalismo se presentó como una serie de intentos de nuevas políticas. Por ejemplo, el golpe de Estado en Chile de Pinochet o la presidencia de Reagan en EEUU. Nada parecía presagiar que, en realidad, se trataba de un laboratorio político. Estas experiencias no solo se han manifestado en las políticas económicas, sino que han creado un sistema (ahora cristalizado) que engloba medidas jurídicas, sociales, educativas, culturales, institucionales… y que ha dado alternativas difícilmente irrealizables.

'La pesadilla que no acaba nunca'. (Ed. Gedisa)
'La pesadilla que no acaba nunca'. (Ed. Gedisa)

P. ¿Es esa su principal diferencia con el liberalismo clásico?

R. El clásico, que se constituyó en el siglo XVIII, tiene como principio el de la limitación del poder político, pues, bajo su concepción, la economía tiene sus propias leyes naturales y por lo tanto no pueden verse interrumpidas por la actividad política o la intervención del gobierno. En este sentido, el neoliberalismo es diferente porque en principio hay una práctica de la ilimitación. Es decir, la política de mercado se generaliza en todos los ámbitos de la vida. Denunciar al neoliberalismo como si fuera una renovación de las doctrinas de Adam Smith es equivocarse de época y de objetivo.

P. Usted señala en el libro que este espíritu empresarial, esta competitividad propia del sistema, no solo afecta a las políticas gubernamentales, sino también a lo más íntimo de cada persona. En cierta manera, el 'homo economicus' del neoliberalismo maneja su vida como si se tratase de una empresa. No obstante, ¿por qué es algo tan atractivo para el individuo?

R. El sistema ha creado nuevas subjetividades, sí, pero es necesario puntualizar. Interiorizar no significa adherirte a sus principios. El neoliberalismo es, en definitiva, un conjunto de dispositivos que sitúa a la gente en una lógica de competencia sin que se les haya consultado realmente. No es una elección, sino, más bien, una imposición que obliga a funcionar dentro de un sistema competitivo. Por ejemplo, es cierto que existe la posibilidad de que las familias elijan una escuela para sus hijos, pero en realidad no es una elección. Se ha impuesto a los padres el deber de elegir y optar por una u otra escuela. Es decir, se les ha empujado a formar parte del juego. Estas formas de naturalización de la competitividad son difíciles de detectar. Por un lado, hay gente que lo ha asumido de forma natural, pero por otro hay muchos que no son conscientes de haber caído en esta espiral.

P. Pueden ser conscientes o no, pero un sistema que abarca tanto afectará a todos por igual.

R. Por un lado, genera nuevas patologías como el estrés, la ansiedad o las depresiones. Esta competitividad empuja a la gente a sus propios límites. Es la misma lógica del capital, hacer cada vez más. Se interioriza y empuja al individuo a ir siempre más allá, igual que en el deporte de élite. Y por otro, si observamos la colectividad, también vemos una dificultad para reaccionar conjuntamente. La acción colectiva necesaria para cambiar las reglas brilla por su ausencia. El sistema se cristaliza. Si en la URSS se contestaba con represión, el neoliberalismo hace lo propio con la inhibición de la acción colectiva.

En el neoliberalismo, la política de mercado se aplica a todos los ámbitos vitales

P. ¿Y por qué esta competitividad en todos los aspectos de la vida puede ser una amenaza para la propia democracia?

R. En el campo político observamos que esta competitividad se ha convertido en el principio institucional, superior a la voluntad de los ciudadanos. Las leyes, las reformas del mercado de trabajo, bajar los impuestos a las grandes empresas... Todo esto se produce en nombre de la competencia internacional. Destruimos todos los dispositivos sociales que se han puesto en marcha en nombre de esta competitividad. Esto se ha convertido en un principio superior, incluso supremo, en relación con la elección, las necesidades y los derechos fundamentales de los ciudadanos, como por ejemplo la educación o la seguridad. Asimismo, el hecho de que los partidos de izquierda y derecha, en el fondo, terminan apoyado las mismas políticas de competitividad ha supuesto una verdadera destrucción del debate, el diálogo e incluso de la diferencia política. Como consecuencia, los electores dejan de confiar en los partidos.

P. En este contexto, ¿la crisis de 2008 es un mero error pasajero del sistema o más bien una estrategia creada para que el neoliberalismo expanda su influencia y poder?

R. La activista Naomi Klein habla de que la crisis ha sido creada expresamente para imponer este modelo. Nosotros, en cambio, consideramos que la crisis es una parte o defecto implícito, uno más, de la lógica neoliberal. Lo que está claro es que sus políticas se apoyan en la misma para reforzar más el espíritu empresarial.

Hemos destruido los dispositivos sociales en nombre de la competencia internacional

P. Por un lado hablan de esa mayoría que no tiene alternativas, que cada vez vive peor. En el otro, estarán los que se benefician. ¿Quién forma parte de esa élite a la que le conviene el neoliberalismo?

R. El movimiento Occupy Wall Street hablaba del 1% contra el 99%, nosotros del bloque oligárquico neoliberal. Los que se benefician son una pluralidad de personas interconectadas e interdependientes que refuerzan y perpetúan el sistema. Los identificamos en cuatro grupos principales: la burguesía en el sentido más clásico, una élite política y administrativa, otra mediática y por último una élite de intelectuales, sobre todo (pero no solo) los economistas. Estos grupos se caracterizan por ser defensores y beneficiarios del sistema.

P. Un editorial del 'Financial Times' aseguraba que “cualquier ataque contra el sistema neoliberal le da aire a los regímenes opresivos”. Esta advertencia se enmarca durante el auge de la xenofobia, los nacionalismos, el Frente Nacional, movimientos identitarios… ¿Tienen algo que ver? ¿Criticar al sistema es jugar con fuego?

R. Me alegra de que el mismo periódico que reproduce el sistema neoliberal, en este caso el 'Financial Times', se haya preocupado por la situación en la que nos encontramos. La competitividad generalizada se manifiesta en los salarios, las leyes y, en definitiva, en todos los aspectos de la vida cotidiana. Esto tiene una reacción clara: la protección de la sociedad de los débiles y de aquellos que se consideran víctimas. Y sí, esta respuesta ha tenido como contrapartida la emergencia de nacionalismos, movimientos de soberanía, el Brexit, Trump… Como se puede ver, en los países en los que se inició el sistema, las reacciones han sido más fuertes. En cualquier caso, el 'FT' se olvida del otro punto de resistencia: Mélenchon en Francia, Corbyn en Reino Unido, Bernie Sanders en EEUU… Hay, por tanto, dos reacciones opuestas, en las antípodas, ante la dictadura de la competitividad.

La acción colectiva necesaria para cambiar las reglas del sistema brilla por su ausencia

P. Si el neoliberalismo es la pesadilla que no acaba nunca, ¿no estarán estas respuestas condenadas al fracaso?

R. La pesadilla que no se acaba nunca… por ahora. Es verdad, todavía no no hemos despertado. Pero hay que tener en cuenta que este nuevo libro lo situamos después de 'Común: ensayos sobre al revolución en el siglo XX'. Si ponemos en relación los dos textos, el lector verá que aunque vivamos en una pesadilla, se está produciendo un cambio, que estamos en un época para reinventar alternativas, experimentar con políticas y movimientos sociales. Somos testigos de la creación de un nuevo discurso, un nuevo léxico. Todo esto contesta al sistema neoliberal sobre la base de una nueva izquierda. El mensaje que procuramos transmitir es, por tanto, optimista. No es una profecía. Pero insistimos en que hay que analizar estos cambios esperanzadores que se están produciendo.

P. Podemos ha dejado atrás el “ni de izquierdas ni de derechas” y ha acabado ocupando su lugar como partido de izquierda en el Parlamento. ¿Considera que ellos son parte de esa solución (de lo común) que usted espera?

R. Lo relevante del caso de Podemos es el vínculo histórico entre un movimiento social y un partido que por supuesto no puede tener el monopolio de la expresión de todo el pueblo. El error sería que el mismo partido impidiera los intentos de nuevas propuestas y alternativas, como con Iñigo Errejón. El riesgo es que se podría caer de nuevo en los peligros del vacío dirigente. La figura del partido comunista está completamente superada. La pregunta realmente interesante es cómo puede seguir siendo un partido joven, que evite que los dirigentes lo sean durante toda la vida, que se conviertan en profesionales. Dicho esto, merece la pena resaltar que cada partido busca su nuevo estilo y que no es seguro que lo consigan al primer intento.

Alma, Corazón, Vida

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