SE REEDITA EL ENSAYO 'STRIPPED'

Por qué las mujeres se meten a 'strippers': la vida de las bailarinas, en primera persona

Más de una década después de su primera edición, se reedita el libro más completo sobre este empleo, el resultado de cinco años de investigación de la doctora Bernadette Barton

Foto: ¿Cómo llegaron hasta aquí? (iStock)
¿Cómo llegaron hasta aquí? (iStock)

¿Qué hace que una mujer decida quitarse la ropa y bailar en un club nocturno delante de hordas de hombres (y alguna que otra mujer)? Las respuestas oscilarán entre los estereotipos asociados al tabú conservador –provienen de entornos desfavorecidos, tienen algún trauma de índole sexual– y la visión que se está popularizando durante los últimos años: ser 'stripper', como ser prostituta o actriz porno, puede ser empoderador para aquellas mujeres que se decantan por ello.

No es tan sencillo o, mejor dicho, maniqueo. Hace más de 10 años, la doctora Bernadette Barton, profesora de Sociología y Estudios de la Mujer de la Universidad Estatal de Morehead (Kentucky), publicó 'Stripped: Inside the Lives of Exotic Dancers' (New York University Press), en el que después de cinco años de entrevistas con bailarinas y personajes del mundillo intentaba responder a dicha pregunta para llegar a una conclusión más o menos intermedia: el dinero y el subidón de autoestima de los primeros años termina convirtiéndose en un hándicap a largo plazo, tanto para las relaciones personales como para mantenerse lejos de los problemas asociados (drogas, abusos).

Hoy deben competir con el porno gratis y aplicaciones para ligar como Tinder si quieren llamar la atención de sus clientes

Este mismo año, Barton ha publicado una edición revisada y ampliada de su volumen, en el que añade nuevos testimonios y explica cómo la sociedad ha cambiado a lo largo de estos años: como explica en la introducción, la crisis de 2008 ha alterado significativamente el panorama, así como la emergencia de la “cultura de lo guarro” (“raunch culture”) que ha llevado la sexualización femenina al gran público. “Una consecuencia de ver mujeres poderosas, ricas y talentosas como Ashley Tisdale o Miley Cyrus ajustarse a las normas del 'raunch' es que los espectadores aprenden a considerar la auto objetificación femenina como liberación sexual”, señala la autora.

No es en lo único en que ha cambiado el panorama. “Esta cultura se ha unido a la pornografía gratis en internet para crear una atmósfera mucho más competitiva para las bailarinas exóticas, en la que deben competir con imágenes de sexualidad femenina en las pantallas y aplicaciones como Tinder que facilitan los encuentros casuales, para excitar e interesar a los clientes”, añade la autora. Sin embargo, las razones por las que las mujeres deciden ser 'strippers' en un primer momento no han cambiado sensiblemente.

El dinero, un buen incentivo

Barton lo tiene claro: la razón por la que la amplia mayoría de mujeres decide bailar en un club (y seguir haciéndolo) es el dinero. De media, en EEUU las 'strippers' ganan unos 200 dólares en cada turno, una cantidad muy por encima del sueldo mínimo. Es lo que le ocurre a Diana, uno de los testimonios que aparecen en el volumen, que fue 'stripper' entre los 17 y los 23 años porque, sin ninguna clase de educación formal, no tenía otra oportunidad para salir de la pobreza. “Crecí en una familia que no tenía muchos recursos. Éramos más o menos pobres, y no especialmente cariñosa y feliz. Quería vivir por mí misma, tener vehículo propio, escapar”, señala la 'stripper'.

Ser 'stripper' proporciona a esas mujeres los medios financieros para mantenerse mientras les dan un reparador subidón (temporal) de autoestima

Muchas de las mujeres que aparecen en el libro, como recoge un fragmento publicado en 'Alternet', eran madres jóvenes con niños que necesitaban dinero rápido. Es el caso de Maureen, embarazada a los 17 años y expulsada de casa por sus padres, o de Natalie, casada con un psicópata que la encerraba en casa. “Tenía que hacer algo para sobrevivir”, explica esta última. Y rápido. Como señala Barton, “muchas de las mujeres a las que entrevisté empezaron a bailar porque de repente vieron que necesitaban dinero rápido, a veces porque tenían dificultades para sobrevivir a través de formas más convencionales y no cualificadas”.

Esta tendencia, además, se ha agudizado con los años: el aumento del paro, la desaparición de los empleos de cuello azul y, sobre todo, el encarecimiento de los precios de las matrículas, han provocado que para muchas sea una de las pocas alternativas para escapar rápidamente de la pobreza; según la autora, un tercio de las 'strippers' estudiaban al mismo tiempo. Charlotte, la gerente de un bar llamado Red Key, señala que muchas de las bailarinas están “infraeducadas”; no solo no terminaron el instituto, sino que tampoco quieren trabajar en comida rápida (con sueldos muchos más bajos) ni tienen muchos amigos a los que recurrir.

El hombre que mira a las 'strippers'. (iStock)
El hombre que mira a las 'strippers'. (iStock)

“Ser 'strippers' proporciona a esas mujeres los medios financieros para mantenerse mientras les proporcionan un reparador subidón (temporal) de autoestima psicológica al recibir dinero y atención por ser atractivas”, señala la investigadora. Esa es otra de las “ventajas” que perciben las bailarinas, aunque por lo general no sea su motivación principal: sentirse deseadas, ser el centro de atención, recibir un rápido 'feedback'. Como explica Candace, madre de tres hijos, ser 'strippers' le permitía “estar de fiesta mientras trabajaba, perder por completo el control y que a nadie le importe”.

Subidón, subidón, subidón

Es una sensación que se repite en muchos de los testimonios. Ocurre también con Delia, que saltó a la pasarela por primera vez “para que mi hija y yo pudiésemos vivir bien”, pero que de repente, cuando empezó a hacerlo descubrió “el subidón de autoestima que ello suponía”. “Al cabo de un tiempo ya no era divertido, pero durante una época, lo fue...”, matiza. La autora recuerda que aunque es un tabú, puede resultar un trabajo atractivo para muchas mujeres que quieren experimentar, y que aunque “es peligroso, las recompensas financieras pueden ser altas”.

Mientras que una camarera se lleva propinas de entre 75 céntimos y quizá cinco dólares, se llevan entre 50 a 100

Para muchas de ellas, es una novedad; de ahí que para muchas mujeres “criadas en hogares rígidamente religiosos” pueda ser una fórmula de rebelión ante la sociedad. También de creatividad, como en el caso de Joscelyn, diseñadora de moda que compaginaba su trabajo parcial como 'stripper' con los estudios superiores. Muchas de las bailarinas son, de hecho, camareras que se dieron cuenta de que así vivirían mucho mejor. Es lo que ocurre con Julie: “De camarera, trabajas muy duro. Estás siempre de pie, con tacones. Pero las bailarinas están sentadas toda la noche. Una gran diferencia. Las camareras no pueden sentarse. No tienen descansos”, explica. La motivación es también económica: “Mientras que una camarera se lleva propinas de entre 75 céntimos y quizá cinco dólares, ellas se llevan entre 50 a 100”.

Ese salto desde la barra del bar hasta la de baile es relativamente habitual. Melinda no lo pensó demasiado cuando le dijeron en la entrevista de trabajo que no buscaban camareras, sino bailarinas. Ante el buen resultado (“trabajé toda la noche e hice mucho dinero”), siguió en ello, en parte porque las nuevas bailarinas reciben mayores propinas. Algo similar le ocurrió a Anna, que aunque solo pensaba trabajar una noche, se quedó unos cuantos meses después de abandonar el bar con 900 dólares en los bolsillos. Los dueños espolean este paso de un trabajo a otro ofreciendo mejores condiciones a las 'strippers', como la posibilidad de decidir sus propios horarios o tomarse días libres cuando quieran.

Héctor G. BarnésHéctor G. Barnés

Esto también tiene su lado oscuro, como es previsible. Son varios los testimonios que reflejan que muchas camareras terminaron bailando sin ropa ante las amenazas de sus jefes. “Me empujaron a hacerlo”, explica April. “Estaba tan borracha que no puedo recordar exactamente las palabras. Nunca pensé que podía hacerlo. Cuando empecé, pensaba que mis tetas eran demasiado pequeñas y que era demasiado fea. Esa clase de aceptación era halagadora”. También es habitual, claro está, que muchas intenten bailar en público, lo hagan un día o dos, se sientan mal y decidan que no es lo suyo. ¿Qué factor aumenta sensiblemente las posibilidades de que alguien repite? Que un familiar (en ocasiones, la madre), amigo o conocido lo haya hecho con anterioridad, puesto que de esa manera, el tabú se esfuma.

Alma, Corazón, Vida

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