LA ROMPEDORA CLÍNICA DE RONIT ALONI

Los suplentes del sexo: la cura que fomenta que lo hagas con desconocidos

Nadie lo diría por la fama de conservador que tiene Israel, pero es uno de los países más abiertos a la hora de promover relaciones sexuales con una finalidad médica

Foto: No se trata solo de hacer el amor, sino de sentirse arropado. (iStock)
No se trata solo de hacer el amor, sino de sentirse arropado. (iStock)

Se ha hablado y escrito mucho sobre la subrogación sexual (no confundir con la gestación subrogada), una forma de terapia en la que aquellos que padecen alguna clase de disfunción sexual reciben ayuda por parte de un profesional del sexo con el objetivo de mejorar sus experiencias futuras. La película 'Las sesiones' de Ben Lewin trata sobre la historia de Cheryl Cohen-Greene (interpretada en la película por Helen Hunt), una profesional del sexo con la que se pone en contacto un poeta y periodista tetrapléjico que desea perder la virginidad.

Desde 'Vice' hasta 'The New York Times', muchos medios (incluso El Confidencial) han analizado esta figura terapéutica ante la cual tantas reservas plantean ciertos sectores de la sociedad por sus implicaciones éticas; muchos lo consideran prostitución encubierta. Hasta hace no mucho, el libro de la Cohen-Greene real, 'An Intimate Life: Sex Love and My Journey as a Surrogate Partner' (Soft Skull Press) ha sido el testimonio más conocido sobre el papel de estos trabajadores.

El Ministerio de Defensa israelí envía a la clínica a los soldados que tienen algún trauma que les impide disfrutar del sexo

Quizá por ello haya llamado la atención de medios de todo el mundo la historia de la doctora israelí Ronit Aloni, que lleva a cabo esta práctica día tras día en su clínica de Tel Aviv, como ha explicado a 'The Jerusalem Post' con todo lujo de detalles. Sobre todo, por el fuerte contraste entre el conservadurismo de la sociedad israelí y el auge de este modelo de terapia, como señala la profesional de 65 años, que ha provocado que el propio Ministerio de Defensa confíe en ello para ayudar a sus soldados traumatizados. Como indica en la entrevista, aunque el suyo es el centro más grande del país (tiene 30 profesionales y una docena de reemplazos sexuales), “la subrogación sexual es más 'mainstream' en Israel que en cualquier otro país que conozca”.

Ernesto TorricoErnesto Torrico

¿Cuál es el público habitual de esta clase de terapia? Por lo general, personas con problemas físicos (parálisis) o mentales (autismo o esquizofrenia). La mitad de ellos sufren algún desorden sexual, y de los 200 pacientes que la terapeuta afirma tener, un tercio trabaja con esos reemplazos sexuales. La ausencia de sexo no es el problema –es lo que diferencia su labor del comercio sexual–, sino el estrés vinculado a las relaciones sexuales. Aloni le recuerda a sus trabajadores que en realidad son “una clínica para tratar la ansiedad”.

Así es acostarse con un sustituto

¿De qué manera se establece la relación entre paciente y terapeuta sexual, una vez se han acordado los términos en la clínica? En primer lugar, quedan en un lugar público para tomar un café o dar un paseo. Allí, pueden comenzar a tocarse ligeramente. Una vez se siente preparado el paciente, pasan a alguna de las habitaciones rojas o verdes de la clínica, donde poco a poco se dan pasos en la intimidad entre los dos. La penetración se reserva para las sesiones finales, y eso tan solo en los casos en los que se alcanza dicho estadio. En ese momento, se le recuerda al paciente que debe buscar sus propias parejas sexuales, por mucho que siga viéndose con su terapeuta sexual.

Las citas tienen lugar una vez a la semana, tanto con el terapeuta como con el sustituto, y por lo general el tratamiento dura tres o cuatro meses

El reportaje del medio israelí entrevista a Talia (nombre ficticio), una de las trabajadoras más veteranas de la clínica, que se ha visto con pacientes con problemas físicos (distintos tipos de parálisis), pero también con “hombres de negocios con una apariencia de seguridad”. Explica que a sus más de 50 años, se cita con tres parejas distintas cada semana y que su motivación es completamente vocacional: “Arrullo a los pacientes para que se sientan en un lugar muy, muy seguro y puedan crecer. No me gusta que la humanidad sufra”.

Más allá de las bonitas palabras de la doctora y sus trabajadores, hay un obvio correlato material. Este pasa por una vigilancia estrecha de la salud tanto de pacientes como de trabajadores –ambos tienen que pasar análisis de enfermedades de transmisión sexual–, así como por unos altos costes del tratamiento. Este supone a los pacientes unos 1.800 euros mensuales (al cambio), lo que también contribuye a reducir el número de personas que acuden en busca de sexo barato. Aunque los terapeutas suelen distinguir fácilmente entre quien tiene un problema y quien le está echando morro, la barrera económica es un importante elemento disuasorio.

Una imagen de 'Las sesiones', película dirigida por Ben Lewin sobre la experiencia de Cheryl Cohen-Greene. (Fox Searchlight Pictures)
Una imagen de 'Las sesiones', película dirigida por Ben Lewin sobre la experiencia de Cheryl Cohen-Greene. (Fox Searchlight Pictures)

Las citas tienen lugar una vez a la semana, tanto con el terapeuta como con el sustituto, y por lo general el tratamiento dura tres o cuatro meses. Entre el peculiar público de la clínica se encuentran los ortodoxos y jaredíes que no han tenido ninguna experiencia sexual y acuden con la esperanza de disfrutar de un cursillo acelerado, animados en muchos casos por sus rabinos. En este caso, disfrutan de un cierto privilegio: son tratados por terapeutas y trabajadores sexuales de su misma confesión religiosa.

El otro lado de la terapia

La subrogación del sexo fue planteada por primera vez en los años 70 por Masters y Johnson, que hablaron de ella en 'Human Sexual Inadequacy'. La premisa de la que partían es la misma que motiva a los terapeutas que les han seguido, como la propia Aloni, que se inspiró en ellos al abrir su clínica: según sus teorías, la única manera de aprender de verdad a comportarse en la intimidad sexual es mediante la práctica, por lo que utilizar terapeutas sexuales –en su caso, tan solo mujeres– no solo está permitido, sino que es ético porque es la única forma de curar los problemas de los pacientes.

En nuestro país Tandem Team, una organización sin ánimo de lucro, ofrece a personas con discapacidad la posibilidad de tener sus primeras experiencias

No son pocas las voces que se han manifestado en contra de esta práctica, generalmente, como ya hemos dicho, por su asimilación a la prostitución. Una comparación que la mayor parte de trabajadores rechaza de pleno. Como explicaba Barbara Karkower, terapeuta de Boca Ratón (Florida), en 'ABC News', la mayor parte de sus clientes son personas que no podían hacer el amor (por ejemplo, por eyacular muy prematuramente), y que no podrían haberse curado sin su ayuda.

En la mayor parte de países, esta figura se mueve en un limbo legal en el cual no está ni regulada ni prohibida. No en todos; en marzo de 2013, el Comité de Ética Nacional francés consideró que esta clase de relación sexual constituye un “uso no ético del cuerpo humano con un objetivo comercial”, ante la posibilidad de que la legalización de esta clase de relaciones abriese la puerta a una mercado alternativo de prostitución. Una decisión que suscitó una fuerte respuesta social. Europa se encuentra muy dividida: Países Bajos o Dinamarca financia estos programas, mientras que Bélgica, Suecia o Alemania no cuentan con regulación. En EEUU, la situación difiere sensiblemente en cada Estado.

En nuestro país existen plataformas como Tandem Team, una organización de asistencia sexual sin ánimo de lucro que ofrece a personas con discapacidad la posibilidad de tener sus primeras experiencias en un ambiente de confianza e intimidad. Formada por el terapeuta Francesc Granja y la psicóloga María Clemente en 2014, ha ayudado ya a centenares de personas y se ha extendido por casi toda España, aunque arrancase en Cataluña. Como explicaba a El Confidencial Granja, ellos no participan en los acuerdos privados monetarios entre usuarios y asistentes, porque “sería ilegal si lo hiciéramos”.

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