UNO DE CADA VEINTE ESTUDIANTES

"Me prostituí para pagar la universidad". Y otras hacen lo mismo

El desarrollo de las nuevas tecnologías permite a los estudiantes sacar tajada de los fetiches sexuales más insólitos de sus clientes y así pagar las tasas universitarias

Foto: Una prueba más del aumento de la precariedad entre los estudiantes. (iStock)
Una prueba más del aumento de la precariedad entre los estudiantes. (iStock)

A medida que aumenta el coste de vida, los salarios se estancan y las becas universitarias se reducen, cada vez más estudiantes recurren a la prostitución o a otro tipo de trabajo sexual para terminar sus estudios. El desarrollo de las nuevas tecnologías permite a estos universitarios sacar tajada de los fetiches sexuales más insólitos de sus clientes. Se conocen como “relaciones mutuamente beneficiosas”, aunque no son más que la prueba del aumento de la precariedad y la deuda económica entre la comunidad estudiantil.

Sexo como moneda de cambio

De entre todos los países europeos, la situación es más preocupante en el Reino Unido (quizá porque es uno de los países donde más estudios llevan a cabo sobre el tema). Allí, una encuesta reciente de la Unión Nacional de Estudiantes asegura que el 67% de aquellos universitarios que trabajan en la industria del sexo lo hacen para poder llegar a fin de mes. Cada vez más ejemplos demuestran que se utiliza el sexo como moneda de cambio para superar las penurias económicas.

Otra investigación llevada a cabo por la Universidad de Swansea asegura que uno de cada 20 estudiantes trabaja o ha trabajado en la industria del sexo mientras estaba en la universidad y, para sorpresa de muchos, los hombres son más propensos a hacerlo que las mujeres. En resumen, decenas de miles de universitarios buscan en el sexo la solución a sus problemas económicos. Un estudiante inglés ganaría del orden de 150 libras al día por realizar sesiones de webcam, hasta 65 libras por vender su ropa interior usada y mucho más si entra en el terreno de la prostitución.

A los estudiantes no nos contratan porque nos solemos ir a casa en Navidad y verano, así que tuve que recurrir a la línea erótica

“La mayoría de estos estudiantes mantienen sus ocupaciones en secreto, y esto se debe al estigma social y a los temores de ser juzgados por familiares y amigos”, asegura la doctora Tracey Sagar, directora del estudio. “Es vital que ahora las universidades entiendan mejor por qué los estudiantes recurren al trabajo sexual y qué servicios pueden proporcionar para darles apoyo”.

El informe indica que el número de personas que acceden a este tiempo de asesoramiento aumentó un 21% en los últimos años, pero también que las universidades, por lo general, no estaban preparadas para manejar el tema. “Hay estudiantes que dependen de su trabajo sexual, es un hecho. Otro hecho es que algunos de ellos necesitan apoyo para salir de la industria”.

Hasta dónde seríamos capaces de llegar

El estudio en cuestión tuvo tanta repercusión que decidieron recoger los testimonio en un documetal. En 'La niebla del sexo' se escucha a Molly, Lisa o Amy, todos nombres ficticios pero con historias muy reales que exploran hasta dónde seríamos capaces de llegar con tal de que las cuentas cuadren.

El precio de la universidad es desalentador, no tenía tanto dinero, así que empecé a trabajar los fines de semana como escort

Lisa, una estudiante de tercer curso, ganó unas 400 libras en su primera noche en una línea erótica: “A los estudiantes no nos contratan porque nos solemos ir a casa en Navidad y verano, así que tuve que recurrir a esto. Supongo que los hombres sienten mayor fascinación cuando se trata de una nueva usuaria. Mi teléfono no dejó de sonar aquella noche. Es como cuando abren un restaurante y todo el mundo quiere probarlo”.

“Gané cerca de 3.000 libras durante el verano. Pero, ¿a qué coste? Aquello se convirtió en rutina y me hacía sentir enferma. Al principio pensaba que tenía el control, pero luego te das cuenta de que no es así”, asegura Lisa.

Por su parte, Posie, de 18 años, se convirtió en escort para pagar las tasas universitarias de su primer año: “El precio de la universidad es desalentador, no tenía tanto dinero, esa fue la razón por la que empecé. Tan solo podía trabajar los fines de semana, pues era una estudiante a tiempo completo. Tenía alrededor de cinco clientes al día". Con el tiempo, se acostumbró a su nueva vida: "Durante la semana iba a clases, y luego me convertía en 'Tilly' y me llevaba a casa un montón de dinero”.

Gonzalo de Diego RamosGonzalo de Diego Ramos

Asimismo, los medios británicos se hacen eco de esta tendencia al alza y la representan con historias. Es el caso de Freda que, a sus 22 años, cuenta a la 'BBC' por qué decidió acostarse con hombres mayores. Ella es una “sugar baby”. “Me encanta el sexo. Y se me da bastante bien. Así que conseguir un amante ricachón o incluso dos era una elección lógica”.

Foto: iStock.
Foto: iStock.

Por su parte, Stacey comenzó a los 21 años a vender su ropa interior usada porque necesitaba algo de dinero extra mientras estudiaba. Ahora tiene al menos cinco clientes regulares, nunca le fallan, y vende alrededor de cinco pares a la semana. Su abanico de compradores es más amplio de lo que uno podría pensar: desde hombres en su treintena hasta mujeres jóvenes y solteras. Las 65 libras que Stacey gana por semana se quedan cortas en comparación con las 5.000 que una mujer anónima vendió en la web Sofía Gray. Las había llevado puestas unas tres semanas.

“Son peticiones muy específicas”, le cuenta Stacey al diario 'The Independent'. “Los clientes me piden que trabaje con la ropa interior o incluso que orine. La solicitud más común es, sin duda, que me masturbe con ellas y muchas veces me piden fotos como pruebas”. Establecer unos límites le permite disfrutar de su trabajo, añade. “Me gusta la idea de que mi ropa interior sea tan buscada, me hace sentir empoderada”.

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