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Europa tras la tormenta: las 10 tendencias que cambiarán la política

Entramos en una nueva era, que incluye cambio de actores y de partidos, nuevas reglas y nuevos discursos. Salvo España, que parece estar anclada en los mismos lugares comunes

Foto: Un mural de Banksy sobre el Brexit ha aparecido en Dover. (Gerry Penny / Efe)
Un mural de Banksy sobre el Brexit ha aparecido en Dover. (Gerry Penny / Efe)

Los recientes comicios en el Reino Unido, Holanda, EEUU y Francia subrayan lo mucho que está cambiando la política occidental. En España no tanto, porque aquí seguimos anclados en los viejos ejes. Pero dado que estas tendencias son globales, es probable que pronto tengan un reflejo en nuestro país. Hagamos, pues, una recapitulación de lo que nos han enseñado las últimas contiendas electorales:

Reemplazo de jugadores y de equipos

No se trata únicamente de que surjan nuevos partidos como Cinque Stelle o de que actores hasta ahora secundarios como Le Pen alcancen los roles principales, sino de que el sistema ya no confía en los viejos partidos. Renzi, Trudeau, Mark Rutte y ahora Macron son pruebas evidentes de este reemplazo. En algunos casos, estas caras nuevas y jóvenes vienen a rescatar partidos tradicionales; en otros, como en el del presidente francés, a constatar su agotamiento. El deterioro que el turnismo ha generado en los dos grandes partidos provoca que, para generar confianza en el electorado, hayan tenido que surgir nuevas figuras, no manchadas y con capacidad de generar esperanza, para liderar los procesos de esta época.

Nuevos ejes electorales

Vivíamos en un entorno en el que la clase media era la fuerza dominante, y que por tanto era continuista, creía en el sistema y estaba poco abierto a los cambios. Ahora es diferente, porque el adelgazamiento de las capas medias, junto con la consciencia de que los caminos se están bifurcando definitivamente, están abriendo nuevas brechas. Una de ellas tiene que ver con el temor de los mayores a perder su pensión o a verla sustancialmente devaluada, y con el malestar laboral juvenil, ya que les cuesta mucho aterrizar de pie en el mundo del empleo. Este hecho es uno más de los que señalan posiciones estructurales diferentes que contribuyen a aumentar las diferencias en la visión del mundo entre unos y otros. El eje joven / viejo, que es muy evidente en nuestra política, está relacionado con estas dificultades.

Lo que demandan los de abajo ya no es, como en el siglo XX, más progreso y más saltos hacia el futuro, sino más estabilidad, seguridad y continuidad

Otro gran eje tiene que ver con las tensiones entre las grandes urbes y el mundo rural, que ha sido un factor fundamental en la elección de Trump y en el Brexit, y que ha contado con un claro reflejo en las elecciones para la presidencia francesa. En muchas zonas europeas, el entorno rural está despoblándose, porque no hay posibilidades de subsistencia para quienes allí viven, mientras que en las metrópolis no sólo se concentran los mejores trabajos, sino las mismas oportunidades laborales. El tercer gran eje aparece en el mundo laboral, donde la clase media es cada vez más frágil, y el empleo se divide entre un pequeño porcentaje de puestos bien retribuidos que gozan además de prestigio, y una mayoría de ocupaciones en las que los salarios disminuyen, cuyo aprecio social es escaso, y que están atravesadas por la precariedad. Es una tendencia que irá en aumento, fruto de las deslocalizaciones y de la automatización.

Los dos bloques

Los ejes anteriores, fragmentados en todas las parcelas que se quiera, no son más que diversas expresiones de la tensión latente y de las posibilidades de futuro que cada cual posee. Los de arriba y los de abajo es ahora el núcleo dominante de la política, aunque existan matices poderosos. En primer lugar, porque si bien la clase media está desapareciendo en lo material, no lo está haciendo en lo cultural. El cambio de conciencia tarda más tiempo en desarrollarse. Y en segundo lugar porque lo que demandan los de abajo, ya no es, como en las décadas centrales del siglo XX, más progreso y más saltos hacia el futuro, sino más estabilidad, más seguridad y más continuidad frente a un mundo en permanente cambio y cuyas transformaciones siempre van en el mismo sentido, el de perjudicarles.

Derecha e izquierda se hibridizan

En este contexto, las opciones políticas pierden sus espacios típicos y se mezclan con notable frecuencia. Macron, por ejemplo, ha propuesto un programa que en lo cultural es el habitual del liberalismo de izquierdas (cosmopolita, abierto, multicultural, respetuoso con las minorías) y en lo económico responde bien al liberalismo de derechas que se ha implantado en nuestras sociedades. El programa económico de Le Pen era de izquierdas, mientras que en lo cultural estaba anclado en la derecha. Gran parte de las exigencias de las clases perdedoras, como la seguridad en el trabajo o la existencia de unos buenos servicios públicos, han sido acogidas por votantes del Brexit o de Le Pen. Son elementos sintomáticos de que el eje izquierda derecha ya no es tan efectivo.

Un nuevo discurso

Las dos fuerzas que se enfrentan tienen discursos diferentes para nombrar lo mismo. El enemigo de los partidos emergentes suele ser la UE y los tecnócratas de Bruselas, así como el entorno de las finanzas, en tanto elementos centrales de un liberalismo globalizado que constituye su gran rival: a él pertenecen las élites que están acabando con las posibilidades de la gente común. En el lado opuesto, los partidos sistémicos esgrimen la bandera del progreso y de la meritocracia, de las reformas y de la innovación. Su propuesta consiste en proponer cambios para que todo siga adelante según el plan previsto; por mal que parezcan ir las cosas, si modificamos algunas estructuras y algunos hábitos, podremos liderar la globalización y obtener grandes beneficios de ella.

Las opciones como Alternativa por Alemania entrarán en el parlamento pero no sobrepasarán el techo electoral que poseen

El problema está en las resistencias al cambio, en los hábitos adquiridos y en la comodidad de parte de las poblaciones. Por ello, desde su perspectiva, quienes simpatizan con opciones heterodoxas o extrasistémicas son gente colérica, airada y resentida que vota por despecho. El sistema explica su voto recurriendo a argumentos emocionales, ya que los partidos sistémicos emiten sus ideas desde la razón, mientras que las demás formaciones están integradas por gente débil que se deja llevar por los sentimientos negativos. Reproches, por cierto, muy similares a los que desde hace cientos de años se han realizado al pueblo y a las masas.

Una nueva versión de la inmigración

La ortodoxia política marca una división más o menos obvia: si se está a favor de la inmigración se es un ciudadano abierto y a la altura de los tiempos, y si no un xenófobo racista. Pero el tema es más complejo. En la medida en que las posibilidades de empleo y los recursos escasean, los grupos sociales tienden a cerrarse como autoprotección. Ocurre con las clases nacionales empobrecidas respecto de los inmigrantes, a los que se les percibe como competidores reales que les quitan sus empleos o consiguen que sus salarios desciendan, pero también entre los propios inmigrantes respecto de los recién llegados o de los que están por venir. Eso ha ocurrido en el Reino Unido, en Francia o en EEUU, con notables repercusiones políticas, y España no es inmune a esa tendencia. Estas situaciones hace que el temor a los inmigrantes aumente, a lo que contribuye también el extremismo islámico.

Las opciones extrasistémicas se convierten en la justificación del sistema: las elecciones se convierten en una pugna entre lo que hay o el caos

Parece terreno abonado para que crezca la extrema derecha, y así ha ocurrido, y probablemente lo siga haciendo, pero será muy difícil que se conviertan en partidos de masas. Las opciones como Alternativa por Alemania entrarán en el parlamento pero no sobrepasarán el techo electoral que poseen por situarse en un plano meramente ideológico. Su máxima influencia podrá consistir en que, como ocurrió con el UKIP, los partidos conservadores asuman sus propuestas para conquistar a sus votantes y, al hacerlo, les devuelvan a la irrelevancia. La derecha populista, sin embargo, sí puede obtener réditos sustanciales de estas tensiones.

Rusia cuenta

Las tensiones geopolíticas afectan a las elecciones nacionales. El deseo ruso de debilitar una UE ligada al poder alemán provoca que su presencia indirecta en los comicios de los países más importantes se haga notar. Es un actor exterior, pero con intereses evidentes, que ve en el cambio político en la UE una manera de solucionar parte de sus problemas.

Nuevas líneas rojas

Los partidos extrasistémicos, los que son vistos como una amenaza, son aquellos en cuyos programas aparecen ideas como marcharse del euro o ponerlo en cuestión, salirse de la UE o pretender un cambio sustancial en sus políticas, renegociar la deuda o aplazarla, insistir en que el déficit público no es un problema, negarse a disminuir la protección laboral o a bajar las pensiones, y en general aquellas medidas de calado que van contra la ortodoxia económica que domina Bruselas.

Un nuevo juego electoral

Las opciones extrasistémicas se convierten en la justificación del sistema: las elecciones se convierten en una pugna entre lo que hay o el caos. Así fue en Francia, en Holanda, en España, en el Reino Unido y en EEUU. Al tener que optar entre opciones que son dibujadas como causantes de un gran mal, los partidos sistémicos ya no tienen que ilusionar en sus propuestas, ni tampoco convencer de su bondad. Les basta señalarse como los que se oponen a Le Pen, a Podemos, a la extrema derecha o a la extrema izquierda, para ganar los comicios. Esto, que suele ser útil electoralmente (aunque no siempre, como hemos visto no hace mucho) deja de serlo en lo cotidiano, porque permite que los partidos dominantes sigan llevando el mismo paso, ese que termina por reforzar las opciones extrasistémicas. Al mismo tiempo, y dado que los medios principales, los que marcaban las ideas de la gente, apuestan en bloque por las opciones sistémicas, tienden a ser menos creídos entre una parte importante de la población, al igual que les ocurre a muchos expertos.

España es otra cosa

Aquí no ha llegado ninguna de las tendencias nuevas. Ni Rivera ha sido el Macron que se pensó que podría ser, ni Podemos ha tomado fuerza como partido transversal, quedándose anclado en la izquierda, donde se disputa el espacio con el PSOE, ni hay grandes tensiones contra el euro o contra los inmigrantes. Los dos partidos tradicionales de gobierno subsisten aún, por más que los socialistas estén débiles, y tampoco han penetrado los nuevos discursos. Sin embargo, los problemas que debe afrontar España son similares a los franceses o a los italianos y las tendencias son las mismas, aunque se muestren aquí en un grado de intensidad diferente, por lo que es cuestión de tiempo que veamos algún cambio importante en nuestra política.

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