no todos son iguales

El durum de Felipe VI: visita al mejor y peor kebab de Madrid

Del cielo al infierno del bocadillo turco: desde el que se come en el Palacio Real a un trozo rancio de carne deshilachada e industrial llena de salsa grumosa

Foto: Dos vendedores de un establecimiento turco de estas características. (iStock)
Dos vendedores de un establecimiento turco de estas características. (iStock)
Un hombre con pinganillo desciende de un coche de cristales oscuros y matrícula diplomática. Deja el automóvil en doble fila, en frente de una descascarillada cafetería a la que aún se le notan los restos de rótulos antiguos, y recoge una bolsa. Tiene una misión: llevarle la comida al embajador. Dentro, un kebab asado en el restaurante Yunie, pero no un kebab cualquiera, sino el mejor kebab de Madrid: el kebab de Georges.

Georges llegó a España desde Beirut en 1976. Era un cocinero reputado y de cierta fama en la entonces cosmopolita y refinada capital libanesa. Pero estalló la guerra. A él lo trajeron directa y expresamente para ocuparse de los fogones del restaurante libanés De Funy, que en plena 'milla de oro' en la calle Serrano, servía a los 'vips' capitalinos. Allí permaneció 27 años, hasta que un día se le ocurrió hacer el mejor kebab de la capital y, seguramente, del país.

“Quería algo rápido y barato. Sencillo”. Alquiló una antigua cafetería pequeña y algo pasada de moda y puso en la calle Meléndez Valdes número 64 un cartel de esos con un enorme (y más bien amorfo) trozo de carne girando en un pincho: Kebab Yunie.Sufiente para llenarlo cada día de entusiastas clientes: desde ejecutivos de la zona de Moncloa a chavales de la universidad; de familias enteras de origen árabe a grupos de amigos 'foodies'.

La comida de Georges se ha servido en el Pardo o el Palacio de Oriente: “Cuando viene algún rey árabe me llaman de la Casa Real para que haga el menú”

La comida de Georges, que prepara junto a su mujer, Amal, que también atiende las mesas, se ha servido en recepciones de gala en el Pardo o el Palacio de Oriente. “Cuando viene algún rey árabe me llaman de la Casa Real para que haga el menú”, comenta sin darse demasiada importancia y sin detenerse demasiado en la cuestión. “Yo prefiero tener mucha gente y tener un menú barato, que poner un restaurante fino y atender a pocas personas”, insiste, aunque ha preparado comilonas en salones de lujosos hoteles para más de 600 personas.

Georges, proveedor de kebabs de la Casa Real. (Daniel Borasteros)
Georges, proveedor de kebabs de la Casa Real. (Daniel Borasteros)

“Los demás kebabs, todos los que hay, son industriales, el mío es casero”, dice y muestra una factura de la mañana en la que se puede leer “carnes selectas” y, de paso, deducir por el montante que el precio de la materia prima de sus bocadillos, que vende a 5,5 euros, multiplica por cuatro el de los kebabs industriales (en torno a los 2,5 euros el kilo). “Usan de todo, incluida fécula de patata”, dice encogiéndose de hombros mientras suspira: “En fin, si lo pueden vender es que cumple las normas de sanidad...y algunos hasta son comestibles de sabor”, dice sin mucha convicción y, por supuesto, sin sonreir, porque Georges es un hombre tranquilo y afable, pero no es de mucho reir.

George compra filetes de ternera y de pollo, filetes de verdad, como los de tu casa, y los guarda en adobo el día anterior a asarlos. Después, los va pinchando en el estilete giratorio de metal, unos encima de los otros, como boinas superpuestas, y los asa. Para hacer cada bocadillo, una vez apuntada la comanda, va cortando los trozos con un cuchillo jamonero. Las salsas también son caseras, “por supuesto”. En el Yunie nada está hecho de antemano, nada viene de una fábrica. Todo viene del mercado...y luego vuela a las embajadas en un coche oscuro.

Fachada del Yunie en la calle Meléndez Valdés. (Google Maps)
Fachada del Yunie en la calle Meléndez Valdés. (Google Maps)

El reverso tenebroso

Pero todo tiene su reverso tenebroso. Y el mundo del kebab no es una excepción...

En éste establecimiento de cartel chillón y que podría ser cualquiera de uno de los miles que han proliferado en toda España en los últimos años, no solo dan uno de los peores kebabs de Madrid, sino que el camarero, a la que te descuidas, intenta pegar la hebra. Por ejemplo, para hablar del Barça, que está jugando (y remontando, aunque no haya nadie para celebrar sus goles) ahí en la pequeña tele sobre el mueble de madera, o del tiempo, o de lo malo para los achaques que es fumar. Y sí, fumar es malo, muy malo, pero el trozo de algo reseco y deshilachado que reposa en el plato (más bien sucio) cubierto con toneladas de una salsa espesa con cositas verdes flotantes, seguro que tampoco es muy bueno para la salud. Y lo que es seguro es que está malo. Malo de sabor. Tanto, que es casi imposible comérselo.

En realidad, no difiere mucho de otros kebabs salidos de grandes proveedores y que consisten en una saladísima masa prensada de trozos muy poco nobles de la ternera, tipo tendones, por ejemplo. El aporte del local al habitual kebab industrial (en origen la carne de ternera vale entre 2 y 4 euros el kilo) es que está mucho más rancio de lo habitual y que la salsa está llena de grumos. También la negritud de parte de la lechuga y su lacia y húmeda caída. En la insipidez del casi congelado tomate no difiere de casi todas las cadenas centradas en este bocadillo de origen turco.

En un estudio de la OCU, se hallaron en un alto porcentaje bacterias provenientes del manipulado con las manos sucias de los alimentos

Probablemente, tanto la sequedad de la carne (un estudio de la OCU halló en 2014 que la de ternera incluye trozos y vísceras de otros animales, como el pollo, en porcentajes que a veces superan el 50%) como las ganas de charla del camarero respondan a la misma causa: el sitio está completamente vacío. En el citado estudio, además, sobre 25 muestras se hallaron en un alto porcentaje bacterias provenientes del manipulado con las manos sucias de los alimentos.

Su fama le precede, evaluado como uno de los peores kebab de Madrid en la red, hace honor a su privilegiada posición en lo alto de la tabla de los kebabs más incomestibles del planeta. Pero no todo es negativo en este pequeño restaurante: la cerveza embotellada no tiene nada que envidiar a la de ningún otro lugar y el camarero dicharachero aprueba tu elección levantando el pulgar con complicidad.

Por supuesto, es muy barato, así que la relación calidad precio queda algo más ajustada: no cuesta mucho y no vale nada. Como nunca se sabe si algún día se enmendarán y no es justo condenar a nadie al fuego de la web eterna sin dar una segunda oportunidad, omitiremos el nombre del local.

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