La jornada de Túnez: cuando España venció a Barbarroja
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La jornada de Túnez: cuando España venció a Barbarroja

La expansión otomana parecía imparable y tocaba ya a las puertas de Europa, pero al menos por un momento, aquella forma de terror que venía de Oriente fue conjurada

placeholder Foto: El flamenco Jan Cornelisz Vermeyen pintó la Jornada de Túnez in situ.
El flamenco Jan Cornelisz Vermeyen pintó la Jornada de Túnez in situ.

Como si de un gigantesco cefalópodo se tratara, el imperio otomano se iba extendiendo con una pasmosa e incontestable habilidad tentacular. Recientemente había caído Túnez en manos de Barbarroja y todas las alarmas habían saltado por los aires. Los turcos campaban a sus anchas y en su irrefrenable expansión estaban tocando las puertas de la mismísima Europa. La llamada "Puerta Sublime" había hecho del Mediterráneo tabla rasa y el entero flujo comercial de Venecia, Génova y los reinos de España estaba a su merced. Había que hacer algo...

Carlos V no había reparado lo suficiente en aquella amenaza que constantemente erosionaba las costas de la península asaltando indefensas poblaciones de pescadores, haciendo esclavos, pidiendo rescates sin rubor, y en definitiva, menoscabando la imagen del emperador.

Una advertencia incontestable

Por donde el sol se anunciaba, al Este de Sicilia, donde las fronteras mas alejadas de los reinos hispánicos se proyectaban en la noche turca, cientos de poblaciones costeras habían sido desalojadas por la acción del terror otomano. Vastas zonas del Adriático, Baleares, Cerdeña, Sicilia y Malta habían despoblado áreas comerciales vitales en pos de una seguridad ficticia. Los osados jenízaros de Barbarroja eran capaces de penetrar profundamente en las campiñas y arrasar con enteras poblaciones que se suponían a resguardo. Miles de cautivos engordaban los mercados de esclavos de Estambul, Argel y Túnez.

Reunido en Cortes en Madrid para obtener financiación -era el año 1534- el emperador más poderoso de su tiempo quería lanzar una advertencia incontestable para que se dejara de cuestionar su autoridad.

Para tal menester, los recursos económicos movilizados fueron inusuales. Desde América, Francisco Pizarro aportaría el oro conseguido por el rescate del inca Atahualpa -cerca de 1.200.000 ducados del ala- que fueron gastados en pertrechar con una logística modélica para la época a aquella tropa. Para ello, se reunió la más vasta flota conocida hasta entonces -cerca de 400 navíos entre carracas, naos y galeras- y cerca de treinta mil hombres tremendamente experimentados en el arte de la guerra. La voluntad de barrer del mapa al turco era meridiana.

Aún quedaba la capital, Túnez, y el siguiente lance demostraría que el temible Barbarroja era un valiente a tiempo parcial

A mediados de junio del año 1535, la descomunal flota tomaría tierra en las playas de la fenecida Cartago, donde los restos de la antigua capital púnica, abrasados por el inclemente sol africano, hablaban en su muda elocuencia de los últimos estertores en su trágico pulso frente a Roma.

Barbarroja estaba advertido y había dejado en La Goleta -puerto natural de Túnez- una potente guarnición compuesta de lo más granado de las tropas de asalto, los llamados jenízaros, que en numero de 5.000 resistieron hasta el último hombre tras un mes de combates.

El 14 de julio, los tercios de Nápoles, en el asalto decisivo y tras la durísima resistencia turca, causarían una de las mayores masacres conocidas. Mientras el flujo de asaltantes inundaba el interior de la fortaleza de La Goleta, el cuerpo a cuerpo era antológico. Al no haber rendición formal ni intención alguna, la escabechina se tornó apocalíptica. El Duque de Alba y Alvaro de Bazán debieron de terciar para que se hicieran algunos prisioneros que de manera testimonial pudieran relatar aquella descomunal carnicería.

Pero aún quedaba la capital, Túnez, y el siguiente lance demostraría que el temible Barbarroja era un valiente a tiempo parcial.

Aproximadamente a unos dos kilómetros de la capital existía una vasta extensión, una llanura llamada Wassalli, abarcada por una gran masa de cereal en ciernes, ondulada por la cercana brisa marina. Según las crónicas de la época, mas allá de que los datos pudieran haber sido manipulados en beneficio de una mayor épica en la victoria de los vencedores, se estima, a la baja, un numero de combatientes locales superior a los sesenta mil entre jenízaros, infantería, guarnición y la marinería de la flota de Barbarroja, esto es, que en términos numéricos doblaban ampliamente a las tropas cristianas.

Pero quiso el caprichoso destino que ocurrieran dos cosas determinantes. La primera, que Allah tenía ese día festivo, con lo cual aquella masa de turbantes cabreados tenían un hándicap muy serio al estar su dios ocupado en otros quehaceres. La segunda era mas prosaica.

Los tercios españoles tenían una merecida fama de no dejar títere con cabeza. Su funcionamiento era el de una maquina de precisión -pero de matar a mansalva-. Aquella mañana de julio prometía ser bastante calurosa y estos soldados empapados de la sustancia de la guerra hasta la médula querían acabar cuanto antes su trabajo. Dicho y hecho.

Apuntalado por la cruda realidad, la mano derecha de Suleimán el Magnífico embarcó los restos de su ejército rumbo a Argel a velocidad punta

Al inicio del combate, a aquella masa desaforada en medio de un griterío inenarrable e invocando su tradicional '¡¡Allahu Akbar!!', se les ocurrió la mala idea de lanzar todo tipo de venablos, flechas y artilugios de matar contra los cuadros de los tercios. Hasta ahí podíamos llegar.

Rodilla en tierra y con una cadencia exterminadora, los tiros de aquella precisa arcabucería no erraban. Según disparaban los primeros tiradores, se retiraban solapados tras la segunda fila que ya estaba preparada para disparar y así, en una secuencia devastadora, los incondicionales de Allah iban entrando en el paraíso como quien no quiere la cosa.

Entre dos fuegos

A todo esto, hay que añadir una sorpresa de última hora. Mientras Barbarroja dirigía aquel nefasto planteamiento de batalla situado en lo alto de un palanquín, unos hastiados esclavos cristianos de longevas y desaliñadas barbas, corroídos por la oscuridad de las lóbregas mazmorras, se habían rebelado en la alcazaba en número de diez mil. Para los turcos el desastre, cogidos entre dos fuegos, pintaba peor que mal.

Habida cuenta de que la situación se tornaba irreversible y apuntalado por la cruda realidad, la mano derecha de Suleimán el Magnífico embarcaría sin mucha demora los restos de su diezmado ejército poniendo rumbo a Argel a velocidad punta, calmando sus ardores bélicos durante una temporada.

El prestigio del emperador había crecido enteros tras la debacle otomana de Túnez y los ecos de la batalla quedarían reflejados en el verbo de los bardos y trovadores. Los doce famosos tapices bocetados in situ por el pintor y topógrafo flamenco Jan Vermeyen sobre la marcha de los acontecimientos de aquella cruenta batalla dan fe en su espectacular confección narrativa de aquella gesta con una veracidad inusitada. Estos tapices confeccionados en Bruselas por Pannemaker y su tremendo relato de los hechos acaecidos durante aquel cruento asalto recorrieron varias capitales europeas testimoniando la épica de aquellos días y de su valedor, el emperador Carlos V, que combatiría en primera fila como uno más.

Al parecer, se había conjurado momentáneamente aquella forma de terror que venia de Oriente.

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