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El día que Pamplona ardió por los cuatro costados: el asalto vikingo a la capital navarra
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El día que Pamplona ardió por los cuatro costados: el asalto vikingo a la capital navarra

Los pueblos nórdicos difundieron el terror por todo el Mediterráneo. La península ibérica no se libró de sus ataques a traición

Foto: Un ejemplo de ataque vikingo según el tapiz de Bayeux
Un ejemplo de ataque vikingo según el tapiz de Bayeux

"La vejez es el momento para despedirse de innumerables dueños".

–Sófocles

Era una mañana temprana del año 859 y las primeras brisas amables del verano acariciaban las riberas del Arga. Las ranas que habitualmente croaban con su acostumbrado desparpajo y candoroso desenfado guardaban un silencio sepulcral; algo extraño e inusual estaba sucediendo.

Un poco más abajo, algo más de medio centenar de ágiles embarcaciones de fondo plano navegaban a remo con lentitud deliberada para no ser detectadas. Tras una de sus cíclicas y rentables razzias en el Mediterráneo, saqueando e incendiando, matando y esclavizando, unos hábiles marinos y brutales aventureros habían decidido explorar sus posibilidades remontando el Ebro desde el delta en dirección oeste.

Aquella trágica mañana, alumbrada por los primeros rayos de sol, una de las mayores máquinas de terror conocidas hasta entonces, un pueblo del norte de Europa instalado en las brumas permanentes, hacía su aparición una vez más en la península. Su frenética actividad depredadora les había llevado a ejecutar una matanza sin precedentes en Sevilla unos años antes, pasando a cuchillo a la entera población y generando un temor reverencial alimentado por los ecos de su crueldad.

Europa saqueada

El año anterior, la costa atlántica, desde Calais hasta Cádiz, había sido arrasada sin contemplaciones y todas las lacras inherentes a la guerra habían caído sobre sus atónitas poblaciones, impotentes ante la temeridad y ante una forma de hacer la guerra tan radicalmente inhumana.

El secreto de sus éxitos estaba en sus naves. No tenían ni proa ni popa en sentido estricto, la orientación y dirección se operaban con la sencilla maniobra de cambiar la posición en el asiento de cada remero en función de las exigencias de la navegación. Al no tener cuadernas, las embarcaciones tenían las dos amuras sujetas a las bancadas en perfecta armonía; todo era muy sencillo en la factura de estas bellas embarcaciones. El maderamen superpuesto estaba calafateado con brea y musgo, lo que impermeabilizaba la nave al máximo. Con buen viento portante se rozaban las treinta millas por hora (16 nudos), velocidad esta muy considerable; si había calma chicha o que remontar un río, pues a remar se ha dicho.

No hubo capacidad de reacción por parte de la guarnición. La sorpresa fue mayúscula. La violencia devoradora se adueñaba de la ciudad

La denominación drakkar aplicada a estas embarcaciones es errónea pues, en puridad, la grafía es de raíz francesa o más bien, una deformación de la misma. La palabra es más exactamente de origen normánico. Drekar es plural de dreki (dragón) y hace alusión a las figuras zoomorfas que ahuyentaban a los malos espíritus desde el mascarón de proa. En el famoso tapiz de Bayeux, a partir de la escena 44 se ve claramente la configuración clásica de estas naves que aterrorizaron los mares in illo tempore.


Dicho esto, mas allá de las discrepancias entre los historiadores Vicens Vives y Claudio Sánchez Albornoz sobre la ruta que siguieron los vikingos antes de asaltar Pamplona, lo sustancial es que más de dos mil de ellos armaron la marimorena por aquellos pagos.

El rápido y cruel ataque

Todo ocurrió sin ruido. Todo sucedió de manera nítidamente espantosa.

Mientras desembarcaban, una partida de ellos se cebó con los campesinos de la zona arrebatándoles los caballos y cualquier cosa que cumpliera el requisito de tener cuatro patas. Las gallinas convenientemente pasaportadas se convirtieron en manduca de choque para los hambrientos normandos.

Otro destacamento, con los caballos ya a buen recaudo y en número no menor a un millar, atacaron como una exhalación el intramuros de la antigua ciudad pamplonica. Una escabechina sin precedentes cayó sobre los habitantes, que entraron en pánico. No hubo capacidad de reacción por parte de la guarnición pues la sorpresa había sido mayúscula. Mientras la violencia devoradora se adueñaba de la ciudad, un grupo de incondicionales con García Íñiguez al frente se batían en retirada hacia la ciudadela combatiendo en un cuerpo a cuerpo en el que era difícil de disociar unos de los otros.

Al caer la tarde, la masacre se había consumado, y la entonces pequeña ciudad ardía por los cuatro costados; la entera guarnición había sucumbido hasta el último hombre. El botín era inmenso en esclavos, valores, y por supuesto, en los rescates a cobrar posteriormente.

En tres de las cuatro ocasiones en las que los vikingos hollaron la península ibérica, salieron trastabillando y con fortísimas pérdidas

placeholder Garcia Íñiguez de Pamplona según el pintor Manuel Aguirre y Monsalbe.
Garcia Íñiguez de Pamplona según el pintor Manuel Aguirre y Monsalbe.

Las crónicas musulmanas y cristianas de la época confirman la presencia de los normandos en Pamplona en ese año. Se da la paradoja de que se operaría el milagro de que pasaran "desapercibidos" los vikingos delante de Zaragoza, aspecto este que más tiene apariencia de venganza en diferido por parte del clan Beni Quasi, a la sazón con plaza y mando en dicha ciudad, ya que Íñiguez además de deshacer la alianza con sus antiguos socios musulmanes (de los que era tributario), se había liado la manta a la cabeza y se había hecho amigo de toda la vida del rey asturiano. Las cosas no ocurren por casualidad.

El 'Muqtabis', la crónica más famosa del periodo omeya de Al Andalus escrita por el historiador Ibn Hayyan (987-1075), tiene unos fragmentos inéditos de esa obra, descubiertos en la ciudad marroquí de Fez, en los que se menciona el apresamiento de García Íñiguez y las enormes dificultades que tuvo para pagar el rescate. Tras arduas negociaciones, el soberano sería liberado y sus hijos tomados como rehénes mientras él intentaba reunir 70.000 piezas de oro.

En tres de las cuatro ocasiones en las que los vikingos hollaron la península ibérica, salieron trastabillando y con fortísimas pérdidas. Ya años antes (en el 840), y como precedente, unos asturianos muy cabreados con Ramiro I a la cabeza, les habían hecho un roto de buen calibre quemándoles la mitad exacta de la flota y causándoles pérdidas escandalosas. Como en Sevilla (en el 844), que encontrarían la horma de su zapato a manos del emir Omeya Abd el Rhaman. Años mas tarde, en Galicia, cuando andaban ramoneando para ver qué pillaban al descuido, sufrirían una derrota contundente a manos del conde Pedro, vasallo del rey de Asturias, Ordoño I. La España en ciernes, la de nuestros abuelos históricos, los árabes y los cristianos ultramontanos, estaba muy acostumbrada a la guerra y es aquí, y no en otro lugar, donde estos perillanes recibirían sus correctivos más severos.

No fue una anécdota, fue la muesta de la osadía de unos prestidigitadores. Aparecían y desaparecían con la misma velocidad con la que llegaban

Un último apunte en pos de la escurridiza verdad pone en cuestión las crónicas árabes de aquel tiempo. Según relatos contrastados a día de hoy, y con documentación bastante probada, al parecer, el historiador vasco Anton Erkoreka, así como el holandés Dozy, argumentan que ese durísimo ataque contra el temprano reino de Navarra se originó desde el Bidasoa, atravesando la calzada romana y el puerto de Velate.

Aunque no volvería a ocurrir, las murallas de Pamplona serían reforzadas hasta convertir su altura en inasequible para los amigos de lo ajeno. Desde Tudela hasta la capital se implementarían en la ribera una docena de puestos de vigía, por si acaso.

El ataque vikingo a Pamplona no fue una anécdota al margen de la historia; fue la expresión de la osadía de un pueblo acostumbrado a la prestidigitación; aparecían y desaparecían con la misma velocidad con la que habían llegado. En ese paréntesis, el infierno abría sus fauces.

"La vejez es el momento para despedirse de innumerables dueños".

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