¿PARÍS BIEN VALE UNA MISA?

"Vamos a pecar, que es gratis": Enrique III de Navarra, un pillo respetable

Con él, el contorsionismo politico alcanzó categoría de arte. Esta es la historia de Enrique III, rey navarro (y de Francia) defenestrado literalmente por una turbamulta

Foto: Enrique III de Navarra
Enrique III de Navarra

"Se nace llorando. Luego se comprende el porqué."

–Proverbio chino.

Aquel que dijo en su día "París bien vale una misa" tenía una filosofía inmensamente pragmática que entendía que el Dios, ubicuo y omnipresente, había creado en un ciclo interminable, cual escalera sin fin de Escher, pecadores, para luego castigarlos por sus desatinos; no se sabe si por negligencias en su diseño original o por perversidad incomprensible. Estamos hablando, claro, del selectivo rayo flamígero de la justicia divina, atormentando alegremente a sus representados terrestres, y de su inveterada vocación por aplicar iracundos correctivos a los creyentes de a pie –el brazo expeditivo del Señor siempre fue mas laxo y de manga más ancha con sus orondos representantes–.

A esta línea de reflexión estaba abonado el enorme granuja que era este rey de Navarra, y más tarde de Francia, que ya estaba de vuelta de todas las triquiñuelas y artimañas humanas. Ello hizo que una soleada mañana del siglo XVI tomara una alegre y desenfadada decisión, una vez más. 'Vamos a pecar, que es gratis y pelillos a la mar', se dijo...

El momento cumbre de su ajetreada y azarosa vida religiosa vino marcado por un requiebro político que le embarcaría en dirección al reinado de Francia

Haciendo una peculiar interpretación de aquella famosa frase de Marco Tulio Cicerón (tan maltratada por casi todos los políticos a través de la historia) que reza asi: "la ley suprema es el bien del pueblo", cambió de religión en un abrir y cerrar de ojos. Todo, lógicamente, por una buena causa y para contentar a sus escépticos súbditos.

Un proceso alambicado y surrealista

El momento cumbre de su ajetreada y azarosa vida religiosa vino marcado por un requiebro politico que le embarcaría en dirección al reinado de Francia. Una escabechina de una magnitud escalofriante se estaba produciendo en el reino galo, y este adelantado del camuflaje teológico se convertíría por enésima vez –ya lo había hecho en otras ocasiones–, a la religión mas idónea para no ser fagocitado por ese vehiculo tan nutrido de desolación, viudas y huerfanos llamado guerras de religión

Mientras, en el país vecino, entre los protestantes hugonotes y los siempre bien armados de razones católicos locales se daba un feroz duelo por imponer la propia interpretación sobre la doctrina cristiana. La trifulca se había convertido en algarada y más tarde en abierta carnicería; el tono había ido subiendo en un infernal crescendo y la sangre corría a raudales por los adoquines de las principales ciudades francesas.

Alejandro Farnesio vistopor Otto van Veen.
Alejandro Farnesio vistopor Otto van Veen.

En un alambicado proceso no exento de surrealismo, este hábil y ladino monarca, buen conocedor de los resortes diplomáticos, observado con lupa desde la tramoya por Felipe II de España y la alargada sombra del ejército de Alejandro Farnesio por si se desviaba del camino correcto, en un acto de realismo político abjuró de lo jurado en una solemne ceremonia en la imponente catedral de Chartres. Ya deshecho el entuerto y sin complejos, se proclamó rey de Francia en el año del Señor de 1594 en medio de una intensa nevada. Con él, el contorsionismo político alcanzaba categoría de arte.

La tercera en discordia (los protestantes tenían su alternativa) con derechos dinásticos, la infanta española Isabel Clara Eugenia, hija de Isabel de Valois, tenía sólidos apoyos entre los católicos y por supuesto de la Corona Española y pugnaba por coronarse a pesar de la onerosa Ley Sálica. Los tercios del venerado Alejandro Farnesio, delicado y frágil de salud por aquel entonces, se habían estado paseando por Francia, literalmente, con un desparpajo sin precedentes, causando algunos rotos a los atildados aristócratas galos.

Por aquel entonces, el ambiente en París estaba muy enrarecido y la inquina que se mostraban las partes no auguraba nada prometedor

Pero claro, si nos ceñimos a lo aparente, el conflicto que se desarrollaba en la superficie poco tenía que ver con los ocultos intereses que se dirimían entre bambalinas. La Casa de Guisa, un conglomerado familiar con un poder de peso pesado en los momentos más virulentos, y con sello propio en la historia de Francia, había perdido parte de su ascendente en la corte y su protagonismo estelar de antaño se veía eclipsado por nuevos besamanos.

Por aquel entonces, el ambiente en París estaba muy enrarecido y la inquina que se mostraban las partes no auguraba nada prometedor. Así las cosas, se había producido un atentado unos días antes de la coronación del rey navarro en su candidatura a la más alta magistratura de Francia. El almirante Gaspar de Coligny (hugonote) protagonizó un asalto de extraña factura, adjudicado por algunos historiadores a la Casa de Guisa –que no aceptaba el ascenso del calvinismo en una corte en aquel entonces tan católica como la francesa– y por otros a la vehemente y celosa Catalina de Medici, ante la pérdida de su influencia a manos de los consejeros reales. El caso es que el anciano almirante había perdido un brazo por un tiro de arcabuz y lo tenía crudo para firmar y poner lacre.

Gaspar de Coligny.
Gaspar de Coligny.

El rey de Navarra -ahora también rey de Francia- estaba prácticamente secuestrado en palacio, pues tanta conversión había levantado las sospechas de la corte. Era vigilado discretamente por una selecta guardia de corps que no le quitaba ojo de encima, por si el habilidoso tránsfuga religioso tomaba las de Villadiego.

Unos días después, este navarro bearnés fue actor probablemente involuntario (la historia lo ha lavado con Perlán) de uno de los más espantosos y espeluznantes acontecimientos que recordarse pueda: la matanza de la noche de San Bartolomé.

El populacho, debidamente aleccionado y espoleado por los más bajos instintos –la idea del pillaje había subido la motivación varios enteros–, se tomó la justicia por su mano y comenzó una sangrienta carnicería en las calles de París. Miles de protestantes calvinistas, los llamados hugonotes, perecieron a manos de la turbamulta desatada en una ceremonia del horror que marcaría la historia venidera de Francia. Se calculan en más de diez mil los muertos producidos en esa noche y los días siguientes.

Gaspar de Coligny sería defenestrado literalmente mientras se recuperaba en su convalecencia, y el propio rey rezaba con intensidad para certificar su rotunda conversión ante el Señor y de paso pedirle proteccion adicional.

Tras algunos miles de muertos más, el Edicto de Nantes en 1598 consagra el catolicismo como religión de Estado mientras promueve una política de reconciliación que saca al país de las tremendas turbulencias acontecidas.

Al final de todo, la misa en París tenía un precio.

Alma, Corazón, Vida

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