UN PROBLEMA FRECUENTE QUE SOLO SE MAQUILLA

¿Te explotan en el trabajo? Prueba con la "habitación de la furia"

Las propuestas para solucionar la frustración entre los trabajadores suelen ser epidérmicas, y no evitan que cada vez sean más frecuentes los accesos de furia

Foto: Cuando el vaso se desborda, el trabajador llega a perder el control. (iStock)
Cuando el vaso se desborda, el trabajador llega a perder el control. (iStock)

Ya lo decía Yoda en 'Star Wars'. El miedo lleva a la ira, la ira lleva al odio, el odio lleva al sufrimiento y el sufrimiento lleva a pegarle una hostia a la pantalla del ordenador. Por lo general, basta con escrutar en nuestros corazones o echar un vistazo a los compañeros para comprobar cómo los ánimos están cada vez más soliviantados, especialmente en meses de alta exigencia como septiembre. Una tensión que en muchos casos se traduce en arrebatos de furia transitoria que dicen bastante no solo de la estabilidad mental de los trabajadores sino del mundo laboral moderno

En los últimos años se ha popularizado el concepto “office rage” (“furia en la oficina”) o “work rage” para hablar de este fenómeno, cada vez más frecuente en el oficinista medio. Como recordaba la psicoterapeuta Lucy Beresford en una investigación encargada por la compañía Canon, tan solo el 5% de los trabajadores afirma que no hay nada que les moleste en su trabajo. El 83% habían visto a algún compañero perder los nervios y el 63% reconocía haber sufrido uno de estos accesos de 'high expressed emotions', uno de esos típicos eufemismos ingleses.

La mayor parte de ataques de furia se producen entre los escalones inferiores de la empresa: “Esa gente no se siente al control de sus propias vidas”

La lista de motivos por los que alguien puede perder los nervios –en realidad, la gota que colma el vaso de una furia que se ha acumulado a lo largo del tiempo– es tan larga como trabajadores hay en el mundo. Reuniones largas e inútiles, fotocopiadoras que no funcionan, compañeros maleducados y la generalizada sensación de que uno es el último mono se encuentran entre las más habituales. Ahora, como señala un reportaje publicado en 'BBC' sobre el tema, las empresas se han dado cuenta de que tienen un par de problemas: una serie de empleados al borde del 'burnout' (o sumergidos completamente en él) y un montón de teclados que no funcionan.

¿Atajando el problema?

Todos lo hemos escuchado alguna vez. La válvula de escape más frecuente para el trabajador estresado es el golpe al teclado, el golpe al ratón, el golpe a la pantalla o el golpe a la fotocopiadora. Es una reacción razonable, aunque no lo parezca. Los niveles de adrenalina se disparan, la fuerza y la resistencia se multiplican, la memoria se ralentiza y el tiempo se experimenta de forma más lenta. Al mismo tiempo, la persona que sufre un acceso de furia pierde gran parte de su autocontrol, ese que la había mantenido sonriendo a sus superiores desde la mañana, y encuentra el desahogo liberador en un acto agresivo, que más tarde probablemente le causará remordimientos.

La tensión siempre estalla por la parte más débil. (iStock)
La tensión siempre estalla por la parte más débil. (iStock)

Esta pérdida de control se encuentra en sintonía con el sentimiento que suele ocasionar la mayor parte de arrebatos de furia en el mundo laboral: la sensación de que uno no tiene ninguna clase de control sobre su vida profesional. Como recuerda Beresford, la mayor parte de situaciones estresantes “refuerzan algo que no queremos aceptar: que no tenemos el control”. De ahí que la mayor parte de ataques de furia se produzcan entre los escalones inferiores de la jerarquía empresarial. “Esa gente no se siente al control de sus propias vidas”.

La industria parece haber encontrado una apañada solución. ¿Quizá ir a la raíz del problema y cambiar las condiciones laborales o proporcionar apoyo psicológico a cada uno de los empleados? Nada de eso. Lo que de verdad se ha puesto de moda, como recuerda 'BBC', son las “rage rooms” o habitaciones de furia, que consisten en lo que su nombre sugiere: a cambio de unos cuantos euros (alrededor de lo que costaría una sesión de fisioterapia) uno puede golpear durante unos minutos los objetos que prefiera. Como cabe esperar, los preferidos son las impresoras: como explica Stephen Shew, fundador de una “rage room” en Toronto, cada semana se destruyen unas quince en la sede de Battle Sports, quizá porque es “la quintaesencia de la oficina”.

La 'rage room' de Steve Shew. (Battle Sports)
La 'rage room' de Steve Shew. (Battle Sports)

Sus clientes son “jóvenes profesionales, entre 25 y 35 años”, explicaba a 'Vice'. Además, el 70% son mujeres. No se trata simplemente de aliviar el sufrimiento causado por el trabajo, muchas personas acuden por problemas personales o simplemente porque quieren probar algo nuevo. El emprendedor recuerda que una vez recibieron la visita de lo que parecía un grupo de moteros. Desde luego, es mucho más fácil romperlo todo si alguien lo va a limpiar más tarde. “Toda nuestra vida nos dicen que no debemos golpear las cosas. Que no hay que romper nada. Que tenemos que portarnos bien. No es así en la habitación de la furia”.

¿A quién beneficia la furia en el trabajo?

Una investigación publicada en 'Anthropology of Work Review' propone una interesante visión alternativa de esta furia laboral. Según señala la autora, Kim Turcot diFruscia de la Universidad de Montréal, la utilización del concepto “work rage” resulta muy útil en la gestión empresarial moderna. En primer lugar, porque individualiza a cada trabajador como responsable de sus accesos de furia, y en segundo lugar, porque otorga a los recursos humanos una posición privilegiada como los expertos capaces de solucionar los problemas de los empleados problemáticos.

Tienes que ser muy fuerte para trabajar. Así que cuando alguien da un golpe en la mesa con el puño y dice '¡no!' le entiendo

“La individualización y la psicologización de la disensión, la negación de las causas estructurales para explicar la insatisfacción de los trabajadores y la anulación de una visión opuesta en las relaciones laborales en favor de una co-responsabilidad colaborativa entre las compañías y los individuos” son, a juicio de la autora, las cualidades de la gestión de recursos humanos moderna. La caracterización de estos arrebatos de furia como “manzanas podridas” en el correcto funcionamiento de la empresa provoca que la responsabilidad sea depositada en el empleado, que es el que debe reformarse si quiere conservar su trabajo, lo que minimiza el papel de la empresa.

Algo que reconocen algunos de los responsables de RR.HH. La propia Turcot cuenta una anécdota durante una cena navideña en la que se encontró con uno de los cazatalentos 'senior' de una consultora de recursos humanos –es decir, la clase de profesional menos propensa a los ataques de ira–, que le confesó su simpatía hacia los furiosos trabajadores de puestos inferiores. “No es nada fácil. A la gente la exprimen como a un limón, y cada vez tienen menos red de seguridad”, explicaba entre copas de champán. “Déjame contarte una cosa: tienes que ser fuerte para ser trabajador, hace falta tener la piel muy gruesa. Así que cuando alguien da un golpe en la mesa con el puño y dice '¡No, no lo consiento!' le entiendo. Está muy bien decir 'contrólate', pero incluso yo hay veces que, si no me controlase...”

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