LA BANCA NO SIEMPRE GANA

El hombre que entró con 4.000 libras en el casino y salió con cuatro millones

Charles D. Wells, un ingeniero inglés de medio pelo cambió su vida cuando se lo jugó todo en la ruleta... durante cinco días seguidos

Foto: A día de hoy las hazañas de este pícaro 'a la inglesa' siguen siendo recordadas en Montecarlo.
A día de hoy las hazañas de este pícaro 'a la inglesa' siguen siendo recordadas en Montecarlo.
Charles D. Wells.
Charles D. Wells.

El casino de Montecarlo, un referente del lujo del estilo imperial francés donde la élite disfruta de su tiempo de ocio derrochando opulencia mientras se entretienen con juegos de azar de la mano de un Martini, sin tener en cuenta, probablemente porque no les hace falta, que la banca siempre gana.

O casi siempre. Rondaban las postrimerías del siglo XIX cuando Charles D. Wells, un hombre de mediana edad que se reconocía como ingeniero, aunque sin mucho éxito en la Inglaterra de la época, se convirtió en inventor. La Revolución Industrial fue también una etapa de apogeo para la aparición de nuevos artilugios, y una buena era para pescar a adinerados inversores, deseosos de depositar su dinero en todo tipo de avances.

Wells lo sabía y, cansado de dar tumbos en trabajos inestables que le revertían pocos ingresos, decidió ganarse la vida con algo menos escrupuloso. Comenzó así a poner anuncios en la prensa sobre patentes de inventos ficticios con la esperanza de que algún incauto empresario convertido en nuevo rico durante la Revolución Industrial mordiese el anzuelo.

La cuerda que cambió su vida

Con el tiempo, sin embargo, comenzó a desarrollar patentes de verdad y, al final de su vida, llegó a registrar hasta 192. Creaciones tan originales como poco celebradas entre las que se encuentra un limpiafondos para el barco cuando está en movimiento o una excelente combinación de carro de la compra con bastón.

Un observador describió su juego como "una imprudencia que sugería la imagen de un millonario que quiere deshacerse de su dinero aprisa"

En el siglo de los inventos, cualquier cosa que oliera mínimamente a nuevo era como una explosión de purpurina, deslumbrante para la rampante burguesía británica, y fue en 1891 cuando uno de esos burgueses decidió comprar una de sus patentes por 4.000 libras; una cuerda para saltar a la comba con música.

No es que fuera Edison pero, entre inventos y tejemanejes, le entraba algún suculento fajo de billetes (4.000 libras podían equivaler a unas 400.000 de hoy en día). Con el dinero recién conseguido de su comba musical, Wells se fue directo al casino de Montecarlo a jugárselo a la ruleta.

La ruleta es uno de los juegos en que menos posibilidades hay de trazar una estrategia. Eliges un color y esperas a que caiga la bola; esa parecía ser la de Charles. Se sentó a la mesa y, sin parar ni siquiera para comer, comenzó a apostar mientras la gente se agolpaba alrededor a observar su racha ganadora.

No parecía posible

Esto es lo que haría durante los próximos cinco días. En una de esas jornadas, llegó a hacer saltar la banca (se produce cuando esta se queda sin dinero en la mesa, en cuyo caso se cubre con una tela hasta que traen otra remesa de dinero para continuar jugando) hasta en cinco ocasiones.

'El casino de Montecarlo'. (Jean Georges Béraud)
'El casino de Montecarlo'. (Jean Georges Béraud)

En el libro ‘The Man Who Broke The Bank At Monte Carlo’, de Robin Quinn, se cuenta cómo Wells alternaba la ruleta y las cartas en lo que un observador describió como “una imprudencia que sugería la imagen de un millonario que quiere deshacerse de su dinero aprisa”.

Durante una sesión de ruleta llegó a ganar en 23 tiradas de 30. Se cuenta que tenía predilección por apostar al número cinco, y que ganó, apostando a ese número, cinco veces seguidas, contra toda probabilidad. No es más que una leyenda, pero el cinco se convirtió así en un número mágico, el que le acompañó, y en un número pretendido entre los jugadores de casino.

Al final de sus jornadas, lo que fueron en un principio 4.000 suculentas libras para este buscavidas de 50 años se habían convertido en cuatro millones; toda una fortuna en la época y una hazaña ciertamente difícil de ver en un casino.

¿Cuál es el truco?

Las probabilidades de que eso pase son ínfimas y, de que vuelva a pasar, con los avances de los casinos para asegurarse que su tajada queda intacta, prácticamente inexistentes. Aún a día de hoy existen todo tipo de teorías sobre qué fue lo que llevó a ese pícaro a ganar tanto dinero sin despeinarse. ¿Suerte? ¿Intercesión divina? ¿Tenía un sistema? Es lo más probable, y sin embargo el casino no pudo detectar ningún patrón en la colocación de sus apuestas.

Los casinos hacen controles periódicos a las máquinas y las cambian en el caso de detectar algún defecto

Como ingeniero, conocía de la imperfección de las máquinas y quizá pudo haber detectado algún defecto por el cual la bola tendía a caer más en unos números que en otros, aumentando así sus probabilidades de éxito, como luego hicieron a la española Los Pelayo. Sin embargo, el casino de Montecarlo y, en general todos, hacen controles periódicos a las máquinas y las cambian en el caso de percibir alguna tara en ellas. Él, como buen jugador, nunca reveló el secreto.

Sea como fuere, aquellos días la suerte estuvo de su lado. Todavía hoy se pueden encontrar cuerdas de saltar con música (no sin evidente dificultad) y en Montecarlo sigue resonando el recuerdo de Charles Wells como una fulgurante muestra de que la banca, pese a lo que dicen, no siempre gana.

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