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El proyecto español para tener una bomba atómica
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El proyecto español para tener una bomba atómica

España estaba negociando discretamente la entrada en aquel club del Apocalipsis con el objetivo de obtener un artilugio que levantara cierto reconocimiento en el vecindario

Foto: El efecto de la bomba atómica arrojada sobre Nagaski.
El efecto de la bomba atómica arrojada sobre Nagaski.

"Si todos nos diéramos las manos nadie podría disparar".

Bob Marley

Era un día nublado de un mes de junio del año 1945. Un bombardero norteamericano sobrevolaba en las alas de la muerte mientras llevaba en su vientre el mensaje del Armagedón. Era una hora temprana en la que nadie esperaba nada más allá del trino de los 'Toris' y de la brisa marina proveniente de la bahía.

A 600 metros de altura debía ser explotado el artefacto infernal. El comandante de la operación, un tal coronel Tibbs, era el experimentado piloto elegido para desarrollar una de las acciones de guerra más ominosas que se puedan recordar y que, como comúnmente se cree, nunca antes conoció en profundidad. Pudiera ser que desconociera el alcance de la operación: que fuera a protagonizar uno de los actos más atroces de la historia de la humanidad.

El sol no acababa de definirse para iluminar el escenario de horror que se iba a producir en los siguientes segundos. Al parecer, toda la naturaleza dudaba ante tan macabra situación.

En este punto, una enorme nube cubrió la vergüenza, mientras abajo se volatilizaban una entera ciudad y algo más de 100.000 inocentes. El imperio oriental que había desatado atrocidades sin cuento en Manchuria unos años antes había tropezado con un rival inmisericorde al generar una provocación probablemente tolerada o consentida en unas perdidas islas del Océano Pacífico.

Sin previo aviso, el recordatorio de aquella declaración de guerra ha sido harto recordado por el cine de propaganda bélica, omitiendo el bloqueo económico previo que padecía Japón en aquel entonces. Estados Unidos –y más tarde Cuba– decidió tomar represalias en forma de embargos comerciales y de una notable reducción del suministro de petróleo y del caucho, rozando la casi total supresión del mismo. Debido a estas sanciones, así como las impuestas por los británicos, el comercio exterior de Japón cayó en un 75%.

Hace más de cinco mil años, explicaba el autor Allan Altford en su libro 'Los Dioses del nuevo milenio', en la civilización Harappa, situada en el Valle del Indo, hubo en una de sus ciudades una implosión atómica aparentemente inexplicable.

Potencias como Francia han creado la falsa ficción de dotarse de una seguridad de consumo doméstico que, lejos de tranquilizar, crea más desasosiego

De idéntica manera, el gas electrificado, las armas de plasma y la muy probable presencia –juzgando con una deductiva lo más razonable posible la impenetrable muralla de oscurantismo de la historia antigua– de manifestaciones en formas de fuego destructor de una vehemencia desconocida, nos acercan a una lectura más bien poco amable del libro sagrado hindú del Mahabaratta y del Vymaanika-Shaastra, en simbólicas y en ocasiones imprecisas alusiones de interpretación, que van bastantes sustanciadas en lo que se refiere a indicios racionales, de que ya en aquel entonces algo extraño e inexplicable ocurría en los escenarios bélicos.

Los vimanas, extrañas aeronaves con poderes inapelables, o la salinización condenatoria a los osados que echaran la vista atrás durante la destrucción de Sodoma y Gomorra, dan pie a muchas especulaciones o, sencillamente, a mirar a otro lado ante la lógica incredulidad que aporta la paulatina pérdida de memoria de un género humano cada día más 'estupidizado' por las verdades enlatadas. Un género humano que da por sentado que la verdad habita siempre en cómodos sofás, mientras que se olvida de que hace unos millones de años se urgió con dignidad en medio de la adversidad para mirar las estrellas y el misterioso espacio profundo.

Tras dejar postrada a una antigua cultura arrasada por dos bombas de una inusual ferocidad, los nuevos accionistas del poder absoluto pareciera que se iban a consolidar como dioses inmortales, pero desde entonces algunas potencias como Francia, Rusia, China e Inglaterra se han creado la falsa ficción de dotarse de una seguridad de consumo doméstico que, lejos de tranquilizar, crea más desasosiego. El actual armamento atómico de las dos grandes potencias por excelencia, además de ser invisible a los más avanzados sistemas de alerta temprana, es hipersónico.

El infierno y la guerra son lo mismo. Solo consiste en desgarrar el alma para destripar cualquier atisbo de esperanza

¿Qué es el Armagedón? ¿Qué es el infierno? ¿Qué es la guerra? Esencialmente, es lo mismo. Solo consiste en desgarrar el alma humana para destripar cualquier atisbo de esperanza en ese Sancta Sanctorum, en el que el sujeto se cree a salvo de ser expropiado de su más íntima forma de reflexión, convirtiéndolo en una bestia sin 'yo propio' en beneficio de los designios y caprichos de los factótum de la más alta inmoralidad.

España, tras el golpe de Estado protagonizado por los militares sublevados contra la voluntad popular, y tras asistir a dos atroces guerras, una intramuros y otra extramuros, había quedado muy retrasada en el concierto tecnológico militar mundial. Era una cuestión de "prestigio" que tarde o temprano se intentara un acercamiento a un formato de doctrina militar contundentemente disuasorio. Primero Rusia y más tarde Francia e Inglaterra se afiliaron al "selecto" grupo de jinetes delApocalipsis.

A alguien se le había ocurrido una historia de buenos y malos, en la que los malos eran unos pobres desgraciados, esclavos de un régimen de terror dirigido por un elemento llamado Iosif Stalin, y los buenos eran unos cándidos angelitos que se dedicaban a fomentar golpes de Estado, dictaduras y a expoliar de sus recursos propios a todos aquellos que osaban discrepar del orden establecido. En definitiva, una merienda de blancos, en la que el miedo, motor e inductor de la alocada carrera armamentística que presidió la Guerra Fría, haría el resto.

Por aquel entonces –era la década de los años 50–, España comenzaba tímidamente a levantar vuelo tras un escenario de larga desolación. Dos generales, Juán Vigón y Agustín Muñoz Grandes, con cierta distancia en el tiempo pero con un propósito común, intentaban implementar los mimbres del proyecto doméstico de crear una bomba atómica táctica de andar por casa. Las estratégicas o intercontinentales eran primer plato de uso exclusivo para las grandes potencias, no solo por su enorme alcance y precisión, sino además por su devastadora capacidad de destrucción.

España estaba negociando discretamente la entrada en aquel club, y a la par se movía en la correcta dirección técnica, implementando acciones conducentes a la obtención de un artilugio que levantara cierto reconocimiento en el vecindario.

Al sur de España y al otro lado del estrecho había un país poblado de chilabas y turbantes que se habían puesto un poco pesados y estaban dando la murga sobre un trozo de tierra llamado Sidi Ifni, un antiguo enclave colonial español que, de manera un tanto artera, pretendían levantarnos nuestros vecinos de al lado.

El sueño producido en una corta siesta de verano se desvaneció con la misma inconsistencia con que había sido diseñado

Dicho todo esto, el proyecto atómico español con fines bélicos andaba un poco trastabillado entre contratiempos financieros, presiones externas y necesidades objetivas. Finalmente, tras muchos retrasos, dudas e incertidumbres, y después de una tensa reunión entre el general Agustín Muñoz Grandes y el dictador se abandonó el proyecto llamado Islero, sine die. Argumentaba Muñoz Grandes que las presiones norteamericanas sobre el proyecto atómico español eran poco menos que una bajada de pantalones, y que a la postre iban a suponer una dependencia no grata del "amigo americano”, como así sucedió. Además, todo esto ocurría durante los fatídicos momentos del accidente nuclear que mantuvo en vilo al mundo entero cuando dos Stratofortress B-52 colisionaron al sur de Almería, soltando a unas pocas millas tres artefactos que podrían haber organizado un incidente de consecuencias imprevisibles de haber detonado su letal carga.

Así, el proyecto Islero, llamado así en recuerdo del morlaco que le asestó una puñalada aviesa al inolvidable Manolete, quedaba arrinconado en vía muerta.

El sueño producido en una corta siesta de verano se había desvanecido con la misma inconsistencia que había sido diseñado, poniéndole dientes a un rumor que parecía prometer pero que no despertaba de su estado inofensivo.

Felipe González, el presidente que un día fue socialista y que ahora tiene la brújula un poco despistada, pondría fin al programa militar atómico español a cambio de entrar en el Mercado Común y, de paso, de tapadillo, con una increíble propuesta de referéndum –que pasaría a la historia como una enorme tomadura de pelo–, colándonos un gol por la escuadra con el tema de la OTAN.

España, el país donde arrasa el paracetamol y el ibuprofeno.

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