SE ACABÓ LO QUE SE DABA

El fin de la comida de negocios (y lo que desvela del mundo laboral)

Cada vez son más los trabajadores que admiten que les resulta imposible levantarse de su lugar de trabajo para comer fuera. Algo que tiene más implicaciones de lo que parece

Foto: Se acabaron los días de vino, rosas y de lo otro. (iStock)
Se acabaron los días de vino, rosas y de lo otro. (iStock)

No te sientas solo, no eres el único. Es muy probable que, si tienes menos de 40 años –aunque no es condición indispensable–, hayas oído en alguna ocasión aquello de los “viejos tiempos”. Un Paraíso Perdido en el que los viajes de empresa eran muy habituales, donde uno podía salir a “hacer un recado” (la declaración de la renta, cortarse el pelo, llevar a los niños al colegio, irse al cine a ver una de arte y ensayo como Don Draper) sin que le pidiesen cuentas por ello, donde las comidas de empresa pagadas por la susodicha empresa eran el pan y el vino de cada día. En definitiva, donde currar, lo que es currar, suponía tan solo una pequeña parte de la jornada laboral.

Hasta cierto punto, tenía sentido. En muchos sectores, las relaciones personales con el cliente, o con el proveedor, o con la fuente si estamos hablando de periodismo, eran parte esencial de la actividad diaria. Raro era el trabajo en la empresa privada donde el trato humano no fuese un factor importante. Era mucho más sencillo conseguir cerrar un trato favorable o que el político o empresario de turno largase si sus palabras estaban regadas con un buen Ribera del Duero acompañado por un solomillo, y en un ambiente de confianza. Un esfuerzo en apariencia intangible, pero con el cual se solían obtener beneficios muy tangibles.

Los tiempos, no obstante, han cambiado. No hace falta que se publique una encuesta inglesa, como explica 'The Telegraph', para que todos nos pongamos de acuerdo en que cada vez hay menos tiempo para comer fuera, ya sea simplemente por desconectar o incluso para sacar algo de provecho empresarialmente. Como señala una encuesta realizada por Bookatable, una agencia de reservas hosteleras, la presión económica y las restricciones de horario han acabado con “los gloriosos días de las comidas de negocio alcohólicas”.

Alrededor de la mitad de los trabajadores admite estar demasiado ocupado como para dejar sus mesas para comer fuera

Alrededor de la mitad de los trabajadores británicos admite estar demasiado ocupado como para dejar sus mesas para comer, a pesar de que un tercio de ellos asegura que resultaría mucho más fácil convencerlos de renovar un contrato o contar con determinado proveedor si se les había llenado la panza de comida y bebida en un buen restaurante. Suena contradictorio (si merece la pena, ¿por qué no invertir en ello?), pero dice mucho acerca de la manera en que ha cambiado el entorno laboral después de la crisis.

Cada segundo cuenta, por eso tantas personas comen sentados al escritorio. (iStock)
Cada segundo cuenta, por eso tantas personas comen sentados al escritorio. (iStock)

Sobre todo, si tenemos en cuenta el momento en el que, según los datos de Booktable, más comidas de empresa se llevaban a cabo: los años ochenta. Es decir, el momento en el que las empresas comienzan a adoptar nuevos métodos y objetivos en el marco de la era neoliberal, pero en el que todavía se arrastran viejas costumbres de antaño. Tiempos más prósperos, pero seguramente, también más informales, donde ese lado incuantificable del trabajo se daba por hecho.

La crisis ha cambiado las cosas, pero no ha sido el único factor. Evidentemente, el duro revés económico que muchas empresas recibieron les llevó a revisar cada euro que invertían: no solo en cuestión de sueldos, sino también en horarios y otros gastos como las dietas o los gastos de bolsillo. Le pasa a cada vez más gente: es muy complicado, tanto por tiempo como por dinero, abandonar el puesto de trabajo al mediodía, algo que ha perjudicado enormemente a los restaurantes cercanos a las zonas de negocios que en un pasado se llenaban con trabajadores negociando un buen trato o, simplemente, con compañeros con los que intercambiaban opiniones sobre diversos aspectos. Quizá también, sobre la propia compañía; y es posible que esa sea también una buena razón empresarial por la que, a la larga, esos almuerzos donde uno se propone arreglar el mundo (empezando por su propia compañía), resulten poco rentables.

Lo que no se puede contar no existe

Hay otra posible explicación para que estas comidas se hayan extinguido, y que tiene que ver con la creciente cuantificación, valoración y control del trabajo. Debido a que la supervisión ya no se mide de manera informal y directa, como antes (“trabaja bien, que lo conozco”; “no sirve para el puesto, no da un palo al agua”), y ha sido sustituido por otras herramientas numéricas, en las que los 'rankings', los porcentajes y las tablas pueden marcar la diferencia entre un ascenso o perder el puesto, ¿en qué lugar puede quedar algo tan abstracto como esta clase de comidas?

Desde los años 80, cuando las comidas podían alargarse durante horas –con numerosos platos y botellas de vino–, los menús se han acortado

Su principal problema es que su utilidad real es difícil de medir. El ejemplo del mundo periodístico es evidente: quedar a comer con una fuente que puede contarnos algo interesante puede ser un esfuerzo baldío, pero también puede llevarnos a dar con la exclusiva de nuestra vida. Por el contrario, sabemos que, si nos quedamos en el escritorio tecleando, tarde o temprano tendremos un bonito texto que publicar; y si necesitamos hablar con alguien, para eso está el teléfono (lamentablemente, no podemos emborrachar a nadie a través de la línea telefónica para que baje la guardia). Entre una alternativa y la otra, la mentalidad contemporánea se quedará con la segunda opción, mucho más rentable a corto plazo, sin duda; pero quizá se haya perdido una gran oportunidad a largo.

“En tiempos recientes, hemos visto cómo nuestra clientela de negocios buscaba opciones de comida más eficientes en coste y tiempo”, explica en el reportaje John Wiltshire, dueño de un restaurante. “Desde los años más decadentes de los 80, cuando las comidas podían alargarse durante horas –con numerosos platos y botellas de vino–, nuestras comidas modernas han sido cada vez más eficientes”. Es es el gran término trampa, eficiencia: un término que, en muchos aspectos, es fácil de calcular, pero en otros no tanto. Y es lo que probablemente se haya sacrificado, al menos, hasta que se inventen las herramientas necesarias para calcular la relación entre coste y beneficio de pagarle un vino un poco mejor a un cliente. Lo que por ahora está claro es que Bob Woodward no respondió a Garganta Profunda que no se preocupase, que podía contarle lo del Watergate por teléfono porque no tenía tiempo para quedar con él.

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