Matthias Sindelar, el hombre que metió un gol a Hitler y se rió en su cara
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UN ZASCA EN LA BOCA DE HITLER

Matthias Sindelar, el hombre que metió un gol a Hitler y se rió en su cara

De origen judío, este enorme y talentoso jugador, con tan solo 18 años accedió a la elite del futbol austriaco con su selección nacional. Era solo el principio de su leyenda

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Pocos hombres se habrían atrevido a humillar el orgullo del caudillo alemán.

La política es un tabernáculo de escorpiones.
Zenk

Durante el largo y dramático acontecer del ensayo general de lo que fue otro episodio más del llamado Juicio Final al que hemos dado en llamar II Guerra Mundial. Un Leviatán feroz y desatado cual caníbal hambriento, ebrio y poseído de esa extraña sustancia que llamamos locura colectiva, orgía de bajos instintos, enajenación moral transitoria, o coartada perfecta para liberar todas las atrocidades que duermen reprimidas en el fondo de cueva abisal de este bípedo que viaja de prestado con rumbo errático en medio del cosmos, ocurrieron muchos hechos asombrosos que elevaron la dignidad por encima del miedo, y de paso dieron testimonio de la grandeza que esconde el verdadero valor ante la más lacerante adversidad.

En una guerra cualquiera, los que pierden siempre son los “malos”, o al menos así reza en los libros para consumo de masas. Esta definición obviamente era la prevalente a la conclusión de la llamada Gran Guerra, convirtiendo automáticamente a los alemanes en los Hermanos Dalton y a los aliados en Lucky Luke. La historia solamente es benévola con quienes la escriben y lamentablemente está llena de digestiones con chinchetas. Y esto viene a cuento por el larvado rencor de los perdedores y sus catastróficas consecuencias, como se demostraría años más tarde.

Pensó desde su modesta condición hacerles un roto a aquellos prepotentes prebostes del nazismo y qué mejor ocasión que la de un partido de fútbol amañado

La ceguera, el revanchismo, la idolatría al mesianismo, el freno propio del pensamiento automatico, la perpetuación de las propiasverdades como inmutables, la frustración del pueblo alemán ante la hoy asumida por los historiadores como tremenda y evitable humillación del armisticio de Versalles en un vagón en el bosque de Compiegne en el año del Señor que siempre está durmiendo de 1918, un 11 de noviembre a las 5.30 de la madrugada para ser más exactos. Factores estratégicos y sociológicos más profundos, pero no por ello menos inquietantes, dieron acceso democráticamente a la jefatura de Alemania a un iluminado al que los dioses habían conferido la licencia para merendarse a más de 65.000.000 de seres humanos que no se sabe cómo ni por qué, estaban por allá a tiro de su amplio formulario de despropósitos.

El hombre de papel llega

Uno de los platos iniciáticos de la gran merienda bélica porvenir fue la política del Anschluss, o lo que es lo mismo, modificación del menú sobre la marcha. El Tratado de Versalles prohibía expresamente la unión entre Austria y Alemania, pero los nazis estaban empeñados en anexionarse el país alpino a cualquier precio ya fuera por las buenas o por las malas. El 12 de marzo de 1938, sin más preámbulos, lo invadieron y convocaron un plebiscito en favor de la unión, en el que un mes mas tarde ¡abracadabra!, triunfó la voluntad popular debidamente domesticada con un 99.9 % a favor. Aunque bien es cierto que había una alta proporción de población germana que aplaudía la anexión, la mera presencia de los Panzer en las calles de Viena fue más que convincente. De esta forma Pantagruel y su mostacho, se apuntaron un tanto. 1-0.

Pero no todo salió a pedir de boca. Un delgado futbolista, delantero de eficacia contundente, apodado el hombre de papel por su extraordinaria habilidad para colarse entre las defensas adversarias con un regate demoledor, y al parecer bastante cabreado con la invasión, atraco, asalto o como se le quiera llamar a la anexión por la fuerza de Austria a manos de los teutones, pensó desde su modesta condición de deportista en hacerles un roto a aquellos prepotentes prebostes del nazismo , y qué mejor ocasión, que la de un partido de futbol amañado previamente con resultado de empate, para darles un susto de muerte .

De origen judío, este enorme y talentoso jugador –Matthias Sindelar para los anales de la posteridad–, con tan solo 18 años accedió a la elite del fútbol austriaco con la selección nacional. Ídolo de masas en su país, nunca olvidaría su condición humilde y su particular obra social entre los desfavorecidos de la marginada minoría checa de la que era procedente.

Alegando diferentes lesiones –todas ficticias–, se escaquearía de los compromisos impuestos por las autoridades nazis, pero ese día no lo hizo

Con la idea de utilizar como caja de resonancia el Mundial de Fútbol de Francia en 1938, el Führer, fundador del III Reich o Reich de los Mil años (que luego se quedaron en una docena pues las matemáticas no eran su fuerte), reforzó la selección alemana de balompié con la integración forzosa del completo equipo austriaco que por arte de magia pasó a incorporar a su camiseta una esvástica con sentido dextrogiro (la original era levógira y la largamente bimilenaria de origen Ario Indostanico o la llamada Vajrayana posteriormente usada profusamente en la iconografía budista).

Pero Matthias Sindelar no solo se negó a jugar bajo la selección alemana, si no que además, el dia 3 de abril de 1938 crearia una situación absolutamente surrealista. Previamente y alegando diferentes lesiones –todas ficticias–, se escaquearía de los compromisos impuestos por las autoridades nazis, pero ese día no lo hizo, pues curiosamente estaba en plena forma.

Matthias Sindelar, una pequeña biografía.

El dia del partido amistoso en el Prater de Viena entre las dos selecciones y antes de que se produjera la fusión impuesta, Matthias Sindelar lejos de amilanarse por la presión ambiental de los atildados jerarcas nazis y sus mariachis locales de camisa parda, les hizo un agujero importante en la red a los alemanes que sumado al de su compañero Sesta, hacían un 2-0 a favor de los austriacos y a continuación se fue al palco de autoridades y se marcó una samba fusión con toques tiroleses que desató las iras de los amos germanos.

El Schindler del balompié

Por supuesto que nunca más volvió a pisar un terreno de juego ni a tocar un balón de fútbol pues la turbamulta nazi se la tenía jurada. Sindelar se negó a abandonar su país y rehusó las posteriores convocatorias para incorporarse a la selección de fútbol de la Alemania nazi con miras a la Copa Mundial de Fútbol de 1938, donde Alemania ofrecería una pobre actuación siendo eliminada en la primera ronda. En los informes de la Gestapo fue catalogado como “sujeto amistoso hacia los judíos". Curiosamente, este dignísimo judío laico, ejemplo de humanidad y de valores universales, era de los que miraba a los rabinos por el rabillo del ojo.

Vivió oculto hasta que se encontraron sus restos junto a los de su pareja, aparentemente fallecidos por intoxicación de monóxido de carbono

Cuando el presidente del Austria de Viena fue expulsado de su cargo por su condición de judío, Sindelar siguió tratando como amigo personal al defenestrado dirigente, y cuando otro amigo judío fue obligado por las autoridades nazis a malvender su restaurante, Matthias Sindelar rehusaría aprovecharse de la situación comprando el negocio y pagándoselo a precio de mercado.

Condenado al anonimato más riguroso, viviría oculto entre sus incondicionales, hasta que aproximadamente nueve meses más tarde, un 23 de enero de 1939 se encontraron los restos del futbolista junto a los de su pareja, Maria Castagnola, aparentemente fallecidos por intoxicación de monóxido de carbono. El mejor jugador austriaco de todos los tiempos pudo no haber resistido la clandestinidad y sus secuelas y sucumbiera probablemente a una depresión severa. Tampoco pudo ser probado por la cantidad de obstáculos y presiones, la hipótesis de su asesinato.

En un funeral de estado estremecedor por su silencio y por la ingente masa de congregados –algo más de 40.000 asistentes–, este héroe nacional austriaco adelantándose a los acontecimientos, pasaría a mejor vida y se evitaría la terrorífica bajada a los infiernos y sobrecogedora experiencia de los seis años de guerra posteriores.

Matthias Sindelar, in memoriam.

Señor con maletín

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