Las dos estrategias que mejor funcionan para adelgazar: ¿cuál te conviene?
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ESQUIVANDO LA OBESIDAD

Las dos estrategias que mejor funcionan para adelgazar: ¿cuál te conviene?

Un estudio pionero ha desvelado cuáles son las dos mejores formas de evitar la obesidad. Y en una de ellas basta dejar de comer 25 gramos de queso al día para lograrlo

placeholder Foto: Perder peso podría ser más fácil de lo que parece. (iStock)
Perder peso podría ser más fácil de lo que parece. (iStock)

Se trata de una pregunta mucho más difícil de responder de lo que parece: ¿cuál es la mejor forma de perder peso? “Comer menos y hacer más ejercicio”, dirán algunos, y puede que esa sea en el fondo la clave, pero del dicho al hecho hay un trecho, y muchas maneras de afrontar un cambio tan profundo en nuestra forma de vida.

Un grupo de investigadores de la Universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill ha realizado un estudio pionero, publicado esta semana en la revista 'JAMA Internal Medicine', para saber cuál es la mejor estrategia para perder peso: una que implique pequeños cambios diarios o una que apueste por grandes cambios periódicos.

Los científicos reclutaron a casi 600 voluntarios de entre 18 y 35 años, unas edades en las que se suele ganar una media de 13 kilos de peso. Un aumento lento pero generalizado que condena a muchas personas a sufrir obesidad en la edad madura.

Durante este periodo de tres años, los adultos en este grupo de edad habrían estado, de media, entre un kilo y medio y 3 kilos más gordos, pero lograron adelgazar

Se dividió a los participantes en tres grupos, uno de control (que siguió comiendo como si tal cosa), y otros dos en los que animó a los participantes a realizar una serie de cambios en sus rutinas vitales.

El grupo de “grandes cambios” redujo su ingesta media entre 500 y 1.000 calorías al día durante ocho semanas y, poco a poco, fue aumentando su actividad física a 250 minutos por semana, y se les pidió que mantuvieran esta durante los tres años que duró el estudio.

El grupo de “pequeños cambios” dejó de consumir unas 100 calorías al día –el equivalente a una loncha de bacón o 25 gramos de queso– y se pidió a sus integrantes que, con la ayuda de un podómetro, dieran 2.000 pasos más al día de los que daban antes.

Unos resultados prometedores

Según la autora líder de la investigación, la profesora de comportamientos saludables y nutrición Deborah Tate, los resultados del estudio son remarcables para ambos grupos: “Durante este periodo de tres años, los adultos en este grupo de edad habrían estado, de media, entre un kilo y medio y 3 kilos más gordos, pero lograron adelgazar entre uno y dos kilos”.

Una reducción significativa de las calorías al principio de un programa de adelgazamiento puede ayudar a evitar el aumento de peso característico de la edad

Ambas estrategias redujeron el riesgo de padecer obesidad a la mitad: sólo el 7% de los participantes del grupo de “pequeños cambios” y el 8% de los del grupo de “grandes cambios” acabaron desarrollando obesidad, frente al 16% del grupo de control.

“Siempre hemos tenido la idea de que si haces pequeños cambios en tu dieta –andar más, coger las escaleras o dejar de picar– puedes prevenir la ganancia de peso, pero nadie había puesto esto a prueba”, asegura Tate. El estudio, además, pone sobre la mesa que las dietas de choque sí pueden funcionar: una reducción significativa de las calorías al principio de un programa de adelgazamiento puede ayudar a evitar el aumento de peso característico de la edad.

Ser consciente de que no debes ganar peso

El secreto del éxito reside en concienciar a las personas de lo importante que es mantener el peso a raya. Es importante señalar que al comienzo del estudio los investigadores mantuvieron diez reuniones con los participantes, durante un periodo de cuatro meses, en las que les explicaron qué debían hacer para no ganar peso durante los años que duraba el estudio. Uno de los elementos clave de ambas estrategias fue la obligación de pesarse a diario, mantener el control sobre el peso y llevar un registro de los cambios en la dieta y la actividad física. Esto es: ser consciente de que se estaban haciendo cambios, por pequeños que fueran.

“¿Lograrían hacerlo? ¿Se acordarían? ¿Podrían realizar los ajustes?”, se preguntó Tate al comenzar la investigación. “Descubrimos que no solo hicieron todo lo que les animamos a hacer, sino que además esto funcionó para prevenir el aumento de peso. Esa fue la mejor parte”.

“La prevención es la clave para luchar contra la obesidad, pero hasta ahora no teníamos ninguna evidencia concreta para guiar a los pacientes en la forma en la que debían evitar el aumento de peso”, concluye la investigadora. “Ahora, por vez primera, la tenemos”.

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