El corsario español que era temido por todos los piratas
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El corsario español que era temido por todos los piratas

Este pirata español había decidido aplicar su jarabe a todos sus colegas continentales y desde las Islas Canarias emprendió su particular cruzada contra todo bicho viviente

Foto: Amaro Pargo tal como fue inmortalizado en el videojuego 'Assassin’s Creed IV: Black Flag'. (Ubisoft)
Amaro Pargo tal como fue inmortalizado en el videojuego 'Assassin’s Creed IV: Black Flag'. (Ubisoft)

“La duración de la vida de cada uno es irrelevante, un paso para ver el enorme abismo de tiempo detrás de ti, y antes de ti, otro paso infinito por venir”.

–Marco Aurelio

De las mil caras y formas inmutables que el miedo esconde, una de ellas venía del mar. Era el mal, ese vil solicitante de vidas que agazapado en una noche sin estrellas, invocaba periódicamente su cíclico alimento humano, cautivo de la sorpresa y del azar.

Navegando sobre la marea silenciosa a golpe de remo y con costa a la vista, unos jabeques procedentes de la costa africana, probablemente piratas de Berbería alejados de su campo de acción original, el Mare Nostrum, se acercaban sigilosos bogando hacia las playas próximas de Lanzarote en un intento de sorprender a los lugareños para expoliarlos de sus escasos bienes, y de su bien más preciado; la libertad y la vida.

Al principio de las razias, su ambición era poca cosa, lo que caía y punto. Arramplaban con el ganado, aparejos, los escasos haberes de los autóctonos, etc., pero una terrible y habitual constante se fue instalando en su 'modus operandi': se llevaban a las mujeres en estado de merecer y a los niños para esclavizarlos, y otros usos.

Se calcula que en su dilatada vida llego a hundir más de un centenar de naves adversarias y de hacer llegar puntualmente las noticias a su monarca

Aquella noche, todo fue rápido y sucedió cuando los locales estaban durmiendo a pleno rendimiento. Algunos enormes mastines canarios pusieron en alerta a los desventurados y los atacaron con su habitual bravura, pero no había margen para una reacción organizada.

Andrajos de honor en cuerpos muy curtidos por el cotidiano repaso de la especial dureza a la que el mar somete a los que de él viven honradamente, al amanecer, algunos pescadores y las gentes ancianas habían sido pasados a cuchillo al ofrecer una resistencia testimonial. El panorama era desolador; pero por los caprichos del destino, no quedaría sin respuesta.

Un escarmiento bien merecido

El mal metafísico, aquel que campa en la impunidad, el que habitualmente no tiene contestación, el que se intuye pero no tiene presencia, había dejado su firma de horror en la ya lejana costa canaria, y ora a golpe de remo, ora ceñida por las contracorrientes propias de aquella zona, las embarcaciones se alejaban lentamente intentando poner agua de por medio.

Mas habían elegido un rumbo inadecuado.

Los jabeques de Berbería y sus franquiciados atlánticos eran naves que cortaban el mar a cuchillo, ágiles, veloces y de excelente maniobra; habiendo llegado en sus incursiones a Inglaterra e Irlanda y al sur de España, causaron verdaderos estragos hasta que se implementaron las medidas adecuadas para neutralizarlos, y no fue fácil.

Amaro Pargo, imbuido de un cabreo monumental, decidió darles un escarmiento potente como recordatorio condensado de sus viles hazañas

A las pocas horas del ataque, y por esas casualidades del destino, cuando apuntaba el alba, dos pataques de unas 30 toneladas, muy marineros, con todo el trapo desplegado, viento a favor y una artillería escasa pero de fácil maniobra y potencia de fuego sobrada, venían de empopada y a buen tren, en dirección contraria y en un deliberado rumbo de colisión.

Todo apuntaba a que no era casual. La carnicería fue espantosa.

Todo esto acontecía algo avanzado el siglo XVIII y nuestro protagonista, Amaro Pargo, imbuido de un cabreo monumental y más que razonable, había decidido aplicar a los franquiciados de una de las marcas más temidas del Mediterráneo y la costa noroeste atlántica, piratería más que temida en la época por los estragos que causaban por donde tocaban tierra, un escarmiento potente como recordatorio condensado de sus viles hazañas. Tras amputarles a los infelices portadores de turbantes todas aquellas partes funcionales que podían haberles dado alguna autonomía o proyección laboral de futuro, perdonó la vida a los afortunados pilotos, y tras hacer el trasvase de la “mercancía” incautada previamente, los reexpidió a su lugar de origen para que comentaran de viva voz con quién se la estaban jugando.

Amaro Pargo es uno de los personajes que aparece en el videojuego Assasins Creed 4.

Para mayor abundamiento, este corsario español había decidido aplicarle su jarabe a todos los piratas continentales y desde las Islas Canarias emprendió su particular cruzada contra todo bicho viviente desde Agadir hasta Tarfaya, y desde los refugios naturales de Khenifiss hasta El Ouatia, no dejó títere con cabeza .

Durante el tiempo que duró su existencia, se calcula que la piratería procedente del continente africano hacia las islas se redujo a cifras ínfimas, habida cuenta las aplicadas y contundentes incursiones que este habilidoso marino canario solía dispensar a sus vecinos de enfrente.

¿Mafioso o filántropo?

Su especial habilidad para conjugar un concepto de lo mercantil sustanciado con iniciativas atípicas más propias de las exigencias de una época en que las Islas Canarias eran objeto de frecuentes asaltos por su importantísima y privilegiada situación estratégica como puente hacia América (no olvidemos el ataque del Almirante Nelson repelido por el extraordinario general en la reserva Antonio Gutiérrez y las milicias canarias en 1797), y si a esto le añadimos una portentosa imaginación fuera de lo común, que era un hombre célebre, rico a espuertas, generoso con obras benéficas al margen de la estructura eclesial –y en connivencia con esta en ocasiones–, no se produce un choque incompatible en una personalidad acusadamente dual.

Su lado humano tuvo visos de buscar la redención en una forma primitiva de apoyo a la causa social de los isleños desamparados

Igual que arreaba mandobles sin reparo, el angelito era capaz de adoptar a familias enteras y sacarlas del hambre con unos prestamos muy parecidos a lo que hoy podríamos llamar “microcréditos”, a cambio de fidelidad, y unos porcentajes razonables de las cosechas, dentro obviamente de una estructura de vasallaje. Con los criterios de hoy, quizás podría no ser muy aceptable esta relación “contractual”, pero la gente agradecía ese formato de mínimos, ya fuera como mal menor o como mero mecanismo de supervivencia.

Aunque ciertamente su fuerte era el comercio de esclavos y que hizo de la piratería un arte mayor, su lado humano tuvo visos de buscar la redención en una forma primitiva de apoyo a la causa social de los isleños desamparados, en un marco en el que las conductas moralmente aceptables eran con frecuencia repudiadas por la durísima realidad cotidiana.

Un canario universal

Igual que comerciaba en el Caribe, con los holandeses y los ingleses haciendo contrabando y contraviniendo los criterios de la Corona española sobre este particular, repartía estopa a estos mismos socios con grandes dosis de jolgorio en el gran zoco interoceánico, y con gran regocijo añadido y especial inquina, pues eran “enemigos” cuando le convenía. Se calcula que en su dilatada vida llegó a hundir más de un centenar de naves adversarias y de hacer llegar puntualmente las noticias de estos hundimientos a su monarca, aunque la testa coronada sabía que era un pillo redomado.

De entre las muchas mujeres que le adoraron por su entonces muy valorada masculinidad y arrojo (en aquellos momentos era una tarjeta de presentación muy apropiada), Sor María de Jesús, una monja célebre por sus facultades parasíquicas, episodios de levitación contrastados, efectivas y curativas imposiciones de manos (el periodista tinerfeño Domingo García Barbuzano recoge una exhaustiva documentación acreditativa de estos hechos), fue la que creó un hálito místico en este perillán y la única que consiguió meterlo en cintura y hacer carrera de él. Cada vez que salía de correrías, le iba a pedir su bendición, cosa a la que la monjita no solo no se negaba –había que ver la cara de inocente que ponía el pieza mientras le persignaba la religiosa–, sino que además la colmaba de atenciones. Lo dicho, a Dios rogando y con el mazo dando.

Esta buena mujer yace hoy en un bello catafalco policromado con tres llaves de cierre asimétrico y con sus restos físicos incorruptos; del otro, del pirata que tanto “prestigio” dio a la España de entonces, quedan cuatro pelos mal ordenados y un par de huesos por aquí y por allá. No se merecía tanto castigo.

Amaro Pargo, un canario universal escondido en los mimbres de la historia.

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