UNA CUESTIÓN DE CÓDIGO POSTAL

Esto es lo que hacen los padres ricos por sus hijos, y es lo que marca la diferencia

Si tiene dinero, y quiere que a su retoño le vaya bien en el futuro, puede dejarle todo en herencia. O, mejor aún, puede hacer lo que todos (inconscientemente) terminan haciendo

Foto: Hijo mío, mi regalo de cumpleaños va a ser un apartado postal en el mejor barrio de la ciudad. (iStock)
"Hijo mío, mi regalo de cumpleaños va a ser un apartado postal en el mejor barrio de la ciudad". (iStock)

Durante los últimos años, parece haberse popularizado entre la élite de la élite una pauta de comportamiento que incide en la importancia del esfuerzo y de la iniciativa a la hora de cuidar a los hijos. Si Bill Gates o Warren Buffet han decidido que no otorgarán la mayor parte de su fortuna a sus retoños es, ante todo porque, como reconoció el propio oráculo de Omaha, “una persona muy rica debe dejar a sus hijos lo suficiente para hacer algo, pero no lo bastante como para no hacer nada”.

[Lea aquí: 'Quiénes se están haciendo ricos y por qué: las claves del futuro del capitalismo']

Lo que queda fuera de esa ecuación, así como del control de estos multimillonarios, son todas las cualidades asociadas al mero hecho de ser el hijo de Gates o Buffet: contactos, educación, ayuda y un apellido brillante que es el mejor pasaporte con el que nadie puede soñar. Una investigación publicada en la 'American Sociological Review' por Ann Owens añade una nueva lectura, que en apariencia no tiene nada de sorprendente, pero que nos dice mucho acerca de los intangibles que condicionan el éxito o el fracaso en la edad adulta.

Comprar "un barrio" es una de las inversiones más importantes que alguien puede hacer por su hijo

La investigación, llamada 'Inequality in Children's Contexts. Income Segregation of Households with and without Children” pone de manifiesto que durante las últimas décadas se ha producido una mayor segregación entre las barriadas ricas y las que no lo son, ante todo, en las familias con hijos. Lo que quiere decir es que los padres con dinero muestran una gran preocupación por que sus hijos vivan en las ciudades, barrios o zonas residenciales más exclusivas, mientras que aquellos que aún no tienen descendencia suelen mezclarse en vecindarios de todo tipo, ya que probablemente estén más interesados en otra clase de lujos como los viajes, los buenos restaurantes o el entretenimiento, como recuerda un artículo publicado en 'The Washinton Post' sobre dicha investigación.

Lo que el dinero no muestra

Lo contaba Lauren A. Rivera en su libro 'Pedigree'  (Princeton University Press), sobre cómo consiguen los hijos de la élite que los contraten en trabajos de élite: sería candoroso pensar que la descendencia de los ricos lo tienen más fácil por el simple hecho de haberse licenciado en las grandes universidades, ya que hay un montón de “decisiones en apariencia neutrales que derivan en un proceso de selección que filtra a los estudiantes basándose en el estatus socioeconómico de sus padres”.

Una casa en los Hamptons, donde acuden a veranear los neoyorquinos más adinerados. (Reuters/Jeffrey Basinger)
Una casa en los Hamptons, donde acuden a veranear los neoyorquinos más adinerados. (Reuters/Jeffrey Basinger)

La lista proporcionada por la autora abarcaba un gran número de ámbitos, desde las evidentes conexiones sociales (no es lo mismo sentarse con el hijo de otro gran empresario que con el retoño de un parado de larga duración) hasta los recursos culturales (gustos, valores, formas de conversar) pasando por factores en apariencia insignificantes como los movimientos corporales o su léxico. Algo semejante ocurre con el domicilio, al que van asociados muchos otros factores como ir a una buena escuela o juntarse con otros jóvenes de buenas familias (como la suya).

“Entre 40 y 50 años de investigación en ciencia social nos muestran lo importantes que son los vecindarios, así que comprar un barrio es una de las inversiones más importantes que alguien puede hacer por su hijo”, señala en 'The Washington Post' la autora de la investigación, socióloga en la Universidad de California del Sur. Aunque pueda haber dudas respecto a otros factores, donde no lo hay es en vivir en un vecindario u otro. Lo que señala por qué en Estados Unidos –pero muy probablemente también en otras grandes ciudades europeas como Londres o Madrid, donde han proliferado en las últimas décadas las zonas residenciales privadas y muy exclusivas– la segregación entre diversos niveles económicos se haya disparado. En concreto, hasta un 20% entre 1990 y 2010.

Una cuestión educativa

Hay muchas razones por las que los padres pueden decantarse por mudarse a un vecindario de mayor nivel si su primer hijo acaba de nacer y disponen de los recursos para ello: seguridad, transporte (adiós a la vida de metro y autobús, hola a la vida de monovolumen), cercanía al trabajo… pero, como señala la autora de la investigación, hay uno que destaca de entre todos ellos: los colegios, ya que se produce una mayor segregación en aquellas regiones metropolitanas donde los padres tienen una mayor libertad a la hora de seleccionar una escuela para sus hijos.

Nunca ha sido más sencillo asegurarse de que no solo estás comprando la mejor casa, sino también las mejores escuelas con las mejores notas en los tests

Lo que nos conduce, de buenas a primeras, a una de las grandes discusiones educativas de los últimos años, también en España: la idoneidad o no de realizar 'rankings' de colegios, una medida promocionada por aquellos que solicitan un mayor control y transparencia de los centros educativos, pero que puede tener una contrapartida indeseada como es provocar una mayor polarización entre buenos y malos centros, provocada por este movimiento de padres con recursos. Como señala el artículo, debido a estas jerarquías, “nunca ha sido más sencillo asegurarse de que no solo estás comprando la mejor casa, sino también las mejores escuelas con las mejores notas en los tests estandarizados”.

Es la pescadilla que se muerde la cola. Los mejores colegios atraen a aquellos que pueden permitirse mudarse y adquirir una residencia en dichas zonas, lo que provoca una concentración que, debido a la utilidad de las relaciones sociales, es exponencial, mientras que aquellos que tienen menos recursos para decidir su código postal –como le gusta decir ahora a los sociólogos– deben conformarse con lo que tienen a mano. Incluso en lo público se generan diferencias que, a medida que pasa el tiempo, se solidifican. Y todo ello sin tener que realizar una transferencia de una cifra de seis dígitos a la cuenta corriente de sus hijos.

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